La venezolana que escapó de su encierro de esclavitud en Egipto

Rosmary Giménez, una joven originaria del estado Portuguesa, cuenta su aleccionadora historia de trabajo semi esclavo en Egipto, a donde fue a parar animada por la falsa expectativa de una vida provechosa como niñera de una familia rica y poderosa.

La venezolana que escapó de su encierro de esclavitud en Egipto

En el año 2015 Rosmary Giménez, de 23 años, venezolana residente en Acarigua, estado Portuguesa, al sur occidente de Venezuela, tomó esa decisión difícil de dejar su país para buscar las oportunidades que en su terruño eran cada vez menos probables.

Ahora, en entrevista vía Zoom desde Ciudad de Panamá, Giménez cuenta a El Estímulo su experiencia aleccionadora.

Era una época donde se agravaba la crisis de una economía colapsada, en la que los precios aumentaban a ritmo de vértigo y la diaria escasez de alimentos se traducía en enormes colas  frente a los comercios y en la aparición de un mercado negro movido por oscuros intereses.

Ella estudiaba ingeniería mecánica en la Universidad Experimental de las Fuerzas Armadas, UNEFA, en Turén, población agrícola cercana a su hogar.

Rosmary es adventista practicante. En la iglesia a la que asistía, una amiga le comentó que se iba a Francia, y ella le dijo impresionada: “¡Waooo! ¡Qué fino que te vas a Francia”. Esta “hermana” de Rosmary por la religión le explicó que había conseguido una oportunidad de trabajo a través de la página web de una agencia conocida como aupairworld.com, la cual se promociona como el lugar ideal para encontrar una familia de acogida en el extranjero. 

Ni tan a la par

Wikipedia nos recuerda que Au pair (a la par) es una construcción francesa “usada para denominar a la persona acogida temporalmente por una familia a cambio de un trabajo, como cuidar a los niños; suele convivir con la familia receptora como un miembro más, y recibe una pequeña remuneración así como comida y alojamiento; en la mayoría de los casos son estudiantes”.

La amiga de Rosmary le dijo que es un programa de niñeras en el extranjero.

“Ella me dijo que se iba para Francia, y yo le respondí, te vas porque tienes las posibilidades”. Su amiga le comentó, “yo me estoy pagando mi pasaje, pero hay otras familias que están dispuestas a pagarte el boleto, el hospedaje y todo lo demás, porque están interesados en que sus hijos tengan una nueva cultura, generalmente este tipo de niñeras las pagan familias adineradas”, le replicó.

En noviembre de 2015, Rosmary accedió al portal y comenzó el proceso para conseguir que una familia se interesara en sus servicios como niñera.

“La página te solicita experiencia con niños, al menos el título de bachiller, algún tipo de dominio de otro idioma, además del castellano, para certificarte, dependiendo del país y la familia a la que fueras. Yo me fui por las familias que tenían las cinco estrellas”, dijo Rosmary. Sin embargo, no le prestó mucha atención a la página de buenas a primeras.

La apuesta a Caracas

La crisis apretó más a Rosmary a finales de 2015 y la llevó a irse de Acarigua a la ciudad costera de La Guaira, estado Vargas, donde vivía su padre. Ya que estaba más cerca de Caracas, un conocido le preguntó si quería dar clases de inglés en un colegio. Rosmary le respondió que sí y comenzó a impartir un curso en las mañanas.

Esto lo compartía con un trabajo en una guardería en las tardes en Caracas. Además, se inscribió en un instituto universitario para seguir estudiando ya que no pudo terminar en la UNEFA de Turén, donde ya estaba en el séptimo semestre de ingeniería.

Pero en las noches, al llegar a su casa pasadas las 10:30, todos los días, Rosmary pensaba que por más que estudiara en Venezuela, las carreras que fueran, con dominio del inglés, y sus ganas de echar para adelante, no encontraría la plenitud que busca una persona en cuanto al crecimiento profesional y personal. Decidió volver a la página que le había recomendado su amiga de la iglesia en Portuguesa.

