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La nocturnidad caraqueña perdió su rastro

La fogosa nocturnidad caraqueña, esa sucesión de acontecimientos donde se entremezclan poder, dinero, política y pasiones, siempre aderezada con la ingesta de licores de todas las categorías, llega a su segundo capítulo

La nocturnidad caraqueña perdió su rastro

En la provinciana y mojigata Caracas de principios del siglo XX todo se limitaba a botiquines de vieja data y bares de nuevo cuño, cafés, salas de té y dancing, restaurantes y lugares de baile, así como la vida social en los clubes tanto de las barriadas populares como en la alta clase social. Así transcurría la incipiente nocturnidad caraqueña.

Entre los sitios más concurridos figuraban La Francia y La India; también la pastelería Tricás, La Confitería de las Familias, La Península, La Colonial y el Pan Pam.

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Salón para señoras de La India – Caracas 1895

Los botiquines aparecieron en Caracas a finales del siglo XIX, como señala Miro Popić al referirse a la palabra botequim, de origen portugués y usada para diferenciarse de la antigua y desprestigiada taguara. Así lo comenta:

“Hubo botiquines incluso hasta de lujo. A partir de 1870  comenzaron a proliferar en la capital este tipo de locales, tanto, que hasta se llegó a afirmar que había uno por cada bebedor consuetudinario, y como escribió alguien en el periódico Fígaro, del 7 de julio de 1894, son tantos que han hecho subir el alquiler de las casas, porque ocupan como el diez por ciento de los inmuebles de la ciudad”

Posteriormente se impuso la palabra bar, local con barra donde se sirve licor y se hizo vocablo universal. Sin embargo persistió el botiquín para designar a los espacios de poca monta o que ofrecen dudosos bebedizos.

Se amplía la oferta

Paulatinamente se fueron multiplicando los establecimientos para la diversión a medida que la sociedad crecía, se conocían nuevas maneras de vivir y por ende los gustos iban cambiando, como bien recuerda el cronista Eleazar López C.:

“Después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, a partir de 1936 la apertura democrática se tradujo en un “destape” artístico que condujo la llegada a Caracas de múltiples cantantes y orquestas que le dieron realce a la música -nacional e importada- y mucha diversión al caraqueño”

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Salón de señoras La India, Caracas 1895 circa

Surgieron empresarios artísticos quienes contrataban a los cantantes, orquestas y conjuntos musicales de moda y en esos contingentes también llegaron vedettes, bailarinas y rumberas para los shows en los nacientes cabarets, teatros y salas de fiestas.

Por muchos años funcionó el Teatro Caracas, pero no nos referimos al original de Veroes a Ibarras, sino al inaugurado el 11 de diciembre de 1932 en la esquina Teatro Caracas, cerca de Puente Anauco, parroquia La Candelaria, con una capacidad para 1.200 espectadores, donde además de proyectar películas se presentaron operetas, music hall, cupletistas y revistas musicales de striptease. Luego pasó a la decadencia hasta que fue demolido en 1978.

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Teatro Caracas inaugurado el 11 de diciembre de 1932

El Teatro Caracas original, ubicado de Veroes a Ibarras llamado también Coliseo de Veroes, se inauguró el 22 de octubre de 1854, pero un voraz incendio lo destruyó la tarde del 1° de abril de 1919.

Las primeras rumberas

No podemos comparar las revistas musicales de aquella pequeña Caracas con los espectáculos de rumberas de esculturales cuerpos, muchas plumas y ligeras de ropa con los presentados en teatros y salas show de otras capitales latinoamericanas que sí promovieron este género a gran escala, lujosos vestuarios y escenografías como el Sans Souci de Ciudad de México; el Astros de Buenos Aires o el legendario cabaret Tropicana de La Habana, que marcaron época con vedettes de la talla de María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, Lilia Prado, Blanquita Amaro, Nélida Lobato, Moria Casán o Susana Giménez.

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María Antonieta Pons Foto Pinterest

Veamos a la famosa rumbera Lilia Prado en Qué rico mambo, de Dámaso Pérez Prado:

Las revistas musicales en Caracas siempre fueron más modestas porque el género no se cultivó como en sus pares del continente. Pero hubo una época en que se presentaron espectáculos de este estilo con rumberas y bongoseros que lucían voluminosas mangas recamadas de faralaos.

La rumbera Rosa Carmina Foto Pinterest

Durante la década de los 30, en los inicios de los cabarets de Caracas, junto a Le Canarí de Pierre René Deloffre, estuvo el Luna Park Follies en la zona de Quinta Crespo donde bailaron al ritmo de la Orquesta Melody, Celina y Flor de Fuego, las primeras rumberas que vio la ciudad.

