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Jóvenes venezolanos cuentan su experiencia como inmigrantes ilegales

Tres jóvenes que se arriesgaron a comenzar a establecerse fuera de Venezuela, sin papeles de inmigración, relatan cómo desafiaron la incertidumbre. Convencidos de que conseguirían las oportunidades que su maltrecha patria fue incapaz de ofrecerles, se abrieron camino en destinos como España y Perú.

Jóvenes venezolanos cuentan su experiencia como inmigrantes ilegales

Cuando algunas personas advierten que no pueden seguir soportando el peso del país, sienten la necesidad de escapar a toda velocidad. Pero emigrar no es un proceso sencillo, y mucho menos cuando se debe a una presión externa y no a una decisión netamente personal, como le ha ocurrido a cientos de miles de venezolanos.

El papeleo necesario para que las naciones anfitrionas reciban a los inmigrantes requiere dinero y tiempo, algo que no muchos venezolanos pueden darse el lujo de costear. Así que, en vez esperar que las puertas burocráticas se abran, algunos de ellos toman la decisión de entrar por una ventana e instalarse en otro país clandestinamente, como «inmigrantes  no autorizados».

Tres jóvenes que se arriesgaron a establecerse ilegalmente en el exterior —con la incertidumbre de no saber con qué se enfrentarían, pero convencidos de que conseguirían las oportunidades que su patria fue incapaz de ofrecerles— nos cuentan su historia.

José Antonio Ríos, 27 años, Caracas

«El desequilibrio del país me generó inestabilidad interna; estaba desanimado. Vivía en San Agustín, una zona roja, y a veces sentía que mi vida corría peligro. También quería independizarme y buscar seguridad económica, y para eso tuve que dejar mis estudios de Arquitectura, mi familia, mis amistades y mi zona de confort. Salí de Venezuela en noviembre de 2015.

Ahora vivo en Perú legalmente, y me siento tranquilo, pero cuando viví en Panamá la situación era distinta.

Estaba en un lugar que hacía frontera con Costa Rica, y los venezolanos solíamos cruzarla cada seis meses para renovar nuestras visas turísticas. Salíamos y volvíamos a entrar.

Pero en algún momento las autoridades panameñas se dieron cuenta y dificultaron el proceso. Había que permanecer más tiempo afuera y también tramitar un permiso para volver a ingresar. Entonces se me venció la visa y pasé a ser un ilegal.

Ocho o nueve meses después, quise moverme a Ciudad de Panamá porque el turismo había disminuido considerablemente en el sitio en el que estaba y, como consecuencia, el trabajo también.

Nunca intenté sacar los papeles panameños porque era costoso y no estaba dispuesto a invertir ese dinero —que, además, no tenía— porque sabía que aquel no era el lugar en el que quería asentarme.

La noche que viajé, el autobús se detuvo en un punto de control en medio de la carretera y unos policías subieron para revisar los documentos de los pasajeros.

Cuando entregué mi pasaporte, recé para que el funcionario no viera que mi visa había expirado. Fue un momento eterno, pero se dio cuenta y me hizo bajar.

Nunca había tenido problemas con las autoridades, y menos fuera del país; estaba asustado. Estaba solo.

Me llevaron detenido a una comisaría y me metieron en una pequeña celda en la que había nueve o diez personas más en la misma situación. Había colombianos, cubanos, trinitarios y otro venezolano.

Los policías me dijeron que, si no pagaba la multa, me iban a deportar, pero que no era algo tan sencillo como hacerme subir al próximo vuelo con destino a Venezuela, sino que me iban a trasladar a una cárcel en la que hay un montón de extranjeros haciendo una larga espera.

Finalmente, después de dos días detenido, pude salir gracias a una amiga panameña que me prestó un dinero y me ayudó a vender mi cámara, y con esa plata pagué la deuda que contraje con Migraciones. Los ocho meses que pasé ilegalmente en territorio panameño me costaron mil dólares.

Me habían dado siete días para salir del país, pero antes logré juntar algo de dinero limpiando casas, porque no quería irme con las manos vacías.

