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La memoria política como expiación

Los libros biográficos de dos políticos venezolanos, Paulina Gamus y Eduardo Fernández, se presentan como un recuento de sus memorias políticas, aunque en realidad son unas páginas con las que sus protagonistas-autores buscan la expiación

La memoria política como expiación

En este tiempo de cuarentena, entre otras lecturas, pude leer dos libros de lo que genéricamente podemos llamar memoria política. Dos políticos veteranos de Venezuela no solo cuentan aspectos de sus vidas personales, sino que también vuelven sobre su camino en la vida pública del país. Ambos, lamentablemente, están escritos en el tono de la expiación.

Y digo que es lamentable que dos figuras, cada uno con más de tres décadas de vida política, teniendo responsabilidades en los dos partidos políticos que construyeron (y viciaron) el sistema democrático durante el período 1958-1998, opten por la salida fácil. «Yo lo advertí y no me hicieron caso», parecen decir al unísono. No hay en ninguno de estos libros un atisbo de autocrítica por parte de sus respectivos autores-protagonistas.

Se trata de Permítanme contarles, de Paulina Gamus, editado en 2018 por la editorial de Sergio Dahbar, y de La traición de los mejores, una larga entrevista de Manuel Felipe Sierra con Eduardo Fernández, también de 2018 y, en este caso, editado por el Ifedec Centro de Políticas Públicas.

En primer lugar, conviene recordar que no hay en Venezuela una tradición de políticos reconstruyendo sus memorias para el público. Son excepciones los libros y aún más excepcionales las confesiones autocríticas de la clase política que estuvo en el poder antes de la llegada de Hugo Chávez. Ya veremos si el chavismo tiene capacidad, en el futuro, de reconstruir las memorias de sus protagonistas.

Sin confesiones inesperadas

En Estados Unidos o en algunos países europeos, en tanto, los libros de memorias de los políticos tienen un valor singular. No solo porque terminan siendo fuente para historiadores y estudiosos, sino porque además suele encontrarse el lector con alguna confesión inesperada o una autocrítica sincera al volver sobre lo que fue el ejercicio público de los protagonistas.

Paulina Gamus desempeñó un papel público menos relevante que el de Eduardo Fernández, ya que esté llegó a dirigir su partido, Copei, y fue su candidato presidencial (1988). Gamus tuvo una larga trayectoria en el extinto Congreso Nacional, fue integrante de los órganos principales de dirección de Acción Democrática (AD) y ocupó posiciones gubernamentales de primera fila.

Ni Gamus ni Fernández fueron meros espectadores del proceso de destrucción del sistema democrático, fundado con la anuencia de tres figuras emblemáticas de nuestra vida civil: Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba.

Sería tema de discusión el nivel de responsabilidad directa tuvieron ambos en la erosión democrática que antecedió al chavismo. Gamus, siendo mujer, muchas veces en solitario, abriéndose paso a codazos en la machista dirección adeca; o Fernández, estando al frente del partido, pero en verdad preparándose para llegar a la jefatura del Estado, que le fue esquiva.

Empero, ambos fueron protagonistas de primera línea, y con esa presencia en el establishment, aunque hayan rechazado lo que se decía o hacía, terminaron convalidando el desmontaje del sistema democrático, que le allanó el camino a la presidencia a una figura outsider, como lo era Hugo Chávez.

Memoria política irregular

Ambos libros, por otro lado, son bastante irregulares. El más interesante, el de Paulina Gamus, va decayendo en la medida en que avanza y ella apela a los artículos que ya había publicado previamente. De esa forma, las últimas páginas terminan siendo una antología de lo ya dicho.

Es lamentable que se pierda el tono autobiográfico que caracteriza, para bien, la primera parte de Permítanme contarles. Esa parte final termina siendo una mecánica expiación de Gamus. Ante tal hecho, en determinada fecha, yo opiné esto.

La larga entrevista de Manuel Felipe Sierra con Eduardo Fernández tiene también un mayor interés, para el lector, en su primer tramo, cuando el veterano político se pasea por sus primeros años de vida, sobre cómo se acerca a la política y cómo, finalmente, esta pasa a ser su centro vital.

Luego, lamentablemente,  La traición de los mejores se centra en el discurso de Fernández en el Congreso Nacional el 5 de julio de 1987, y pasa a tener igualmente un tono de expiación. «Yo lo advertí, yo lo advertí», repite Fernández para que no se le endilgue ninguna responsabilidad en lo que terminó siendo el paulatino desmontaje del sistema democrático.

En ambos casos, estos libros de memoria política, en realidad son unas páginas con las que sus protagonistas buscan la expiación.

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