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En los años 40 se presentó en Trocadero, María Antonieta Pons, una de las más famosas rumberas que exportó Cuba, radicada en México hizo una fulgurante y exitosísima carrera artística llegando a protagonizar innumerables películas que conformaron la época de oro de las rumberas en el cine mexicano.

Se comentaba en aquellos momentos, que el hombre de la noche caraqueña, Pierre René Deloffre, le presentó al primer mandatario, Isaías Medina Angarita a esta escultural cubana en un “casual” encuentro previamente concertado.

La pista del Pasapoga, en la década de los 50 tuvo a las rumberas Iris del Mar, Rosa Carmina, Chelo Alonso, Piel Canela, la exótica Tongolele y Josephine Baker, entre grandes estrellas internacionales.

Recuerda Eleazar López C. que en los cabarets Mario, de Mario Amelotti; el Plaza en la avenida La Paz de El Paraíso; Capri en la plaza Altamira sur y en el Alí Babá con una novedosa pista giratoria en la recién inaugurada avenida Andrés Bello, también actuaban vedettes y bailarines al ritmo de orquestas acompañadas de famosos cantantes de moda.

Un palacio de oropel

A finales de los 70, un establecimiento de la nocturnidad caraqueña quiso revivir esas revistas musicales con vedettes cubiertas de muchas plumas, tocados ídem, telas vaporosas, lentejuelas al por mayor, peinados de tigresa, trajeadas con diminutos y brillantes bikinis acompañadas de un cuerpo de baile.

“Zonga, el trópico hecho mujer”. “Betzabé es Europa”. “Iris, la dama de fuego” eran algunos de los sugestivos y excitantes nombres artísticos de las bailarinas, algunas criollas, otras importadas, algunas mujeres, otras hombres que se presentaban en El Palacio Imperial, en la avenida Venezuela de El Rosal, zona nocturna por excelencia en esa época.

El actor Jorge Pérez se transformaba en la escultural Evelyn y era la sensación del público caraqueño que gustaba de este tipo de espectáculos que todas las noches se ofrecía en este cabaret con una hora y media de duración, donde alternaban cantantes, bellas mujeres y travestis.

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Jorge Pérez se transformaba en Evelyn en El Palacio Imperial

Un grupo de acompasados bailarines de aspecto frágil pero con suficiente musculatura y fuerza para levantar en vilo a estas damas sin perder el compás de la música, acompañaban a las vedettes quienes exhibían y movían cadenciosamente sus cuerpos en una sucesión de bailes dirigidos por el famoso coreógrafo Eric Zepeda.

La fachada del Palacio Imperial semejaba a un templo nubio, pero forrado en plexiglás o vidrio acrílico de colorinches con iluminación interna que con su carga kitsch pretendía dar sensación de majestuosidad.

Una noche de inspecciones en lugares nocturnos, la presidenta del Concejo Municipal del Municipio Sucre, Marianella Salazar acompañada de funcionarios policiales; de la jefe de prensa de ese cuerpo edilicio, Mayte Navarro y periodistas de los medios de comunicación llegaron a las puertas de este “palacio”.

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Marianella Salazar en su época de Presidenta del Concejo Municipal del Distrito Sucre

La burgomaestre supervisó y controló que todo estuviera en regla, normas de seguridad, puertas de emergencia, detectores de incendio, pero lo que se esperaba fuera una simple rutina se convirtió en un desagradable e impactante descubrimiento, en el piso superior, en unas pequeñas habitaciones, dormían los hijos de las bailarinas encerrados bajo llave. El final de la historia se la podrán imaginar.

Bares de medio pelo

Existieron y todavía subsisten cientos de bares de corte popular, especialmente en el centro de Caracas -avenidas Baralt, San Martín, Sucre- con los mínimos requerimientos para funcionar. Estos lugares, de por si decadentes, entraron en picada por razones de seguridad, inflación y, posteriormente, la cuarentena.

Las ficheras fueron y son el mayor atractivo para el cliente macho en busca de horas de distracción y con la posibilidad de sexo, dependiendo del bolsillo, pero acompañado previamente de unos “palos” de ron, whisky o cervecitas frías que generan ganancias a la dama y más al negocio.

Para los neófitos es importante aclarar que las ficheras son mujeres con diferentes condiciones físicas -gordas y flacas; feas y bonitas; jóvenes y no tanto- que merodean entre las mesas y la barra de los bares, se sientan a conversar con los clientes para hacerlos consumir la mayor cantidad de tragos y por cada consumo ellas reciben una ficha que luego cambian por dinero.

Ellas consumen a la par del cliente, pero agua coloreada que será cobrado como el whisky de malta más caro de toda Escocia, y ellos ingieren mucho alcohol que en ocasiones es de dudosa procedencia. Al día siguiente el ratón físico, y a veces el moral, no da tregua.