Regresé a Venezuela en 2018 y encontré la manera de volver a salir ese mismo año. Desde entonces he querido regresar, pero solo para volver a encontrarme con algunos familiares y amigos.

Ahora no siento nada de empatía por Venezuela. Y no quiero que suene rudo, pero la última vez que fui sentí que todo era una decepción, un fracaso, y no deseo absorber esa negatividad.

Recomiendo al venezolano que quiere emigrar que salga dispuesto a desprenderse del país y de la familia. No a olvidarlos, sino a entender y a diferenciar las realidades. Uno sale con el objetivo en mente de ayudar a la familia, pero luego se enfrenta con una situación distinta: hay que pagar alquiler, comida, servicios… Entonces no hay que juzgarse si se imposibilita enviar remesas. La prioridad es la estabilización personal. Y, si en un sitio las cosas no van bien, hay que seguir moviéndose».

En destinos como Perú, los venezolanos deben aprender a lidiar con la creciente xenofobia. (Foto: Archivo).

Miguel Moreno, 26 años

No miento si digo que decidí emigrar por la situación del país, pero la razón principal es que mis hermanas ya estaban aquí en Madrid, y mi mamá estaba haciendo planes para venirse, pero lo posponía porque a mí todavía me faltaban unos años para terminar la carrera de Medicina. Entonces sentí la presión y me tiré al agua (de todas formas, la carrera tampoco me gustaba).

Mi hermana me recibió en la habitación de su piso —un apartamento que comparte con un par de coinquilinos—. Me dijo que podía quedarme los primeros tres meses, y que, mientras estuviese buscando empleo, no hacía falta que la ayudara con los pagos. Pero esos tres meses se convirtieron en casi tres años, y todavía comparto la cama y el clóset con ella.

Cuando conseguí trabajo, comenzamos a dividirnos los gastos. Pero la cuarentena lo cambió todo radicalmente, especialmente en el sector de hostelería, que es en el que, sin papeles, uno puede encontrar trabajo más fácilmente.

Ahora que la situación está un pelo fuerte y no encuentro nada, estoy rebuscándome limpiando casas, pintando paredes, cocinando y vendiendo cachitos, lo que salga.

He tenido varios trabajos. El primero fue de relaciones públicas en Sol, una zona céntrica de Madrid. Las discotecas, bares y restaurantes hacen un acuerdo verbal contigo y te pagan un monto por cada tantas personas que logres llevar al local. Tenía que estar en la calle captando gente, preguntándoles ¿tienen planes?, ¿Qué van a hacer?

Es el trabajo que más he odiado en mi vida, pero la verdad es que tenía un dinero seguro al final de la semana. Por más que me hubiese ido mal, sabía que podía contar con unos ochenta euros en mi bolsillo, que es mejor que nada.

También trabajé como camarero y coctelero en un par de restaurantes venezolanos, en los que seguiría si la pandemia no hubiese azotado al mundo como lo ha hecho.

Este no es mi primer intento en Madrid. La primera vez que quise instalarme, entré con una carta de invitación de la que en ese momento era mi novia. Ella tenía pasaporte europeo e íbamos a tramitar la pareja de hecho.

Estaba todo planeado. Teníamos la cita y todo. Pero cerca de la fecha ella comenzó a tener muchas dudas; se asustó y se echó para atrás. No podía imaginarme que eso sucedería porque era ella quien me había ofrecido los papeles. Y al final quedé guindando.

Por eso tuve que regresar a planificar mi segundo intento. Me busqué un curso en Madrid, pagué la preinscripción, y con eso tramité una visa de estudiante. En enero de 2018 llegué con visa de estudiante (que caducó, y ahora estoy como «irregular»).

Acá hay varias formas de obtener la documentación, y estoy intentando aplicar a la de arraigo social, que se puede solicitar al cumplir tres años en territorio español. Con ese documento obtienes la residencia y el permiso de trabajo.

