Mirtha Rivero: “El país se ahogó con los náufragos”

La autora de "La rebelión de los náufragos" reflexiona 10 años después de la primera edición del libro y asegura que la destitución de Carlos Andrés Pérez no fue un triunfo democrático, como lo presentaron, sino una conjura política

Mirtha Rivero: “El país se ahogó con los náufragos”

El 8 de noviembre de 1992, José Vicente Rangel publicó en su columna dominical “Los Hechos y los Días”, en el diario El Universal, un dato sobre la última operación de la Oficina del Régimen de Cambios Diferenciales (Recadi), que involucraba al entonces presidente Carlos Andrés Pérez en un aparente acto de corrupción con la partida secreta del Estado. La denuncia fue explicada esa noche en el programa de Rangel en Televen y contó con el respaldo de otros columnistas, entre ellos Andrés Galdo. En menos de una semana, la noticia sin confirmar se difundió entre los principales medios de comunicación. Así empezó a correr la pólvora que explotó el 20 de mayo de 1993, con la defenestración del presidente por la Corte Suprema de Justicia.

Las lecturas inmediatas interpretaron al suceso como un triunfo del Estado liberal venezolano, pues, por vías institucionales se despojó al mandatario en un país de tradición autoritaria. Una situación inédita.

Manuel Caballero escribió al respecto: “Nunca en la historia de Venezuela había funcionado con tanta evidencia el esquema del Estado liberal, la idea del equilibrio de los Poderes”. Incluso, uno de sus protagonistas, Nelson Chitty La Roche, presidente de la Comisión de Contraloría que investigó el caso desde el Congreso de la República, publicó un libro que se agotó en su primera edición: 250 millones. La historia secreta, por la editorial Pomaire.

Casi un par de décadas más tarde, en medio de las consecuencias de aquel hecho –y como suele pasar en la historia–, las visiones cambiaron. Por eso, la periodista Mirtha Rivero publicó una investigación que narra la otra versión de los hechos. La rebelión de los náufragos salió de la imprenta en octubre de 2010 bajo el sello de la Editorial Alfa y, de acuerdo a la etiqueta de su cubierta, ha vendido más de 30.000 ejemplares. En 2020, al cumplir 10 años, el trabajo sigue generando preguntas que todavía no tienen respuestas. Su autora está residenciada en México, pero la pandemia del coronavirus la confinó en España, y desde ese país aceptó la entrevista, aunque prefirió evitar opinar sobre asuntos de la actualidad política nacional.

Foto: AP | Jose Caruci

La rebelión de los náufragos es un riguroso trabajo de investigación periodística que narra con entrevistas y crónicas la conjura de varios sectores influyentes en la sociedad contra el segundo período de gobierno de Carlos Andrés Pérez. Ellos, desde la visión de Rivero, más allá de sus intereses y diferencias ideológicas, se unieron en una componenda contra Pérez, quien intentaba ejecutar un programa de modernización política y económica, alejado de su partido y de lo que había sido su primer gobierno.

—¿Quiénes son los náufragos? Los náufragos fueron todos aquellos que tenían facturas pendientes desde 1945, cuando los adecos los sacaron del poder. Esos que no llegaron a ser ministros en los sesenta, que vieron interrumpida su posible elección como presidentes. O los que fueron botados durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez en los setenta. Los náufragos fue esa gente que estaba resentida, que se juntó con los críticos al gobierno, con los adversarios legítimos al modelo económico y político propuesto por Pérez en 1989. Son los resentidos de la democracia.

—Ha pasado una década desde la publicación y cerca de 30 años de los sucesos allí narrados, ¿tiene vigencia todavía el libro?

—Creo que sí, para entender un poco el pasado reciente de los venezolanos, no solo de Venezuela, sino de los venezolanos, de lo que hemos sido capaces de hacer y también de destruir. Siempre es importante conocer el pasado. No es que siga vigente mi libro, sino la necesidad de conocer bien y de hurgar más en la historia reciente. Que busquemos otras fuentes. Estos 21 años han sido de reescritura de la historia, es por eso que debemos irnos a estudiar otras voces distintas –a las que desde hace 21 años están en la palestra– para poder entendernos. Creo que desde ese punto es importante, sea este u otro libro, pero que hable sobre nuestro pasado democrático.