A comienzos del siglo XX existieron los bares El Pulmonía, El cabaret de La Laguna en Catia y el Moulin Rouge vecino al teatro Municipal donde actuaban cantantes de couplé y según comenta Nicomedes Febres, fue cerrado intempestivamente en unas fiestas de carnaval debido a una tángana que se armó entre los clientes. Suponemos que por exceso de licor, que quién sabe en qué alambique fue destilado.

El bar Miami, en San Agustín del Sur, estaba entre los más concurridos y populares. Eleazar López C. recuerda otros de nombres sugestivos, donde se bailaba con el sonido de un picó (pick up) como el Mamacita, Charlemos, La Posada del Sabor, El Buen Rato, El Pingüino Azul o el Bombillo Rojo, color siempre presente en estos locales para dar sensación de intimidad, donde la puerta batiente de madera o la cortina de lágrimas de San Pedro siempre fueron parte de la caótica decoración.

Bar Canaima de Catia

Tema aparte fue el bar Canaima, en la calle Colombia de Catia, de Ricardo Carvajal, que era lo mismo decir “El médico asesino”, quien con la ayuda de sus tres hijos vendía su famosa guarapita, combinación de caña blanca y jugo de frutas cítricas que le dio dividendos suficientes para levantar a la familia.

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Ricardo Carvajal, El médico asesino en su bar Canaima de Catia

Cuentan que políticos y artistas se confundían con estudiantes universitarios y parroquianos en el bar Canaima para deleitarse con sus guarapitas, entre ellos Daniel Santos y Julio Jaramillo. Su creador nunca reveló la fórmula secreta que tanto gustaba, pero que dejaba terribles efectos de Micky Mouse al día siguiente.

El mote de “El médico asesino” obedece a que Carvajal era ultra fanático del boxeador mexicano Cesáreo González Manrique quien ostentaba ese apodo.

El sobrenombre de “El médico asesino” no le hace honor porque Carvajal era un sencillo trabajador catiense, preocupado por su familia, pendiente de preparar buenas guarapitas que vendía casi clandestinamente en botellas de vidrio envueltas en papel periódico.

Moralidad y curtura!

Cuentan los cronistas Oscar Yanes y Eleazar López, que en la avenida principal de San Agustín del Sur, cercano al pasaje La Cocinera existió el bar Ampárame, uno de los centros de baile más grandes de la ciudad, después del Teatro Olimpo que fue convertido en dancing.

Las fiestas de carnaval en el Ampárame eran multitudinarias, para poner orden en el sitio estaban Basufra y Cachipulo, quienes tenían un control estricto e inquisidor sobre todo lo que acontecía en la pista.

Revisaban a los disfrazados de negritas para saber si eran hombres, y de ser mujeres les brindaban un trago por el sofoco que les hacían pasar. Prohibían que las parejas bailaran pegado y cuando veían a unos rucaneando, es decir “puliendo la hebilla” al compás de un bolerazo, les pasaban una regla entre los cuerpos y gritaban: “Moralidad y curtura, Moralidad y curtura!… Prohibido bailar pegao…!

Si algún cliente protestaba ante las estrictas medidas “morales”, dos exboxeadores que fungían de porteros se encargaban de darle una paliza y luego todo volvía a la “normalidad”.

El nombre del bar Ampárame obedecía a que Basufra y Cachipulo eran fervientes religiosos y todas las noches se encomendaban con un “ampárame” porque los clientes eran dados a las trifulcas y pleitos.

Tenían muchos amigos en la prensa y gozaban de protección oficial para mantener a raya el negocio con parroquianos y público de poca moralidad y curtura…

Cuando llegaban parejas con otra pinta, gritaban: “Gente decente a la vista, gente decente a la vista…” para que los del barrio no se confundieran.

El tema musical del Ampárame era el bolero-son “Lágrimas negras”, de Miguel Matamoros que popularizó en Venezuela el Trío Matamoros en 1933. Todas las noches Basufra anunciaba “Er conjunto Nube Azur” con su éxito “Lágrimas negras”.

Escuchemos al Trío Matamoros en Lágrimas negras.

Tony de la llave o la llave de Tony

La noche de Caracas siempre estuvo signada por personajes que la han hecho suya, donde los extranjeros dominaban la escena. Dos de ellos, a partir de los 50 y siguientes décadas fundaron varios locales exitosísimos, entre night clubs con la modalidad de privados o de muy estricta admisión y restaurantes de lujo.

Vilmo Tombión, conocido como Mimmo y Tony Grandi, ambos italianos, llegaron a Venezuela donde se conocieron en la noche caraqueña al frente de sus establecimientos.

