La segunda página de Hetty Green (“Papeles póstumos de un petroestado”)

Hetty Green, la “bruja de Wall Street”, como llegaron a llamarla los tabloides de la época, se contó entre los grandes practicantes del capitalismo financiero que jamás hayan vivido. Todos los historiadores económicos que se han ocupado del advenimiento de la llamada civilización petrolera señalan la antecesión del llamado “ciclo ballenero”, del que Green, "la mujer más rica de América", fue una notable protagonista.

La segunda página de Hetty Green (“Papeles póstumos de un petroestado”)

“Antes de que la gente aprendiese a obtener aceite de la tierra, lo sacaba principalmente de las ballenas y los hombres que estaban en aquel negocio hicieron mucho dinero”.

(Louis Menand, “She had to have it all”)

Menand, gran historiador de las ideas en los Estados Unidos de los siglos XX y lo que va del actual, examinó un célebre litigio sucesorio protagonizado a principios del siglo por Hetty Green, heredera de una fortuna ballenera originada, setenta años antes, en New Bedford, Massachusets, el mismo puerto de donde Herman Melville hace zarpar el relato de Moby Dick, la ballena blanca.

Hetty Green, la “bruja de Wall Street”, como llegaron a llamarla los tabloides, se contó entre los grandes practicantes del capitalismo financiero que jamás hayan vivido. La maestría de Menand logra no solo construir un perfil verosímil, a la vez atrayente y revulsivo, de la Green, mujer de tan superlativa avaricia y ruindad que la haría digna de una novela de Theodore Dreiser, sino también acercarnos a la historia económica estadounidense de la segunda mitad del siglo XIX: los años de la Reconstrucción y de la emergencia de mogules como John D.Rockefeller, Henry Flagler y J.P.Morgan.

“En las décadas que precedieron a la Guerra Civil—explica—, la caza de ballenas fue una de las industrias con crecimiento más lucrativo en los Estados Unidos. Entre 1815 y 1859 el valor total de la producción de aceite de ballena creció más de un mil por ciento”.

“La matanza de ballenas era una empresa costosa, de gran riesgo pues los marinos solían amotinarse y los barcos, hundirse. En los años que fueron de 1820 hasta el comienzo de la Guerra Civil, ochenta y ocho capitanes de barcos balleneros que zarparon de New Bedford perecieron en el mar. Tres de ellos fueron muertos por isleños del Océano Pacífico; diez lo fueron por las ballenas. Uno de ellos, John Fisher, fue visto por última vez aferrado al costado de una ballena, igual que el capitán Ahab. Sin embargo, el beneficio de una travesía exitosa podía ser prodigioso. Mucho antes de que la industria lograse expandirse por completo, en la década de 1840, ya devolvía a los inversionistas un promedio anual del quince por ciento”.
[…]

“Entre 1860 y 1865, los ingresos de la industria ballenera cayeron en casi un cincuenta por ciento, en parte porque los Estados Confederados del sur hicieron de la industria ballenera norteña un objetivo militar (llegaron a capturar o hundir cuarenta y seis barcos balleneros en el curso de la guerra, la mayoría de ellos en aguas del Pacífico) y en parte porque el gobierno del norte compró cuarenta buques a las firmas balleneras para hundirlos frente a Charleston y Savannah en un fracasado intento de bloquear esos puertos. La pérdida de esos ochenta y seis barcos representó un tercio de toda la flota ballenera estadounidense. Pero la razón principal de la muerte de la industria ballenera fue la invención del pozo petrolero”.
Menand se refiere a la mesa rotatoria del taladro que permitió obtener— “recuperar” dice la jerga petrolera—grandes cantidades de crudo del subsuelo y dejar atrás la recolección artesanal, siempre exigua, en los manaderos naturales de Pennsylvania.

Esta innovación, registrada durante la Guerra Civil, permitió extender los territorios explorables hasta Texas, California, las dos Dakotas. El aumento en la producción hizo proliferar refinerías en todo el país y, junto con el ferrocarril, afirmó a la industria petrolera como motor principal de la expansión capitalista.

El kerosén fue el principal sostén de la emergente industria hasta la primera década del siglo XX. Aunque ahumase techos y paredes y ofendiera el olfato, resultó infinitamente más barato que el aceite de ballena y ello cambió para siempre el mapa de la iluminación en todo el planeta.

En 1859, Estados Unidos producía 2.000 barriles de petróleo al año. Para fines del siglo XIX, la industria petrolera norteamericana producía 2.000 barriles ¡cada 17 minutos!

*

Sorprende hoy día cuán olvidado está el hecho de que el motivo primordial de la caza de ballenas fue asegurar combustible para la iluminación pública y privada en las grandes ciudades.

Prolongar las horas diurnas de la jornada fue el desiderátum de la Revolución Industrial y el esperma de ballena, procesado en grandes cantidades para convertirlo en aceite, brindó desde finales del siglo XVIII una luminosidad incomparable, prístina, sin humaredas.