—Es un libro que presenta otra cara de la moneda y salió en un momento cumbre: el chavismo estaba en su apogeo en 2010. ¿Cómo fueron las reacciones? ¿La gente del gobierno de Chávez lo leyó?

—José Vicente Rangel lo leyó y dijo que estaba muy bien escrito pero que estaba sesgado, no dijo más nada. Sí lo han leído, de hecho, hasta en Aporrea han citado cosas, pero no saben lo que están citando, no entienden lo que significa. Para el gobierno, eso era como el pasado. No es que es la otra cara de la moneda, es otra versión de aquellos hechos, basada en los testimonios de la gente. Fue muy leído y comentado, y el tema no era Carlos Andrés Pérez que en aquel momento estaba execrado, de hecho, ya tenía varios años con su salud deteriorada. Yo al principio pensé que no iba a ser motivo de mayor discusión, sin embargo, tuvo muy buena receptividad.

—Del otro lado también hubo reacciones, Nelson Chitty La Roche, por ejemplo, lo llamó panfleto en una entrevista que le hice hace dos años

—A Nelson Chitty La Roche no le gustó, y es porque su libro parte de una base completamente errada, y por eso no le di mayor cabida en el libro. Porque además yo cuando busco un dato trato de confirmarlo, de verificar que la información sea confiable. Un libro con una base falsa pierde todo el respeto para mí. Trato de señalarlo si lo tengo que hacer. No lo ataco, pero tampoco puedo basarme en mentiras, en cosas que no están probadas. ¿Qué es lo peligroso? Que se destituyó a un presidente y nunca se llegó a saber lo que pasó, porque no se permitió. No fue polémico, pero sí muy conversado.

—¿Cuál es la base falsa de la que parte el libro de Chitty La Roche?

—Él planteaba que hubo corrupción, que los recursos fueron destinados indebidamente. Hay una cosa que para mí era importante, y es lo que dicen los abogados especialistas en el tema: la partida secreta es secreta. No tienes que divulgarla, a menos de que pruebes que no era la partida secreta. Los que demandaron, el fiscal y los denunciantes, no pudieron demostrarlo. Lo que se hizo fue utilizar ese pretexto, ese supuesto delito que ni siquiera pudo ser estudiado porque se fueron por las ramas, porque la sentencia era otra cosa y nunca se pudo saber qué pasó. El famoso cheque fue anulado, nunca fue cobrado porque era un error, no podían quedar testigos porque era parte de la partida secreta, pero alguien le sacó una fotocopia y lo guardó, pero utilizaron el cheque que no estaba anulado. Primero decían que era para otros gastos, pero al final se terminó diciendo que era para la entonces presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro, pero ella es de 1990. En fin, todos los países tienen su partida secreta por seguridad y defensa, es algo normal.

—Manuel Caballero calificó al episodio como el cénit del Estado liberal venezolano, porque en un país de tradición autoritaria, se destituyó a un presidente de manera institucional

—Yo creo que hubo mucha gente desinformada que, en aquel momento, pensó que se estaba dando un gran paso para la democracia. Ese hubiese sido un momento crucial de la democracia si se hubieran utilizado los instrumentos democráticos realmente para probar un hecho delictivo. Lo que se hizo fue amañar un juicio. Hubo una ponencia que prácticamente era una copia calcada de la denuncia que hizo el fiscal. No hubo una investigación. Tú veías que en la misma ponencia se redactó que había que destituir a este señor por esto y por esto, porque había indicios de corrupción, porque sabemos cómo es que actúan los políticos. O sea, tú no puedes saber, tienes que probar. Si el cheque fue anulado, ¿cómo vas a decir que ese dinero se lo robaron? Manuel Caballero fue una persona muy crítica, pero creo que hubo mucha desinformación en aquel momento. Hubo mucha gente que no leyó suficientemente, que no conoció los entretelones de todo.

