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La Venezuela que había quedado atrás

El columnista Guillermo Ramos Flamerich diserta sobre la Venezuela que había quedado atrás y que nos acompaña en su versión tristemente renovada en el hoy. ¿Siempre estuvo merodeando por allí? No sabemos cuándo comenzará primer día de la reconstrucción

El historiador y expresidente Ramón J. Velásquez finaliza su obra La caída del liberalismo amarillo (1972) con la frase: “Vidas y drama de Venezuela”. Con ella sintetiza no solo una época, sino una constante que en algún momento se pensó ya era parte del pasado: el país de la violencia caudillista.

Pero cuando en una misma semana aparecen las noticias del frustrado “desembarco” de la bíblicamente llamada Operación Gedeón; “Wilexis es tendencia”, como titulara Jesús Piñero una de sus crónicas desde el campo de batalla en Petare; mientras los venezolanos se quedan sin combustible y sin alimentos en medio de una peste, ¿de cuál Venezuela estamos hablando? La actualidad pareciera conjugar los peores momentos de nuestra vida republicana, junto con los nuevos males del siglo XXI.

Entre estos dos países se encuentra otro que luce frondoso, estable y abierto: la Venezuela que conquistó la democracia en el siglo XX y se afirmaba con orgullo en su bonanza. Pero la mirada hacia ese pasado reciente no puede ser una oda a la “Edad de Oro” perdida.

Causa nostalgia, eso sí. Para los que la vivieron, porque significaron quizás los mejores años de sus vidas. En cambio, los que no la conocimos, la sentimos como un referente real y alternativo al presente. Los síntomas de un país moderno del que nos obstina pensar que todo le salió mal. Allí entra un debate que en algún momento debemos dar como nación, para reconciliarnos con el pasado y con lo que viene.

Acaso miramos a esa Venezuela de mediados del siglo pasado, con esa gente que construyó desde la técnica, la política, las letras y el arte, con la misma fascinación que los venezolanos de mediados y finales del XIX imaginaban a la generación de la Independencia. El retorno será un anhelo, mas no la realidad.

La disputa política actual no nos deja chance para ver el panorama completo. Esta lucha “formal” pareciera una guerra de trincheras, en que ninguna de las partes se logra imponer. Mientras, el Estado se ha desarticulado y, aunque es difícil saber realmente quien manda, conocemos muy bien quién reprime y a quiénes. El grado de la violencia oficial, y paraoficial, ha destrozado la vida de los más vulnerables. La gente reclama paz, cueste lo que cueste. De allí nacen los caudillos.

El espacio político ha dejado de ser un instrumento para resolver las diferencias de forma y fondo. Allí nace la idea de que cualquier método es legítimo para mantener o conquistar el poder. Las grandes mayorías han quedado como meras espectadoras, perdiendo sus derechos, primero progresiva, luego agresivamente. Cientos de miles han salido a las calles y ejercido todas las herramientas legales que un ciudadano en Venezuela podía efectivamente ejercer. Nada ha ocurrido. De allí surge una desesperanza y una frustración intergeneracional que puede que nos acompañe por un buen rato. Es también el miedo traducido en indiferencia.

La Venezuela que había quedado atrás nos acompaña en su versión tristemente renovada en el hoy. ¿Siempre estuvo merodeando por allí? No sabemos cuándo comenzará primer día de la reconstrucción. Lo que sí podemos interiorizar es que cada uno de nosotros puede ser útil para ello. Un proceso que significa descubrir a todo un país y así recobrar la confianza en nosotros mismos. En lo que somos. A lo mejor nos da fuerza saber que hemos tenido otros momentos realmente terribles y que estos, la mayoría de las veces, han significado una nueva oportunidad para el porvenir.