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La obra de teatro en la que “todo el mundo se desnuda”

Yo no les voy a caer a mentiras: no sé mucho de teatro, mucho menos de musicales, y soy sumamente superficial. Leí una nota en el periódico sobre “una obra de teatro en la que todo el reparto joven se la pasaba desnudo”, o algo así, el material fotográfico era glorioso (dos tetas jalan más que una carreta), me dije “esto hay que verlo” y me las arreglé para conseguir un pase de cortesía (las entradas más baratas cuestan 800 bolívares, y parece que estaban agotadas).

La obra de teatro en la que “todo el mundo se desnuda”

Que Luis Fernández (mi relación con él siempre ha sido tensa desde la primera entrevista, por allá en la época de “cuando los clase media éramos felices”), responsable de la adaptación venezolana del musical de Broadway Despertar de primavera, me llame mentepollo, amarillista, tercermundista, quesudo. No me importa. Me parece un milagro que todavía en 2015 la luminosidad de un desnudo nos llame la atención.

Como suele ocurrir, eso de que “todo el mundo se la pasa desnudo” es una leyenda urbana que se formó en mi mente. No es así. Hay una historia. Cinco ninfas, no averigüé los nombres: una chiquitica a la que le molesta usar sostén (en el argumento), una catirísima, una pelirroja de cabello largo, otra pelirroja de pelo corto y una pelinegro con cara de zángana (de ella me quedé con las ganas). Antes de que empiece el musical, retozan y cantan Amy Winehouse en los pasillos. Los nombres de los personajes son alemanes y dificilísimos. No sé si era la luz, pero todas se veían como esas chamas a las que los dedos de los pies se les ponen rosaditos, lo que incrementó mi morbo.

A mí me sentaron en la fila “M” (¿qué esperaban?). No pude detallar. En la sala de conciertos bifronte del centro cultural BOD, los actores tienen que repartirse un poquito para allá y para acá. La crucifixión de la chirriquitica con el torso descubierto siempre te toca una tecla si recitabas el Credo en el patio de tu colegio. La pelirroja de pelo largo (¿o era la catirita?) se quita todo y se baña. Creo que nadie está operado pero nunca se sabe. También hay bastantes penes y un simulacro de masturbación (mientras el catire canta, que es lo más arrecho), cosa de la que ya me habían advertido. Siempre es útil para hacer comparaciones con el rabillo del ojo y consolarse: “lo que importa es el tamaño en la erección”.

Es el tipo de obra en la que puedes apostar que una de las chamitas dirá: me gustaría tener un pene. Y ocurre.

De todos modos, más que los desnudos, al final lo que me terminó intrigando fue: según los cuentos que uno escucha, ¿qué hacen esas rosaditas todavía en Venezuela? ¿Qué harán con sus vidas? Saben más o menos cantar, pueden pararse y defenderse en un escenario. ¿Habrá trabajo para ellas en televisión o cine?

Les decía que en Despertar de primavera hay una historia. Para mí todo se resume más o menos en la letra de “Another brick in the wall”. Hay un colegio, hay represión, hay un sacerdote-profesor pederasta, hay padres que no escuchan a sus hijos, hay chamos que no quieren ser un número más. Al respecto les recomiendo Del amanecer a la decadencia del historiador Jacques Barzun, un libro que muestra cómo el anhelo de renovar el sistema educativo y de liberarse de la burocracia han sido temas recurrentes al menos durante 500 años. Creo que Despertar de primavera alcanza su punto más alto como musical rock, con la banda en vivo.

Al final los chamos van pasando ante un micrófono y proclaman las etiquetas “que nos pone la sociedad”: ¡Soy drogadicta! ¡Soy gay! ¡Soy ateo! Me faltó alguien que dijera yo soy chavista y yo soy escuálido.

Que me perdone Luis Fernández, repito (no eres tú, soy yo), pero uno de mis grandes descubrimientos en Despertar de primavera fue que por primera vez vi cómo es una máquina de las que echan humo en los conciertos. Si quiere tener una idea, ponga “haze machine” y la marca Antari en Google. Es un aparato aburrido. Los desnudos, jamás.