En busca de hogar

Comenzó a buscar una familia de acogida en el mundo en abril de 2016. Finalmente consiguió dos familias en Alemania y una en Egipto.

“Una de las familias alemanas me estaba pagando el pasaje en avión, pero, yo tenía que costearme los gastos aquí en Venezuela que eran como 350 dólares para que un instituto me certificara que tenías un B1 o un B2 en idioma alemán, yo comencé a estudiar alemán por Youtube, pero nunca pude conseguir el dinero para poder pagar el curso”, dijo Rosmary.

La visa para Egipto le iba a costar un menor precio, 150 dólares. Pero lo barato le saldría caro a Rosmary.

Así que decidió intentar con esa familia egipcia, que en la página de AupairWorld era una de las más destacadas.

“Uno le mandaba todo a esta familia y ella escogía a quien querían que se fuera con ellos. Tuvimos como dos meses en entrevistas, video llamadas por Skype, ella me presentaba a sus hijos, su familia, me mostraba el cuarto donde yo iba a estar y me explicaba las cosas que iba a hacer. En ningún momento se habló de algo diferente a lo que estaba en el contrato de AupairWorld que establecía que trabajarías 42 horas semanales, solo cuidarías niños y les enseñarías mi idioma, entrarías en un curso de idiomas y los fines de semana eran libres con una paga de 250 dólares mensuales y ellos me darían el hospedaje y la comida, eso fue lo que hablamos”, afirmó Rosmary.

Un cuento bonito

A Rosmary le pareció perfecto, porque la familia de Egipto en la casa hablaba inglés, lo que le permitiría practicar este idioma y además aprendería árabe. Entonces se fue a la embajada de Egipto en Caracas para solicitar la visa porque la necesitaba ya que estaría en este país por más de seis meses.

“Esta familia me envió toda la documentación, por eso yo estaba tan confiada, el documento que les solicitaba, ellos me lo enviaban. En la embajada me pidieron un estado de cuenta de la familia, y hasta eso me enviaron, con lo difícil y delicado que es eso”.

Esto le generó mucha confianza a Rosmary. De hecho, esta familia en Egipto se presentó en la embajada de Venezuela para firmar documentos que les exigían para la llegada de su huésped a El Cairo.

“No me va a pasar nada, esta gente está poniendo la cara, yo tengo toda la documentación de ellos, qué me pueden hacer. Tenemos dos meses en este proceso. Yo tenía una carpeta con la información de la familia en mi computadora y se la envié a mi mamá, mi tío, a mi papá, a unos amigos. Quise dejar un respaldo completo sobre a donde yo iba. Yo siempre he sido muy precavida”, aseguró Rosmary.

El peor viaje de su vida

Salió de Venezuela el 31 de julio de 2016. Iba contenta, aunque, siempre pensando en que, si algo salía mal, ella había dejado todo en manos de su familia y amigos para que la ubicaran. Hizo escala en Lisboa, luego en Roma. El día 2 de agosto llegó a El Cairo.

“Pasé migración y al salir habían dos personas con un cartel que decía mi nombre, Rosmary Giménez, eran dos hombres más el chofer, y yo dije, ¡miércoles!, en qué me acabo de meter yo. Pero traté de relajarme para que no notaran mi miedo. Me prestaron el teléfono para llamar a mi mamá, pero, la llamada nunca salió, mi mamá dice que nunca llegó esa llamada”, contó.

Rosmary comentó que llegó a una casa que parecía un palacio, por lo grande que era.

“La casa era como una hectárea entera, como en las películas, con unos pilares enormes y unas puertas gigantescas que no la podía abrir una sola persona”.

Posteriormente, la llevaron a la cocina y allí le dijeron que bajara unas escaleras, que tocara una de las puertas de los cuartos que estaban abajo. “Allí te van a abrir”, le dijeron.