Ese era mi plan desde que conseguí la visa de estudiante, pero creo que la mejor opción es pedir asilo político. Tengo amigos que, con menos tiempo en España del que tengo yo, ya tienen residencia y permiso de trabajo. En cambio, mi visa de estudiante solo me permitía trabajar en mi área de estudio y con un límite de 20 horas semanales, que es muy poco.

Lo más difícil para solicitar el arraigo es que, para aplicar la solicitud, necesito tener un contrato laboral de 40 horas semanales, indefinido, y con una cláusula especial que establezca que voy a empezar a trabajar después de que se apruebe la solicitud del arraigo, y no antes. Quién, si no es por un favor, va a ofrecer ese contrato como ese.

Recomiendo al futuro emigrante informarse bien. Si es con un abogado experto en extranjería, mejor; en Madrid sobran. Yo me confié cuando quise sacar el concubinato. Me dijeron que era un tiro al suelo y creí que era un proceso rápido y sencillo, pero luego me enteré de que solicitaban un montón de requisitos.

Y también recomiendo no perder tiempo si se tiene la suerte de ser recibido en un lugar. Cuando uno está arrimado en una casa y no está aportando dinero, siente que estorba, y las cosas se ponen tensas. Hay que aprovechar al máximo ese techo ofrecido esos primeros meses y no perder tiempo tomando birras por ahí, rumbeando o conociendo Madrid. En ese lapso hay que dedicarse a buscar trabajo y vivienda.

Protestas en Madrid

Foto: Twitter @Adolfo_Avesed. En Madrid hay una importante colonia de venezolanos organizados. En una primera ola migratoria llegaron familias e inversionistas con suficientes ingresos económicos. Pero, como en todas partes, no es tanto la nacionalidad sino la pobreza lo que más estorba frente a un extranjero recién llegado, según otros testimonios.

Alberto Páez*, 25 años

«Llegué a España en agosto de 2019. Me iba a quedar en casa de una chama que había conocido por Instagram y que también me iba a dar los papeles, pero ese plan se cayó a último momento y terminé metido en la casa de un amigo que se había instalado recientemente en Madrid con su familia.

Con ellos estoy agradecido con el techo que me brindaron, pero la convivencia, con el tiempo, se tornó bastante incómoda, principalmente por temas económicos.

Éramos cinco en la casa, pero solo mi amigo y yo producíamos dinero haciendo deliverys, y a veces nos dividíamos los gastos a la mitad. Y esas matemáticas me parecían injustas. Sobre todo porque los otros también estaban en capacidad de trabajar, pero se negaban a aceptar un trabajo cualquiera porque pretendían mantener el mismo estatus que ostentaban en Venezuela.

Cuando llegó la cuarentena tuve que dejar de pedalear, y aproveché ese tiempo para investigar qué otras opciones tenía.

Siempre me interesó la vida marcial, así que busqué lugares en los que aceptaran extranjeros para hacer carreras militares, y Google me mostró la Legión Francesa, que es conocida mundialmente por tener a la peor escoria de la sociedad entre sus filas. Y, aun así, lo considere como una opción de trabajo y futuro estable.

El único requisito era un pasaporte forastero, así que me lancé hasta allá y me enlisté. Pero con los días me di cuenta de que el sueldito no compensaba lo que tendría que arriesgar, y, después de cuatro meses, pedí la baja.

La barrera del lenguaje no fue un problema porque nos enseñaban el francés elemental. De todas formas, uno rápido se hace entender cuando necesita permiso para ir al baño. Mis compañeros eran personas de Nepal, Madagascar, Finlandia, Corea, Colombia, Brasil… y, a los golpes, lográbamos comunicarnos.

Pedí el asilo político y ahora estoy en Galicia volviendo a estudiar para ser marino mercante, carrera que había abandonado en La Guaira.

Lo único que recomiendo es, en la medida de lo posible, emigrar con la mayor cantidad de dinero, y tener en mente que esos ahorros se esfuman demasiado rápido».

*Este nombre ha sido cambiado por razones personales.

Peticiones de asilo de venezolanos en la UE se duplicaron en 2019

Nota: Este trabajo fue publicado originalmente el 11 de noviembre de 2020