—Es decir, fue una componenda

—Sí, hubo un grupo de gente que estaba interesada en desestabilizar a Pérez, porque cada quien estaba serruchándole las patas a la presidencia. A veces, ni siquiera eran concordantes, eran aliados circunstanciales, sin quererlo, pero se unieron y eso es lo que yo digo que fue la componenda. Hubo gente que sabía, de antemano, que lo de la partida secreta no era motivo para llevarlo a juicio y siguieron. Aun sabiendo que era un error, la gente siguió. Se aprovecharon de la crisis política, que después produjo una crisis económica. Por eso no creo que aquel momento haya sido el cénit de nuestra democracia, al contrario, fue un momento muy doloroso, porque se sacó a un presidente nueve meses antes de terminar su mandato, pero por mala maña, sin un juicio justo, sin argumentación. De lo contrario, hubiera sido un momento importante para la democracia, como Nixon, por ejemplo.

—De hecho, lo han comparado con el escándalo Watergate

—Sí, pero no hay punto de comparación entre un personaje y el otro.

—Había gente de tendencias ideológicas contrarias, Carlos Andrés batalló contra la izquierda y contra la derecha, incluso contra su propio partido. ¿Cuál de todos esos grupos fue su principal adversario?

—Creo que sería muy fácil decir cuál fue el principal. Sí, hubo diferentes personalidades, diferentes grupos, pero yo creo que, si tuviéramos que elegir a uno, tendría que ser la misma sociedad venezolana. Fue esa sociedad la que le dio base para que eso tuviera cancha, para que tuviera, inclusive, poder. La gente se comió todo ese cuento, fue la gente la que creyó que todos los políticos eran corruptos, que la corrupción era el principal mal que había en el país, que los empresarios eran los que debían mandar porque los políticos no sabían. La misma sociedad que aplaudió cuando sacaron a Carlos Andrés Pérez, fue la misma sociedad que votó por Carlos Andrés Pérez, que votó por Rafael Caldera y que después votó por el otro en 1998. Buscaban un salvador y no creyeron en el trabajo de equipo que fue lo que se intentó hacer –no muy bien– en el gobierno de Carlos Andrés Pérez.

náufragos

—Los medios de comunicación jugaron un papel importante, fueron los intermediarios, tal vez, de esa intención que había y la sociedad. Empezando con el artículo de José Vicente Rangel que fue la chispa

—Lo de José Vicente Rangel no fue un artículo, fue una denuncia. No era un trabajo de investigación, él se vendió como periodista, pero lo que él tenía era un dato, una persona que le daba datos y él sólo los acomodaba. Eso fue algo creado por alguien, muy mal intencionado, que desde 1989 guardó eso. Y los medios son expresión del país, los medios no son los que tumban a Pérez. Los medios sólo forman parte, así como formaron parte los políticos de Acción Democrática y los de Copei, la izquierda, los empresarios, son parte de la sociedad. Lo que pasa es que como algo salía en pantalla la gente decía “Ah, ellos fueron los que tumbaron a Pérez”, pero no. Ellos son expresión de lo que somos los venezolanos, ellos transmiten lo que decían los venezolanos: que los políticos eran unos corruptos, vividores, que los buenos eran los empresarios. Los intelectuales viven en una nube y no saben cómo se maneja la política. Para hacer política se tiene que ser político, hay buenos y malos políticos, así como hay buenos y malos mecánicos. Eso fue lo que pasó, que se estigmatizó todo. Los medios de comunicación no fueron los responsables de la salida de Carlos Andrés Pérez. Son expresión de la sociedad por comisión, por omisión, por rating.

Los empresarios sí fueron fundamentales en la caída de Carlos Andrés Pérez porque no creyeron en él cuando hizo su reforma económica. El proceso de modernización económica del país no fue bien vendido por parte del gobierno. Y la sociedad nunca quiso comprarlo, porque la sociedad quería que el gobierno la siguiera manteniendo. Cuando hablo de la sociedad hablo de los empresarios, de los banqueros, y también de la clase media, de los niveles más bajos. Todo el mundo quería que el Estado los mantuviera.

—Eso venía, paradójicamente, por el mismo Carlos Andrés Pérez, porque en su primer período de gobierno fue muy estatista

—Claro, porque era la concepción que había en aquel momento, la de la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), del Estado interventor, de que el Estado debía dar todo y eso. La cosa es que fue un error lo que pasó en aquel momento y muchos creyeron, pero así pasó.