Las mayores factorías textiles de Manchester y el Lancashire –infernales zahúrdas proletarias, denunciadas en su momento por Federico Engels y Charles Dickens—llegaron a funcionar día y noche sin parar, ni más ni menos que como granjas avícolas.

La fragua de lámparas de aceite de ballena, metálicas y de todo tamaño, llegó a ser en aquellos tiempos un rubro industrial aparte. Ya en 1713, el puerto ballenero de Hull, en el Yorkshire inglés, dispuso de iluminación callejera y para 1750 Londres contaba con más de 5.000 “puntos de luz”. Hacia 1800, los ricos a ambos lados del Atlántico alumbraban sus mansiones con aceite de ballena que, además, se convirtió en lubricante por excelencia durante el apogeo de la Revolución Industrial: prevenir el desgaste por fricción en ferrocarriles, altos hornos y maquinaria pesada reclamó cada año en todo el mundo centenas de miles de litros de aceite de ballena.

Un subproducto muy exitoso de la industria ballenera fue la cera bautizada “spermaceti” con la que se fabricaban las inodoras y luminosísimas velas a la luz de las cuales se leyeron las grandes obras de Víctor Hugo, los Dumas y Balzac.

A mediados de los los años 40 del siglo XIX, y al paso que las poblaciones de grandes cetáceos se alejaron de las costas huyendo de la matanza, más de 1.000 buques balleneros surcaban todos los océanos, y muchos se aventuraban en el círculo ártico. De ellos, Estados Unidos poseía más de 700. En su mejor momento, poco antes del estallido de la Guerra Civil, la industria ballenera aportaba más de 10 millones de dólares al Producto Territorial Bruto, calculado en moneda de 1880, lo cual hacía de ella el quinto sector más grande la economía estadounidense.

Las ballenas producían, además, el ámbar gris imprescindible en la perfumería. Con sus huesos y cartílagos se fabricaba la armazón de corsés femeninos y sombrillas. Lo increíble es que tan solo cincuenta años más tarde la industria del esperma de ballena había muerto por completo: el kerosén y la bombilla incandescente de tungsteno patentada por Thomas Edison lograron borrarla del mapa económico mundial.

*

Todos los historiadores económicos que se han ocupado del advenimiento de la llamada civilización petrolera señalan la antecesión del llamado “ciclo ballenero”, pero la mención del desafortunado capitán Fisher, cuya muerte sigue el modelo trágico trazado por Melville en Moby Dick, y demorarse en los motivos de la insaciable Hattie Green para desheredar hasta a su propio padre, hacen del texto de Menand un insuperable estudio—de espíritu sin duda balzaciano—, tanto de la avaricia en que ardió Hetty Green como del fin del ciclo ballenero.

 

Gregory Peck, como el obcecado capitán Ahab en el clásico del año 1956 Moby Dick, de John Huston, con Orson Welles, Richard Basehart y Leo Genn.

Con ello, Menand torna naturalmente inteligible lo que habría de venir después. ¿Qué hizo del litigio entablado por la Green una causa célebre para la gran prensa estadounidense de su tiempo?

Para empezar, la mitad de las empresas balleneras americanas llegó a estar basada en New Bedford. Gran parte de sus propietarios eran cuáqueros y bastante endogámicos: la austera frugalidad cuáquera y el casarse entre sí condujo indefectiblemente a una gran acumulación de capital.

Considerada per cápita, New Bedford se convirtió en la ciudad más rica de Massachussets y una de las más ricas de los Estados Unidos. Y la mayor de sus empresas balleneras fue la fundada por Isaac Howland Jr, en 1817.

En los siguientes cuarenta y cinco años, la casa Howland patrocinó ciento setenta y cinco expediciones balleneras. La empresa creció al paso que los matrimonios trajeron nuevos socios a la red familiar. Uno de ellos, y al cabo de los años el más importante de los dueños, se llamó Edward Robinson, padre de Hetty, quien murió en 1865, luego de amasar casi seis millones de dólares. Dejó a su hija un millón de dólares y la renta vitalicia que pudieran rendirle los otros cinco.

Semanas más tarde, falleció el último vástago de los socios originales, Sylvia Ann Howland, la tía solterona de Hetty. Su testamento estipulaba que la mitad de su fortuna fuese a manos de algunas personas a quien quiso beneficiar. El resto, un millón cien mil dólares, debía fundar la renta vitalicia de Hetty. Al morir ésta, el capital debería pasar a los descendientes directos del abuelo de Sylvia. Tom Mandell, hombre de toda su confianza, sería el albacea.

A los treinta años que por entonces tenía, y aún soltera, Hetty había sido de jovencita una de las mujeres más bellas de Nueva York. Y aunque ahora tenía en el banco un millón de dólares y gozaría toda su vida de la renta generada por más de seis millones, se sintió, sin embargo, despojada y demandó al albacea y los demás fideicomitentes: nada de réditos vitalicios, dijeron sus abogados: Hetty quería todo el dinero.