Escaleras al encierro

Rosmary, aunque sabía defenderse con el idioma inglés, comentó que no es lo mismo, para ella, enseñarlo siguiendo un programa académico, que hablarlo con personas que lo hacen perfectamente.

“Yo decía yes, yes, porque no estaba entendiendo mucho por lo rápido que hablaban, pero entendí que tenía que bajar y tocar una puerta. Cuando yo bajo las escaleras y toco la puerta me abre una muchacha de Filipinas, cuando yo entro a aquel cuarto, que era enorme, habían como nueve camas. Cuando veo, me doy cuenta que había un mujerero”.

Desde el primer momento las mujeres fueron muy amables con Rosmary. Cuando ella entró al cuarto todas se levantaron y se comenzaron a presentar. Eran tres nigerianas y cuatro filipinas. “Yo era la única latina, la única que hablaba español. Estaba desorientada, por todo el tema de haber dejado a mi familia, estaba emocionada, en shock. Esto no fue lo que yo vi”. Y así se acostó a dormir.

Al día siguiente la levantaron a las ocho de la mañana. Salió del cuarto y subió a la cocina donde estaban las demás mujeres.

Rosmary Giménez con su amiga cubana

Adornos para cuatro días

Le prepararon el desayuno en medio una pequeña conversación, toda en inglés. Le dijeron que comiera rápido porque había que ir a trabajar, y Rosmary preguntó, “¿Ya llegaron los niños?”. La dueña de la casa y sus hijos estaban en Francia pasando una temporada de vacaciones.

Una de las nigerianas le dijo que tenían que limpiar. Rosmary se puso un jeans y una franela y sus compañeras le preguntaron que para donde iba, porque esa no era la ropa de trabajar. Le dijeron que se pusiera la pijama que tenía. La llevaron a otra casa igual de grande que era donde finalmente trabajaría. Allí le dieron un pañito para que limpiara una de los salones.

“A mí no me trajeron para limpiar”, se quejó Rosmary, y una de las mujeres le dijo: “Aquí todas cuidamos a los niños, cocinamos, limpiamos, todas”. Rosmary limpió todos los adornos del salón, que eran muchos, por cuatro días seguidos, hasta que llegó la dueña de la casa con sus hijos. Se vino de Francia porque la familia de Rosmary se había comunicado con Interpol y la embajada de Egipto porque no sabían nada de ella.

Prueba de vida

La señora le prestó el teléfono a Rosmary para que llamara a su familia de inmediato.

“A través de una video llamada, mi familia preguntaba como estaba, me decían que levantara la mano derecha, la mano izquierda, para saber si me tenían amarada o no, todos estaban muy asustados”.

A pesar de que la casa tenía a la vista todo lo necesario, entre ellas el teléfono, las mujeres no tenían disponible el acceso al Wifi en ese sector de la casa. Tampoco podían utilizar las otras cosas y equipos de la casa.

“Tanto así que nosotras lavábamos nuestra ropa a mano, porque no nos permitían lavar la ropa en la lavadora. Habían un microondas y no lo podíamos usar, había una nevera de postres y tampoco podías comer, para nosotras había una nevera diferente, con comida diferente”.

Al mes solo les pagaron alrededor de 100 libras egipcias que solo alcanzaba para comprar sus cosas de aseo personal y se quedaban sin dinero. No podía comprar por ejemplo el desodorante que ella quería, sino, para el que alcanzaba.

Aferrada al pasaporte

Como todos los sábados, Rosmary se levantó para ir a la iglesia. Eso estaba dentro del acuerdo con su jefa. Al salir de la habitación e informar que iba al templo adventista, su jefa le pidió el pasaporte, pero, Rosmary se negó a entregarlo. “En ese momento me entró un sustico”. Pensó, que si entregaba ese pasaporte, se quedaba presa en Egipto, siendo esclava de estas personas que, a pesar de realizar sus labores no le pagaban lo acordado.