Vilmo Tombión, dibujo en el menú del restaurante Mimmo´s

Mimmo fundó varios restaurantes, todos de lujo, como el Chez Abadie, L´Alberone, Mimmo´s, Il Romanaccio, Old Fashion y el Mimmo´s Key Club éste último en la calle El Recreo de Sabana Grande que funcionaba como un club privado sumamente exclusivo, lo que le trajo muchos problemas, al decir de su biógrafo Giuseppe Domingo:

“Al reunir en su nuevo local a los viejos amigos y a los que él consideraba con suficiente clase para ser miembro de aquel selecto club, Mimmo se ganó un promedio de diez enemigos por cada amigo que poseía la llave”.

Personajes de la alta sociedad, política y del estrellato artístico frecuentaban el Mimmo´s Key Club, entre ellos los hermanos Reinaldo y Pepito Herrera Uslar, Inocente Palacios, Pedro Vallenila, Musiú Lacavalerie, Pancho Pepe Cróquer, Renny Ottolina, Abelardo Raidi, Omar Lárez, los editores Luis Teófilo Núñez, Armando De Armas, Miguel Otero Silva y Miguel Ángel Capriles.

Luego Vilmo “Mimmo” Tombión vendió la idea y traspasó el local a Tony Grandi, quien ya tenía fama con Tony´s en la Plaza Venezuela y luego el Tony 65 al lado del cine Lido.

La exclusividad consistía en tener una llave del club para poder entrar, por eso le decían Tony, el de la llave. Posteriormente vendió el fondo de comercio al pianista Chicho Barbarossa.

En el Tony´s de la Plaza Venezuela se presentaban shows con los grandes artistas del momento. Eran memorables las fiestas de carnaval donde se confundían las negritas con el resto del público y más de un relajo se armó en medio de la algarabía y el baile.

En varias ocasiones en el cabaret Tony´s, a determinada hora de la noche, sin aviso alguno, aparecían dos esculturales mujeres enfundadas en enormes abrigos que les cubrían todo el cuerpo y en un momento álgido del bullicio gritaban a todo pulmón: “Relámpago”, acto seguido abrían los pesados abrigos de piel y dejaban ver por breves momentos, como un mismo relámpago, sus naturalezas corpóreas al desnudo. Así como llegaban desaparecían, sin que nadie nunca supiera sus identidades porque las máscaras eran sus aliadas para mantenerlas en la clandestinidad.

Sabana Grande, siempre Sabana Grande

En la Torre Polar un lugar de mucha fiesta fue La Cueva del Oso con celebración de grandes carnavales. En los altos del teatro Radio City el cabaret Las Vegas presentaba espectáculos, orquestas y cantantes, también se bailaba. Luego se transformó en una gran sala de billar.

En la calle El Cristo de Sabana Grande El maní es así, conocido también como «El templo de la salsa» con cervezas frías de aliadas y al ritmo de salsa y sabor caribeños todos bailaban “sin importarles la facha”.

Música en vivo en El maní es así. Foto Pinterest

Artistas internacionales de la categoría de Cheo Feliciano, Ismael Rivera, Pete “Conde” Rodríguez, Rubén Blades, Oscar D´León, La Sonora Matancera y la mismísima «reina de la salsa» Celia Cruz, enaltecieron con su presencia este sitio, referencia obligada de la rumba en Caracas.

Sin salir del área estaban Las noches de Acapulco y el bar estilo corralón de baile La Pelota, en el Centro Comercial Cedíaz. Chicas complacientes a disposición en El Mesón del Cairo en la bajada de la avenida Casanova.

Un edificio con mucha vida nocturna

El 19 de agosto de 1959 se inauguró el edificio del Teatro Altamira, obra del arquitecto Luis Malaussena, en donde se fraguó una intensa vida nocturna en sus sótanos porque desde sus inicios se abrieron varios locales como el Blue Moon, el primer sitio donde tocó jazz el músico Gerry Weill cuando llegó al país. También se presentó en una temporada la Primerísima Mirla Castellanos y otros artistas reconocidos.

En ese mismo local, años después, abrió uno de los night clubs más recordados de la contemporaneidad como fue el Hipocampo donde todas las noches la orquesta de Renato Salani interpretaba música bailable. Fue tal su éxito que llegó a editar varios discos con muy buena venta.

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Renato Salani en el Hipocampo, Altamira

Despeinada, éxito de Renato Salani y su orquesta:

El Hipocampo se mudó al Centro Comercial Chacaíto en el año 1968 porque el edificio quedó muy dañado en su estructura a raíz del terremoto de 1967.

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Una noche en el Hipocampo

Posteriormente en el mismo local de Altamira abrió el restaurante-sala show Novgorod, con decoración rusa muy bien lograda. Los peldaños de la empinada escalera estaban pintados con dibujos alegóricos.