—Pérez pareció ir siempre para adelante, no quiso escuchar

—Carlos Andrés Pérez se sobrestimó. Él creyó que podía llegar a más y que él solo podría hacerlo. Subestimó la reacción de la gente que estaba en su contra. Él pensó que podía manejarlo. Era un demócrata, por eso se separó del cargo antes de que el Congreso lo aprobara. Creo que la reelección fue un error. Él llegó a la presidencia con un instinto político distinto, por ejemplo, en el asunto militar. Él creyó que como había sido el policía implacable contra la guerrilla, pensó que tenía esa materia aprobada. Eso pasa también porque ya estaba mayor, y eso tal vez influyó. Al haber tanto trecho entre ambos gobiernos, las capacidades no eran las mismas, el momento histórico también era diferente. Él quería seguir en la política, ese pudo haber sido el error. Él se sobrestimó y subestimó, al contrario.

—Carlos Andrés dijo, en ese discurso final: “Hubiera preferido otra muerte”. Sin la defenestración, ¿la historia hubiera sido diferente?

—El «hubiera» no existe. Una vez le preguntaron a Henry Kissinger qué hubiera pasado si no hubieran matado a Kennedy y él respondió eso: “El hubiera no existe”. El gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992 ya había superado el momento difícil de la aplicación del programa económico, ya habían hecho las primeras elecciones de gobernadores y alcaldes, es decir, había empezado el proceso de modernización política y eso implicó un cambio, dibujó roces entre todos los partidos porque se les quitaba el control a las cúpulas para manejar los liderazgos, por eso no sé qué hubiera pasado. Independientemente de que a un grupo le salió bien la trampa del cheque, había muchos sectores que estaban en contra de la modernización de la economía y de la política. Los militares no entendían eso tampoco, entre ellos mismos se peleaban y había bandos. No sé a qué hubiera llevado todo eso, lo que sí sé que eso que pasó estuvo mal, fue incorrecto. No soy novelista, si fuera novelista te hubiera contestado el hubiera (risas).

—Ante el escenario político de hoy, ¿qué aprendimos de eso? ¿La clase política actual es diferente a la de aquella época, son comparables?

—Lo que hay ahorita no se parece en nada que hayamos conocido. Uno puede siempre pensar que no habrá algo peor pero la única certeza es que esto puede ir para peor. La democracia venezolana tuvo grandes líderes, un período brillante, llegó un momento en el que necesitaba remozarse, lo que llegó a los noventa fue por el embrión que vino de sus primeros quince años. Creo que había muchos más estadistas, eso es evidente. Sí había corrupción, pero no hay punto de comparación con lo que hay ahorita. No tiene nada que ver con lo que conocimos ni con lo que uno conoce. No hay forma de catalogarlo, de ubicarlo en las concepciones que uno traía, por eso es tan difícil de comparar. Lo que existe ahorita es peor que todo.

—Al final, ¿los náufragos se ahogaron o se salvaron?

—El país se ahogó con los náufragos. A ellos los arrastraron, algunos todavía están muy bien, llegaron hasta ahorita, pero el país naufragó con ellos. Ellos no podrían hacer nada si la sociedad no les daba el piso. Ellos naufragaron.

La defenestración de CAP hace 26 años, ¿campanazo a la democracia?

La política venezolana está tatuada también por el 20 de mayo. Si bien el recuerdo fresco es la "reelección" de Nicolás Maduro en 2018, otro evento tuvo impacto en la deriva democrática del país. En 1993, ese día, se ordenó la destitución de Carlos Andrés Pérez de la Presidencia de la República, un acontecimiento que por más histórico que sea, no deja de ser polémico, incluso para sus protagonistas. Nelson Chitty La Roche presidió la subcomisión especial del Congreso que investigó el caso y concluyó la presunta culpabilidad del mandatario adeco en 1993. 26 años después, a aquel episodio se le endilga el principio de la muerte de la democracia que rigió a la nación por cuatro décadas. Pero uno de sus actores defiende su rol