La invención de Simón Díaz

Escuchar la música de Simón Díaz es para millones de personas como si las llamaran por su propio nombre. Una sílaba o un rumor entre palabras que basta para situarnos en un territorio profundo, imposible de amenazar | Por: Por Juan Luis Landaeta

La invención de Simón Díaz

Un hecho importantísimo en la comprensión mundial de la obra de Simón Díaz encuentra sitio en el año 1995. El track número 17 del disco Fina Estampa en Vivo de Caetano Veloso, ofrecía una joya breve y perfecta que cerraba un recorrido por la tradición americana de la canción.

Luego de sambas, boleros y hasta versiones de rock, sonaba la esencial “Tonada de luna llena”, casi como una adenda alienígena. Ver y sentir a Veloso interpretarla a capella recordó el poder casi chamánico que una composición musical puede tener sobre un auditorio.

Desde entonces la “Tonada de luna llena” comparte junto a “Caballo viejo” y un selecto par adicional, el sitial de las canciones más interpretadas de Simón Díaz en el mundo. Es casi inequívoca. Son pocos los cantantes venezolanos que se resisten a incluirla en sus repertorios. Es curioso. Es una creación casi sin música instrumental, o concertada.

Es una canción silente, hecha frente a la inmensidad. Si cada palabra dice más de lo que dice, estas suenan más de lo que suenan. Se puede recitar, se puede cantar, se puede leer.

En el silencio de Simón Díaz y sus canciones está el llano y su final confusión con el horizonte. Si en Suiza se hacía el orolei ji-jú, que se ve en películas, con el fin de jugar con el eco de las paredes de las montañas, en el llano la tonada se extiende como el avance de un sol durante el día. Es allí donde las notas corren. Nadie describió este fenómeno como Simón Díaz. Nadie lo supo cantar como él. El espacio condicionó su canto y su canto condicionó la lectura que le damos a nuestro paisaje. El país de las grandes ciudades descubrió su entraña, su carácter propio a través de sus canciones.

Venezuela es una maravilla

Es la historia de un artista que convenció a un país entero de que la maravilla estaba en su alrededor más próximo. Para maravillarse no había que ir más allá de la cordillera de los Andes, o el delta del Orinoco. Del amor a lo que somos e invariablemente seremos.

Un hombre cuyo legado genera una reacción inmediata de identificación en cualquier lugar del mundo. Escuchar la música de Simón Díaz es para millones de personas como si las llamaran por su propio nombre. Una sílaba o un rumor entre palabras que basta para situarnos en un territorio profundo, imposible de amenazar.

Simón Díaz - Ilan Chester

Jamás sabremos con precisión cómo llegó Simón Díaz a la canción, ese formato que transformó en un vehículo para contar su país. Un abanico de talentos nos permite adivinar en él un sinfín de potencialidades.

Su creatividad fue la de un cineasta, novelista, pintor o humorista. Sin embargo, algo pasó con la canción que resultó definitivo. El encuentro devino en la composición de un imaginario y un lenguaje que reúne todas las opciones anteriores. El paisaje se hizo imagen y la imagen, canciones.

Creó al personaje

Entre dejos vocales, dichos y silbidos, creó al personaje que lleva su nombre, usa un pantalón caqui, una franela blanca y va o viene de una jornada de ordeño.

Es él mismo, con un pretexto muy claro: conseguir que lo propio no nos resultara tan ajeno a los venezolanos. Avanzó en línea recta hacia esa región presumida y superflua de la idiosincrasia venezolana que priorizaba su atención cultural hacia cualquier cosa venida del extranjero.

Copiando, recreando y rescatando del olvido leyendas, modos y rimas, el artista le devolvió al país un aroma que los balancines de petróleo y las torres de dinero convertidas en asfalto y edificios de cristal le habían arrebatado. El país, encerrado entre el tráfico y el desorden que caracterizó el crecimiento de sus ciudades, parecía negar su propia naturaleza y con esto, toda la riqueza y extensión de su territorio.

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