La orquesta de Aldemaro Romero animaba las noches y allí dio a conocer su Onda Nueva. En esa época se presentó un artista que había figurado entre los primeros lugares en el Festival de Benidorm de 1968, pero terminó su concierto en el Novgorod muy decepcionado y hasta rompió a llorar porque la asistencia de público fue escasa, pero juraría que algún día sería un cantante exitoso, y vaya que lo logró: Julio Iglesias.

El sitio siguió dando frutos comerciales cuando Miguel Ángel Martínez, esposo de Mirla Castellanos, y otros socios lo convirtieron en Il Padrino, por supuesto con comida italiana y las mismas empinadas escaleras pero ahora italianizadas.

En el lado opuesto del edificio abrió un lugar para los muy jóvenes, el Club del Twist, ritmo frenético que causó furor y revolucionó la manera de bailar entre la juventud. En 1962 trasmutó al club El Duende, al lado de una discoteca que también vivió momentos de fama, La Morocota.

Club El Duende

Tengo una vaca lechera

Indudablemente que la atracción era la tranquila y perfumada vaca Lulú que paseaba con su cencerro de cobre al cuello entre los comensales y daba vida al restaurante bailable Mi vaca y yo, junto a los mesoneros cantantes, en la carretera vieja de Baruta. Comentan que esa idea fue de Henri Charriere “Papillón”.

Mi vaca y yo. Colección del arquitecto Ricardo Rodríguez Boades

En el baño de damas daba la bienvenida un enorme dibujo que representaba a Adán, con una hoja de parra que cubría sus partes pudendas. La curiosidad femenina era develada porque al levantar la hoja sonaban pitos y alarmas en la sala. A su regreso, la señora trataba de disimular y no darse por enterada, pero testimoniaba la curiosidad femenina porque muchas ya habían levantado ese minúsculo artilugio.

La vaca Lulú pasea en el restaurante Mi vaca y yo

Hoteles con ritmo y mucha marcha

Al escuchar la frase “En el Ávila es la cosa” ya sabíamos que había llegado el carnaval porque los bailes de disfraces con “las 100 primeras negritas gratis” y los shows de Celia Cruz eran en ese hotel.

Decir “vamos a la cota” era sinónimo de ir a bailar a la Cota 880 del hotel Caracas Hilton, que la revolución transmutó en Alba Caracas y le concedió un pasaje para el limbo. El nombre de Cota es por la altura del pent house del hotel con respecto al nivel del mar y así compararse con las Cotas 905 y Mil, dos avenidas de la ciudad.

La Cota 880 era un espacio verdaderamente mágico por su ambiente techo estrellado gracias a la iluminación y la espectacular vista panorámica al este y oeste de la capital.

La Cota 880 en el hotel Caracas Hilton

Con música en vivo todas las noches y al piano el maestro Tony Monserrat que interpretaba su Pantera Rosa, los merengues de Damirón, amén de un extenso repertorio que iba desde ritmos afrocaribeños, venezolanos, jazz hasta salsa en todas sus variantes.

También en el Caracas Hilton funcionó el bar La Ronda, un lugar de encuentro para el perfecto after hour. A la entrada estaba el maestro Pat O´Brien, padre de Las Cuatro Monedas, quien deleitaba con sus ágiles dedos al tocar las teclas del piano apostado a la derecha, mientras que una enorme barra a la izquierda esperaba a los clientes con una gran variedad de licores. Igualmente se recuerdan las veladas de espectáculos en el Gran Salón del Caracas Hilton.

Las noches de flamenco con muchos faralaos de bailaoras, cantaores, guitarras y marcha se daban con frecuencia en el enorme restaurante La Albufera del hotel Gran Meliá Caracas.

Y al nombrar la palabra boite, siempre nos referíamos a la Boite del hotel Tamanaco, con su pista circular.

En su pequeño proscenio se presentaron las más importantes figuras del mundo artístico internacional como The Platters

The Platters en la boite del hotel Tamanaco

También estuvieron la leyenda del flamenco Carmen Amaya; la cupletista Sarita Montiel; la orquesta de Xavier Cugat; La Faraona Lola Flores, entre otros.

Carmen Amaya, la Leyenda del baile flamenco en la boite del hotel Tamanaco 1963

Sarita Montiel canta La Violetera en la boite del hotel Tamanaco

Xavier Cugat y su esposa la cantante Abbe Lane en la boite del Tamanaco

El Salón Naiguatá del Tamanaco también tuvo una gran actividad con shows y artistas de renombre.

En el bar Cacique del Tamanaco, con sus dos barras -una frente a otra- prevalecía una atmósfera de alegría y gente bella, abierta de mente, con ganas de ligar para no pasar la noche en blanco. El bar Cacique era un ícono para el levante fugaz o duradero, nunca se sabía.