“En la habitación teníamos de todo para coser. Tijeras, hilo, tela, porque las mujeres se hacían ellas mismas sus vestidos. Le abrí un hueco a la maleta en su interior, metí el pasaporte y lo volví a coser. Subí a la casa para ir a la iglesia y no me dejaron. La excusa fue que nos íbamos a Alejandría para que los niños pasaran sus últimos días de vacaciones. Del 7 de agosto al 7 de septiembre. En ese mes no fui a la iglesia, no tuve contacto con nadie”, explicó.

Rosmary manifestó que ese mes se convirtió en la mamá de uno de los niños. Tenía que cocinarle, bañarlo, llevarlo a donde el niño quería, desde las 7 de la mañana hasta la hora que él quisiera regresar a la casa.

Mamá postiza en El Cairo

Al volver al El Cairo comenzó la escuela y su rutina con el niño que cuidaba. Se levantaba, le hacía desayuno, lo vestía, se iba con él a la escuela en un bus escolar. Dejaba al niño en la escuela y se regresaba a la casa para limpiar hasta las 12 del mediodía que debía ir al colegio a buscar al niño. Le llevaba su comida y se quedaba con él en las actividades extra curriculares hasta las 4 de la tarde. A las 6 de la tarde lo ayudaba con las tareas. Así era su rutina, incluso debía dormir con el niño para que este no bajara al cuarto de las mujeres porque a su mamá no le gustaba.

Rosmary entendió que su papel con el niño era suplir a la mamá que nunca estaba.

Estando en el judo con el pequeño egipcio, mientras le colocaba la cinta, una mujer con otro niño se sentó al lado y comenzó a hablar en español. Rosmary vio a Dios, tenía casi dos meses sin hablar con alguien en su idioma natal. Rosmary la saludó: “¡Hola! Hablas español. ¿De dónde eres?. Yo soy venezolana”, la otra chica le dijo que era de España. Rosmary se sintió en confianza y le contó lo que le estaba pasando, que no la dejaban salir, no le permitían comunicarse con su familia, no le pagaban lo acordado y que estaba haciendo un trabajo para el cual no fue contratada.

La muchacha le comentó que tenía muchas amigas venezolanas en Egipto y que hablaría con ellas de su caso. Esa semana, el sábado, Rosmary pudo regresar a su iglesia y allí conoció a una cubana y una argentina, con quienes también habló de su encierro sin paga.

Mujeres abusadas

Rosmary ya venía viendo lo que pasaba con otras de las muchachas que vivían y trabajaban con ella. De hecho, una de las filipinas le contó que era abusada sexualmente de manera constante por el cuñado de la dueña de la casa.

“Él era muy tocón, de agarrarte por el brazo, de hablarte cerquita. En una oportunidad lo intentó conmigo, y yo le dije que no me tocara, y que si volvía a acercarse iba a comenzar a gritar, así que respétame”.

La venezolana comentó que las filipinas eran más sumisas, eran humilladas, maltratadas, física y verbalmente y nunca se quejaban. Rosmary piensa que la pobreza de la que venían en su país las hacían aguantar todo aquello.

Un guardaespaldas seguía a Rosmary. Ella dice que no era para cuidarla, era para que ella no pudiera irse o reunirse con gente “extraña”. En la iglesia también conoció a unos pastores brasileños. Cuando ella les contó lo que estaba viviendo, los pastores la llevaron a un sitio dentro de la iglesia para que ella pudiera hablar más tranquila.

Los pastores de la iglesia le pidieron el contacto de la española con la que Rosmary había hablado en el colegio. Así entre las personas de la iglesia, la cubana y la argentina y las venezolanas amigas de la española se juntaron para ayudarla. Los religiosos sabían que debían unirse para poder hacer algo, ya que el papá de la jefa de Rosmary era ministro en Egipto, y la jefa era una médico reconocida, es decir, era una familia de poder en este país.

