La Vinotinto sub-20 da lecciones de fútbol

La actuación de la Vinotinto en el mundial sub-20 ha convertido en realidad los sueños y anhelos de aquellos que de una u otra manera estamos en el fútbol venezolano, pero que, por miles de razones, que van desde la indiferencia de los dirigentes criollos hasta la influencia de personajes no aptos para conducir grupos humanos, algunos creímos que jamás serían posibles. También pesan los años. Con el paso del tiempo, la gran mayoría de nosotros sucumbimos ante el escepticismo. Nos creemos facultados para poner en duda cualquier afirmación, mucho más aquellas que se construyen en la sola voluntad de romper con el pasado, sin reparar en que, de vez en cuando, estas intenciones tienen un sustento que las empuja a dejar de ser posibilidades para convertirse en probabilidades.

La Vinotinto sub-20 da lecciones de fútbol

Ese descreimiento, además, tiene un gran impulsor: la moda. Estar en onda es una de las formas que tiene el ser humano de pertenecer. Al fin y al cabo, nuestra especie es «social», lo que significa que la tan anhelada soledad no pasa de ser un estado temporal o de ser una característica que pocos, muy pocos poseen. El hombre no puede ser hombre si no se relaciona con otros de su misma condición. Por ello es importante reconocer que nuestros juicios, afirmaciones y hasta acusaciones, nacen de esa necesidad de acercarnos al vecino para así pertenecer.
Un ejemplo de ello es la popularidad entre pseudoanalistas de un término que no tiene mayor sustento: “la venezolanada”. Este concepto, nacido de la impotencia del hincha frente a situaciones que no tienen una explicación sencilla -una derrota en los últimos minutos de un duelo es el claro ejemplo de ello-, trascendió y pasó de ser una expresión coloquial a convertirse en muletilla para quienes se venden a sí mismos como especialistas o conocedores. Lejos de profundizar en la complejidad que define a cada episodio o partido, estos malqueridos mendigos de cariño y atención pretenden englobar cada duelo en una misma consecuencia, una especie de herencia genética que engloba a quienes aleatoriamente nacieron en este territorio.
Son cronistas de la miseria, que entre el prestigio y la popularidad eligieron la segunda, ya usted sabe, por aquello de la incompetencia y la ausencia de amor propio.
Sepa disculpar el lector que me haya desviado del tema inicial, pero era necesario comprender de dónde vienen ciertas manifestaciones para identificar su insoportable banalidad.
Para quien escribe, el fútbol no es una ciencia cierta. Se entrena, entre tantas razones, con el objetivo de reducir la influencia del azar en los noventa minutos, pero al mismo tiempo, cuando suena el pitazo inicial, cada partido empieza a ser la consecuencia de las interrelaciones que se producen en el campo. En un partido de fútbol conviven, de manera maravillosa, Jean Paul Sartre y José Antonio Marina; el primero afirmó que «un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”, y el segundo, citado por Óscar Cano Moreno, una de las mentes más brillantes que tiene el fútbol actual, afirmó que «cada uno de nosotros somos lo que somos y el conjunto de relaciones en el que estamos incluidos«.  Somos, y nos vamos transformando. Así podría explicarse el fútbol.
Por ello me cuesta tanto encasillar el éxito de esta selección que conduce Rafael Dudamel y promover fundamentos que solamente obedecerían a la tan humana necesidad de hacerse notar para pertenecer. Y es que el pensamiento complejo nos recuerda que son infinitos los condicionantes que actúan en cada muestra, tanto así que apenas podríamos, debido a nuestras limitaciones, intentar una aproximación a las causas que generan una consecuencia tan maravillosa como que un equipo venezolano de fútbol esté hoy entre los cuatro mejores del mundo.
¿Hubo trabajo? Sí, pero no fue la cantidad sino la calidad del mismo la que debe alabarse, además de aceptar la influencia del azar y lo súbito. La evolución del equipo, así como su adaptabilidad a distintos escenarios así lo demuestran.
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El entrenamiento tiene como meta reducir el imprevisto, y a eso apuntan los entrenadores, sin embargo, todos tienen en cuenta que objetivo (competir) y anhelo (ganar) no necesariamente van de la mano. No le recuerdo a Dudamel promesas que fuesen más allá del ideal de que el grupo intentara superarse.
Es aquí cuando debe producirse una de las tantas reflexiones que el paso criollo por el Mundial de Corea permite. No basta hablar de trabajo, de genialidades o de cualidades que algunos asocian a una nacionalidad, como si la geografía pudiese determinar el hambre de gloria o la cantidad de esfuerzo que se dedica a una tarea. Es muy importante recordar una verdad vieja como el viento: los futbolistas son seres humanos, y como tales, son rehenes de sus emociones, tanto como de una estrategia o una táctica.
La cantidad de partidos amistosos que jugó esta selección, además que consolidar un grupo y ensayar variantes estratégicas, tenía como objetivo curtir al futbolista en la competencia, al mismo tiempo que en los distintos picos emocionales que ella produce. Es por ello que no me cansaré de afirmar que el éxito de un equipo de fútbol, el venezolano incluido, también es producto de la adaptación y la flexibilidad, y ello únicamente se desarrolla en la competencia.
Adaptarse es responder o acomodarse a las nuevas exigencias que exige cada situación, mientras que flexibilidad es la susceptibilidad para adaptarse a los cambios de acuerdo a las circunstancias. En el caso de la selección nacional sub-20, estas cualidades nos recuerdan que en este juego no existe la rigidez que muchos publicitan, sino que el juego es un constante cambiar. Señalar a la distribución espacial de un conjunto como causante exclusiva de un triunfo es un acto de soberbia y reduccionismo que no debería ser tomado en cuenta.
El fútbol es una actividad dinámica, de oposición directa, y, aunque algunos lo olviden, se juega con los pies. Decida usted si es posible entonces explicar las probabilidades de un equipo a partir de numeraciones telefónicas.
Volviendo a la adaptabilidad y la flexibilidad, ¿se pueden entrenar esos valores? Existen ejercicios que acercan al futbolista a circunstancias de riesgo, aunque la simulación de situaciones límites en el entrenamiento no sea más que una aproximación parcial. Aun así, debe promoverse su ensayo, porque el futbolista, como cualquier otro ser humano en momentos de inquietud o duda, buscará respuestas en lo que su cerebro reconoce. Y lo que no se entrena no puede ser empleado como solución. Pero, ¿se puede trabajar las reacciones emocionales de los futbolistas como para convertirlos en ciborgs que obedecen instrucciones?
No, y mil veces no.
Es sumamente importante que nos rindamos a la mayor de las evidencias: el juego es jugado por seres humanos, tan humanos como usted y como yo. Y el hombre, la especie, no puede separar sus emociones y sus sensaciones de sus actuaciones. ¿Cuántas veces nos hemos sentido preparados para actuar de determinada manera ante un reto, y, llegado el momento, hacemos todo lo contrario a lo que aspirábamos?
Insisto, es fútbol, lo juegan los seres humanos, y se entrena para reducir riesgos, no para evitarlos. Juegan los futbolistas, juegan los seres humanos, y, cómo no, juegan las emociones. El gran mérito de esta selección es haber identificado cada momento cómo un episodio único y actuar en consecuencia.
Adaptarse y ser flexibles. Menuda lección para aquellos que creen que todo se resuelve en una pizarra.]]>

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