El anteriormente llamado bar El Punto del hotel Tamanaco, ahora es el Bar Caracas, sitio obligado de la actualidad.

Bar El Punto, antiguamente en el hotel Tamanaco

La idea, ambientación y administración es de Edward Sitzer, maestro de las decoraciones y escenografías originales para grandes fiestas, las temáticas son su especialidad y como se conoce a media Caracas, su poder de convocatoria social es poderoso.

El Bar, hotel Tamanaco

Pat O´Brien en Chacaíto

El piano bar se puso de moda en los años 70. Los empresarios de la noche inmediatamente captaron la preferencia por estos lugares de una numerosa clientela con poder adquisitivo, adultos jóvenes que buscaban menos agitación y con inclinaciones intimistas.

En el sótano del Centro Comercial Chacaíto Jacques del Sol abrió el Baby Scoth Pub, un lugar íntimo y elegante con clientela muy escogida. Posteriormente traspasó el negocio a Wolfgang Encke y Miguel Boldú i Garreta quienes a finales de 1976 lo reinauguraron con el nombre de Ducke´s Pub.

Este agradable piano bar abría sus puertas puntualmente a las 6:00 de la tarde para recibir a los fieles clientes quienes pasábamos las horas en un ambiente de pub inglés, con muebles tapizados de telas escocesas y diseños de tartán, lámparas a media luz y en el medio el piano que todas las noches interpretaba magistralmente el gran Pat O´Brien con un extenso repertorio musical que abarcaba todos los géneros.

Pat O´Brien alternaba con un simpático y chistoso cantante colombiano llamado Sergio, a quien apodamos “la nariz que canta”, y compartía micrófono con el compositor y también cantante Balbino, quien interpretó por primera vez, hace más de tres décadas, la pieza Venezuela que ahora se ha convertido en emblemático símbolo de la diáspora venezolana.

Los famosos tenían en el Ducke´s Pub su lugar preferido. Por allí desfilaron José Luis Rodríguez, Isa Dobles, Carmen Victoria Pérez, Susana Duijm, Amalia Heller, Gilberto Correa, Humberto Calderón Berti, Octavio Lepage. De visitantes extranjeros recuerdo a Julio Iglesias y Armando Manzanero.

Sensualidad en el piano bar

En la avenida Principal de La Castellana el acogedor piano bar Number Two, con público selecto era otra opción así como el Yesterday en la avenida San Juan Bosco de Altamira.

En El Rosal Nicol´s 70 y en la avenida Principal de Las Mercedes Pianísimo, dos piano bar que copaban sus plazas todas las noches.

En el bar Xenón en el Cubo Negro, la cantante Concha Valdés Miranda interpretaba Orgasmo con unas ganas que provocaban, mientras el público deliraba y aplaudía hasta rabiar.

Vale la pena escuchar a esta atrevida y simpática cubana en la interpretación de Orgasmo, de su autoría.

 

En el Feeling, agradable establecimiento del cantante Armando Biart en El Rosal, todos los trabajadores de la noche al finalizar sus faenas remataban allí hasta el amanecer.

En una noche de farra, en medio “del fragor del champán…” como dice la canción, Armando Biart decidió desposarse con “La Flaca” Carmen Victoria Pérez. Matrimonio fugaz como la noche de esa decisión.

El tubazo de esa inesperada boda la dio el periodista de espectáculos Manolo Olalquiaga. Al día siguiente el doctor Alí Lazo, “eterna” pareja de Carmen Victoria Pérez, sorprendido y estupefacto, se enteró de la noticia por la prensa.

Para los amantes del jarabe tapatío dos ambientes de grandes dimensiones batieron récords de ventas: México Típico y Las Trompetas de México, también en El Rosal. Se amanecía bailando con desconocidos y nadie abandonaba el local hasta que los “charros” colombianos cantaran El Rey o Las Mañanitas.

La avenida Venezuela de El Rosal en horas de la madrugada se mostraba tan congestionada que había que clamar por un poco de paciencia para salir de allí, tiempo que aprovechaban los tríos de guitarristas que emulaban a Los Panchos para complacer peticiones y ganarse unos realitos.

Y si de tangos se trataba, el templo de la música sureña estaba en La Peña Tanguera, un reducto en la avenida Venezuela de Bello Monte, donde permaneció ofreciendo tangos y milongas, cantados y bailados por más de 48 años.

En su escenario actuaron grandes figuras del canto de la talla de Hugo del Carril, Agustín Irusta, Esnaldo Ávila, Argentino Ledesma, Yamandú Pereira, Julio Torres, Alberto Castillo, Jorge Sobral y de la mujeres se recuerdan a Hilda Martí, Estelita del Llano, Tania, Mara Helguera, Ruth Durante. Aunque no eran cantantes de tango también actuaron en La Peña Tanguera Leo Marini y Julio Jaramillo con sus boleros y uno que otro tango clásico.