Para ello mostró un documento hasta entonces desconocido que se convertiría en el elemento novelesco del juicio: la prensa sensacionalista pronto lo llamó “ la segunda página”.

La segunda página se añadía al testamento original de la tía Sally, notariado en 1863, y venía firmado por ella. Revocaba “todos los testamentos dejados por mí antes y aun después de este que dejo a mi sobrina para mostrarlo, si fuere necesario, ante cualquier otro testamento que apareciese luego de mi muerte”.

Hetty Green

Hetty Green, austera y tenaz viuda ballenera de Wall Street

Hetty alegó que la segunda página expresaba un acuerdo secreto, pactado privadamente entre tía y sobrina, al que llamó “testamento mutuo”. Su tía, contó a los jurados, se había distanciado de su padre y, antes de morir, quiso asegurarse de que ni un solo centavo de la fortuna Howland cayese jamás en manos de Edward Robinson.

En consecuencia, pidió a Hetty que redactase ella misma el testamento y que guardase precavidamente esa segunda página o codicilo. Hetty debía comprometerse a excluir a su padre de su propio testamento. A cambio, la tía Sally le cedería en herencia la totalidad de su fortuna. Si ya con todo esto el caso acaparaba la atención de la prensa, lo que vino luego entró en los anales del género norteamericano por excelencia: el dramón de tribunales.

El desfile de testigos expertos que orquestaron los abogados de Hetty y el albacea Mandell fue el primer torneo de pruebas técnicas que se vio en los Estados Unidos, más de un siglo antes que los defensores de O.J.Simpson expusiesen ante el jurado y millones de telespectadores la circense controversia entre el ADN del acusado en la ensangrentada escena del crimen y el guante que no calzaba bien en las manos de Simpson.

Esta primera muestra de la experticia forense como espectáculo trajo a la corte un batallón de grafólogos que, sirviéndose de gigantografías de la firma de la tía Sally, agotaban argumentos en favor de la ambición de Hetty. Los abogados del albacea Mandell trajeron, a su turno, un testigo estrella: un afamado matemático de Harvard que, con argumentos probabilísticos desmenuzados en un pizarrón concluyó, sin persuadir a nadie, que la posibilidad de que la tía Sally pudiese haber firmado la segunda página era de “una vez en dos mil seiscientas sesenta y seis millones de millones de millones de veces”.

Al cabo de muchas agotadoras sesiones de un jurado confundido e indeciso, el juez falló que el testimonio de Hetty violaba una olvidada ley federal que traía consigo el tecnicismo con el que se cerró la causa, sin decidir a favor de Hetty.

*

En el curso de su vida, Hetty Green hizo crecer su patrimonio con atinadísimas inversiones financieras que fueron elogiadas por los mismísimos John D. Rockefeller y J.P. Morgan. De hecho, inyectó recursos en la petrolera de Rockefeller que en 1907 le permitió capear una fuerte recesión.

Al mismo tiempo que manejaba personalmente su firma de inversiones, Hetty crio fama de roñosa: cuáquera al fin, se alimentaba casi exclusivamente con atol de avena, vistió toda su vida de negro mientras el traje y la cofia características de su fe religiosa soportasen una lavada más. Así ataviada acudía a las rondas de la Bolsa de Nueva York. Así la captan fotos de la época, como un avechucho codicioso del sur de Manhattan.

Vivió gran parte de esa vida en un apartamento arrendado, en Hoboken, New Jersey, y en al menos dos ocasiones, destacadas por la prensa de su tiempo, se fingió indigente para obtener atención médica gratuita en un hospital para pobres. Hetty se casó eventualmente con un hombre de negocios apellidado Green a quien Hetty hizo firmar un acuerdo prenupcial que la eximía de responsabilidades por las deudas de su marido.

Igual que el excéntrico Howard Hughes, Hetty Green desarrolló una paranoia que, por un irracional miedo a los envenenamientos, la llevó a desconfiar de toda comida que no hubiese visto preparar. Los Green tuvieron varios hijos a quienes Hetty Green legó todo su patrimonio de 95 millones de dólares.

En 1906, con la aparición del aro de acero flexible, el mercado del hueso de ballena colapsó definitivamente y con él desapareció para siempre la que aún quedaba de la otrora gran industria ballenera americana.

Hetty Green falleció en 1916, el mismo año en que una corte federal ordenó a la poderosa Standard Oil de Nueva York desagregarse en virtud de las leyes federales contra los monopolios. Paradójicamente, esa medida precipitó el desarrollo de la primera gran corporación contemporánea.

(Fragmento de “Papeles póstumos de un petroestado”, en preparación. Aparecerá en la primavera de 2022, por Turner Libros, Madrid).