Planificaron el escape

Lo primero que hicieron fue ponerse en contacto con la embajada de Venezuela en El Cairo. Desde la embajada podía verificar si la familia que había traído a Rosmary la había bloqueado para salir del país. Esta era una posibilidad o potestad que tenía la familia anfitriona. De ser así, ella no iba a poder abandonar Egipto en avión sino, por una frontera terrestre.

Rosmary escribió todo lo que le pasaba en la casa a la embajada de Venezuela para que quedara constancia. Ella también se comunicó a través de la embajada con AupairWorld, la agencia que la había contratado.

La agencia le contestó diciendo que podían buscarle otra familia para que se fuera, pero que no le podían dar dinero.

Rosmary aceptó. Sin embargo, cuando la agencia le decía a otras familias donde estaba Rosmary y con qué familia, la rechazaban, sabían que esa familia tenía mucho poder en la región.

Puerta eléctrica

Un mes antes de escaparse, Rosmary sacó el pasaporte de la casa donde vivía y se lo entregó a una de las venezolanas para que esta lo llevara a la embajada. Temía que se lo quitaran.

Rosmary ya venía viendo como era el sistema de seguridad en la casa donde trabajaba. Las puertas se abrían desde una caseta de vigilancia o la abrían los vigilantes con una tarjeta personal. Rosmary contaba con un teléfono que le había dado la argentina adventista que conoció, y por allí hablaban del plan de escape. La argentina siempre le mantuvo el teléfono con saldo. Rosmary grabó un video con su rutina para que las personas que la fueran a rescatar el día del escape supieran por cual puerta entrar al complejo de casas donde trabajaba.

“En una oportunidad en la casa se fue la luz y yo vi como uno de los vigilantes apartaba un arbusto y tocaba un botón que abría la puerta aun estando sin electricidad”. Rosmary le tomó una foto a las interruptores de la casa para que sus amigas averiguaran que tenían que hacer para quitar la electricidad y poder abrir el portón con aquel botón.

Sus amigas vendieron algunas de sus cosas personales e hicieron “una vaca” (colecta de dinero) para comprar el pasaje a Rosmary.

La fuga

Una noche antes, la filipina le preguntó a Rosmary qué le pasaba porque la notaba extraña. Ella le dijo que se iba de la casa.

La dueña de la casa casi le arruina los planes porque le dijo a Rosmary que al día siguiente el niño no iba a la escuela porque estaba cansado. Rosmary bajó y le contó a Marly, la filipina, que le habían arruinado el plan porque el niño no iba a la escuela y ella tenía que llevarlo a la casa de la abuela y quedarse con él.

“Esa noche se me bajaron los ánimos, me arrodillé y hablé con Dios, dejo todo en tus manos y me acosté desanimada y triste”.

El 18 de diciembre de 2016, a las 5 de la mañana, Marly la levantó. “Levántate, yo acabo de hablar con el niño y él va para el colegio porque yo le dije que como cumplió años ayer, hoy iban los Avengers al colegio y si él no iba al colegio no iba a poder ver a Thor, ni a Iron Man, ni a Spiderman”, le explicó Marly. De inmediato Rosmary se paró de la cama y cuando subió ya el niño estaba vestido con ropa de los Avengers y el guante de Hulk en la mano.

La filipina le preguntó si ella había dejado todo arreglado. Rosmary le contestó que todo estaba listo. Se fue al colegio, llevó al niño y regresó a las 8 a la casa porque la iban a buscar a las 9 de la mañana. Sin embargo, cuando llegó todavía su jefa estaba en casa. Se preocupó. La filipina subió y habló con la jefa, le dijo que si tenía una reunión a las 10 tendría que apurarse porque el tráfico estaba pesado, así que, si quería llegar a tiempo debía salir cuanto antes. La jefa se levantó de la cama, se arregló y se fue.