Además de bares, cabarets, night club y cientos de discotecas, se hacía imperioso un lugar más relax y el jazz era el ritmo que se necesitaba, pero jazz del bueno, jazz en vivo. De esta manera surgió Juan Sebastián Bar en la avenida Venezuela de El Rosal.

Juan Sebastián Bar, Av. Venezuela El Rosal

La mejor explicación de este nacimiento lo comenta Eleazar López:

“Eran tiempos de las imperantes discotecas, que habían surgido con la música pop de los sesenta. Encandilados y aturdidos por relampagueantes luces kinéticas y tronantes cornetas, jóvenes y adultos bailaban y compartían el mismo ambiente y música, pues las novedosas discotecas unieron a dos generaciones en lo social y en lo musical. La respuesta a todo esto fue Juan Sebastián Bar”.

En pie durante 47 años, el emblemático Juan Sebastián Bar se prepara para atender a sus clientes de toda la vida con las medidas requeridas para la seguridad sanitaria y espera por la permisología de apertura cuando todo pase para seguir ofreciendo jazz del bueno y noches de bohemia como las de antes, según dio a conocer María Helena Freitas, socia principal de este templo de la buena música.

Juan Sebastián Bar se prepara para abrir con medidas de bioseguridad

El bar de ambiente

A principios de la década de los años 60 se inició una revolución pública en las relaciones de pareja en Inglaterra y los Estados Unidos. Aparecieron los bares y lugares de alterne donde empezaban a reunirse -de manera solapada- solo hombres.

Así surgieron los sitios gay, término que no estaba “acuñado”, o no se empleaba para definir una conducta o inclinación homosexual. En el mundo sajón se empezó a utilizar la palabra gay como expresión no peyorativa para designar a este colectivo. Inglaterra era la abanderada del movimiento.

Esta presencia comenzó tímidamente en Caracas, a finales de la década de los 60, en pequeños bares donde la clientela, compuesta exclusivamente por hombres, denotaba el ambiente que ya se perfilaba en esos locales.

Uno de los primeros bares gay caraqueños fue una pequeña tasca de ambiente español, vecina al hotel Waldorf en La Candelaria, en el límite con San Bernardino. La clientela era variopinta y acudía para “ver y dejarse ver”. También cercanos estaban el Club Mónaco, en los alrededores de la Plaza Morelos y el Premier, en la Plaza La Estrella en San Bernardino.

Como todo proceso sociológico relativo a la conducta del ser humano, la aceptación fue paulatina. En Caracas no se evidenció rechazo, como en otras ciudades del mundo. La situación era conocida por muchos, pero la vista gorda todo lo permite. Finalmente resultó aceptada, aunque no por todos, pero el consenso fue creciendo. Siempre existirán detractores de la conducta de sus congéneres.

En Caracas, hacia mediados de los años 70, surgieron las palabras “ambiente” y “entendido” para referirse a todo lo que implicara el mundo gay, término que ya estaba aceptado. Ambas expresiones eran aplicables, tanto a los bares de hombres como a los de mujeres.

En los bares de hombres todos los clientes eran ampliamente aceptados, contrario a los establecimientos de lesbianas, donde la presencia masculina no era bien vista bajo ningún concepto, salvo contadas excepciones, cuando el invitado estuviese acompañado de alguna dama conocedora y clienta del lugar.

¿Cuáles eran esos bares?

Mientras se pueda hacer caja, siempre existirán empresarios que olfatean los buenos negocios y aquí el terreno estaba abonado para abrir muchos bares de ambiente.

Entre los que permanecieron más tiempo estuvo La Cotorra, en el Centro Comercial Paseo Las Mercedes. Era elegante, discreto y con una clientela casi fija de clase media y media alta.

Caja de fósforos del bar de ambiente La Cotorra

El propietario de La Cotorra era Esteban, un canario simpático y dicharachero, muy trabajador y con un ojo afinado para detectar a quien dejaba entrar y a quien no. Por razones de seguridad, los locales de ambiente tenían el letrero “Reservado el derecho admisión” siempre muy presente.

Cuando Esteban estaba de ganas, tomaba el micrófono y doblaba a Rocío Jurado u otras de las tonadilleras de moda, como la Pantoja. Por su cercanía con el hotel Tamanaco, muchos artistas de fama que se alojaban allí terminaban sus noches en La Cotorra, como la Reina del Bolero, Olga Guillot.

Una anécdota que me fue confiada por sus protagonistas ocurrió en La Cotorra. Dos señoras de sociedad, muy encopetadas, terminaron de hacer sus compras decembrinas en el Paseo Las Mercedes y tipo 6:30 de la tarde, ya cansadas, les provocó tomar un whisky para relajarse. Vieron el discreto portal del negocio, decidieron entrar y se sentaron a deleitarse con sus tragos, muy bien servidos con servilletas de tela y vasos de cristal.