Rosmary en su oficio de niñera

En 20 minutos todo puede cambiar

En ese momento, escribió una de las amigas de Rosmary un mensaje de texto: le dijo que estaban entrando al complejo habitacional a buscarla. Ella corrió, con problemas para respirar porque tenía bronquitis producto del frio del invierno, y bajó los interruptores de la electricidad.

“Nosotros teníamos el monitor de las cámaras de seguridad en la cocina y yo me había fijado en los puntos ciegos de las cámaras, porque yo no quería que ninguna de las muchachas se viera involucrada porque ellas se iban a quedar. Entonces le dije a Marly: déjame la maleta acá para yo agarrarla sin que te vean”.

Rosmary necesitaba, antes de irse, contarle a la jefa de las mujeres que se iba. Stela era la jefa y era nigeriana. Cuando le dice que se va a escapar, Stela le responde que va a llamar a la dueña de la casa. En ese momento Rosmary se vino abajo y comenzó a llorar.

“Stela estoy perdiendo mi vida aquí, esto no es lo que yo quiero para mí, cuando yo me vine mí plan era trabajar y estudiar otro idioma, no esto que me está pasando aquí”.

Stela le respondió, “te doy 20 minutos y luego yo tengo que llamar a la jefa”. Rosmary comento que, “cuando una nigeriana te da 20 minutos, son 20 minutos, literales”.

Rosamary con sus amigas en El Cairo

Una familia de poder

Agarró su maleta y corrió hacia el portón que estaba desactivado. Al llegar ahí, movió el arbusto, presionó el botón y el portón se abrió, pero, un guardia la vio. Rosmary dice que se asustó, pero, como ella se había portado bien con todos los guardias, les daba comida, dulces de la casa, café, el guardia no le dijo nada y la dejó salir de la casa. Afuera estaba el carro que la llevaría fuera de allí.

A dos cuadras de la casa, Rosmary cambió de vehículo hasta llegar a una casa de otra venezolana, donde se pudo bañar y comer algo. Luego llegó el cónsul de Venezuela.

“Con él fuimos a poner la denuncia, adelantándonos a lo que pudiera hacer la familia donde trabajaba, porque si ellos denunciaban que yo me había robado algo, por ejemplo, no me iban a dejar salir del país”, afirmó Rosmary.

En las primeras tres estaciones de policía no nos quisieron atender, cuando escuchaban el apellido de la familia, no nos atendían. Hasta que el cónsul se molestó en la cuarta estación de policías y gritando exigió ser atendido. Rosmary dijo que ella interpuso la denuncia a las 10:50 de la noche y su jefa denunció que ella la había robado a las 11:20 de esa misma noche.

Con ayuda del consulado

Rosmary pasó la noche en una habitación en la iglesia adventista con su amiga cubana y argentina. Primero pensaron enviarla al Líbano, pero, por tratarse de un país árabe pensaron que la familia egipcia podía encontrarla allí, al igual que en Turquía.

Entonces Rosmary llamó a una prima que vive en Panamá y le preguntó si podía ir hasta allá. Así fue como decidieron comprar el boleto con dirección a América.

El día siguiente el cónsul la llevó al aeropuerto. Al llegar no permitieron que el diplomático ingresará a la terminal aérea, porque él no iba a viajar, solo ingresan los que tienen boletos para abordar algún vuelo.

“Al momento que me dicen que voy a entrar al aeropuerto sola, sin el cónsul, a mí se me bajó el azúcar. Desde el consulado compraron un boleto para que uno de los guardaespaldas del cónsul pasara conmigo. En todo momento tuve puesto el manos libres hablando con el cónsul”.

Rosmery manifestó que trancó la llamada cuando el avión estaba en la pista listo para despegar, y en ese momento el cónsul le dijo: “disfruta de esta nueva vida que Dios te está regalando”.

Cuando el avión despegó Rosmary rompió en llanto, era tal lo emocionada que estaba que las azafatas se acercaron a preguntarle que le ocurría. Rosmary no pudo hablar durante varios minutos.