Ambas amigas, quienes son muy viajadas, mundanas y “pilas”, notaron que los pocos clientes a esa hora las veían y se sonreían con ellas, por lo que pensaron que todos eran muy amables y simpáticos; por supuesto, incluyendo Esteban, que las atendió. Pero a pesar de eso sentían algo en el ambiente que no podían definir, lo que solo fue pura percepción e intuición femenina, porque el bar era normal y corriente, muy bien montado en su mobiliario y no tenía ningún cartelito indicativo de nada.

Días después, le comentaron a un amigo que habían visitado La Cotorra, a lo que les respondió, con una sonora carcajada, que ese era un bar de ambiente.

Cercano estaba A mi manera, también conocido como el Bar de Alicia, por su propietaria, clientela mixta entendida.

Sabana Grande no podía faltar como terreno propicio para la vida gay, que siempre la tuvo. En la calle Pascual Navarro surgieron los primeros bares, como el Anex, convertido posteriormente en una tasca, también de ambiente, llamada El mesón de la tortilla. En la misma calle, se encontraba otro bar gay, el Rififí, y uno de lesbianas, el Astoria.

El pasaje Asunción, mejor conocido como El callejón de la puñalada, fue prolífico en estos bares, como el antiguo Yelitza, de dos pisos, donde se integraban hombres y mujeres. Posteriormente se llamó Las dos barras. En una sucesión de bares estaban el Club Torremolinos, el Bar Tolo y La Hoguera, todos muy concurridos. En la calle Acueducto quedaba el Mambo Café, de ambiente dual y bohemio.

En la misma zona, uno de los pocos que presentaban shows de travestis fue Le Barón, en la calle Las Flores. Las artistas más imitadas eran Mirtha y Mirla. En la cercana avenida Francisco Solano López estaba el Bigotes y, todavía hoy, funciona allí el bar Pullman.

Otro bar vecino de la zona, en el edificio La Línea de la avenida Libertador, era el Zig Zag, cuyo propietario, Antoine, tuvo varios establecimientos de ambiente, como el Ice Palace, la discoteca gay más grande de Caracas, en el semisótano del edificio del Teatro Altamira, local que abrió sus puertas el 29 de diciembre de 1982, un homenaje a su homónimo neoyorquino de la calle 57 y Avenida Las Américas.

Souvenir del bar El Zigzag

Luego de un escándalo, el Ice Palace cerró sus puertas y abrió nuevamente en 1994 como Tiffany, pero la época de esplendor y grandes ganancias ya había pasado. La decadencia lo sepultó.

Antoine también gerenció Le 7, a finales de los años 70, en el Centro Comercial Bello Campo, donde otro local gay, de nombre Crazy, atraía al público entendido. Su dueño era el coreógrafo Rafael López.

En una época se convirtieron en el lugar de moda para toda la sociedad y el público acudía especialmente por la excelente música, juego de luces y el ambiente distendido. La asistencia a los bares gays se popularizó y afortunadamente quedó atrás la historia de su nacimiento. Ya no tienen razón de existir.

Pero lo que no tiene razón fue la manera como desapareció la fulgurante vida nocturna de Caracas. La soledad, la oscuridad, la criminalidad y la crisis acabaron con ella y apenas dejó rastro.

Bibliografía

Oscar Yanes. Cosas de Caracas. Editorial Planeta Venezolana. Caracas 2009.

Giuseppe Domingo. Mimmo a la putanesca. Grupo Editorial Cedies. Caracas 2001.

Miro Popić. Venezuela on the rocks!. Miro Popić Editor C.A. Caracas 2018.

Nicomedes Febres. Crónicas de las mujeres que inquietan a los hombres. Editorial CEC S.A. Caracas 2012.

Eleazar López C. Crónicas de Caracas 2020.

Nicolás Sidorkovs. Los cines de Caracas en el tiempo de los cines. Armitano Editores. Caracas 1994.

Entendido. Publicación del colectivo gay. Caracas 1981.

Fotografías: Archivo del hotel Tamanaco Inter Continental / Caracas en Retrospectiva II / Ricardo Rodríguez Boades / Pinterest / Alberto Veloz.

 

 

 

 

 

 

La invasión del edificio Saverio Russo

El domingo 22 de noviembre, aproximadamente a las diez de la noche, un grupo de unas noventa personas organizadas para “tomar los apartamentos vacíos”, llegó a las puertas del edificio Saverio Russo, localizado entre las esquinas de Reducto y Municipal, justo frente al teatro. Forzaron las puertas y entraron.