Las gatas en celo del karaoke

¿Falta de empatía? ¿De sentido común? El ruido que generas perturba a tus vecinos. Carolina Jaimes Branger recuerda aquí algunas normas elementales de convivencia que parecen olvidadas

Las gatas en celo del karaoke

Una de las señales de que una sociedad ha avanzado es el respeto por su comunidad. Desde ser buenos vecinos, pasando por la amabilidad de saludar o despedirse en lugares públicos, aunque no se conozca a las personas, la atención al cliente o al ciudadano en los comercios o instituciones públicas y cualquier otra actividad que implique gregarismo.

En Venezuela, otrora un país tan cordial, todo eso desapareció. ¿Las causas? No todo puede atribuírsele al chavismo, aunque tiene su buena cuota de responsabilidad. El racismo y el clasismo han sido aupados y fomentados desde el alto gobierno con el ánimo de dividir y lo han logrado. Pero la falta de empatía es algo que si bien puede tener sus orígenes en el chavismo (“no tengo por qué tener consideración por quien considero mi enemigo”), también tiene que ver con la degradación de la educación en el hogar, la incapacidad absoluta de muchos de ponerse en el lugar del otro y por encima de todo, con un egoísmo supino.

El sábado pasado comenzó una fiesta cerca de mi casa alrededor de las 6 de la tarde. No pude identificar de dónde venía la música, pero el volumen era absolutamente anormal. ¿Es que hay que escuchar la música con todos los decibeles a millón? Yo me he ido de muchos saraos porque sencillamente no aguanto el volumen de la música. No se puede hablar, no se oye a quienes hablan y encima, tengo un tinitus que me potencia los bajos y lo que escucho es un “bum, bum, bum” que termina por desesperarme.

Tal vez sea a causa de mi edad -acabo de cumplir 63 años- aunque me consta que no soy la única. Recuerdo que antes uno iba a una fiesta o a una discoteca donde se podía bailar, se podía conversar y a nadie le entraba un ataque de desespero por el grosero volumen de la música. En una fiesta a la que fui hace unos años, el anfitrión estaba igual que yo. Fue a pedirles que bajaran el volumen a los que manejaban la consola y lo bajaron. Pero a los dos minutos, no exagero, estaba todavía más alto. El señor volvió a decirles que era su fiesta y que él quería la música, pero no tan alta, que por favor bajaran el volumen. Volvió a suceder exactamente lo mismo: lo bajaron, para volverlo a subir después de pocos minutos. Entonces la medida que tomó el anfitrión fue drástica, pero aleccionadora: desconectó el equipo de sonido y gritó: “¡ésta es MI fiesta y aquí se hace lo que YO digo!”. El dueño de la miniteca -o como se llame ahora- corrió desesperado, rogando al cielo que “ojalá no se hubieran echado a perder los equipos”. Nada les pasó. Pero puedo asegurar que el resto de la noche fue de lo más agradable porque pudimos bailar, conversar y no sentir que la música nos estaba agobiando, ni echando.

Vuelvo a la fiesta de mi urbanización: a eso de las nueve de la noche comenzaron a cantar supongo que con un karaoke. Puras voces femeninas. Asumo que estaban todas borrachas porque los cantos parecían de gatas maullando en celo. Alguien que estuviera sobrio no lo hubiera resistido ni cinco minutos. A las tres de la mañana seguían pegando alaridos -porque eso era lo que estaban haciendo- sin la más mínima consideración con nadie. Aunque haya sido sábado, no es posible que castiguen a sus vecinos. Me pregunto ¿es que no hay ordenanzas que regulen la vida en comunidad? ¿A qué organismo se llama para denunciar o pedir que vayan a exigirles respeto con sus vecinos?

Una de mis tías fue una mujer muy querida en su condominio. Cuando estaba agonizando, hubo una fiesta en su edificio, con la música al volumen que acabo de describir. Era jueves y a las cuatro de la mañana seguía como si nada. Llamé a la policía y me respondieron que ellos no tenían que ver con eso. ¡Qué falta de consideración con quienes debían madrugar al día siguiente y con una anciana que se estaba muriendo!

La regla de oro de la convivencia es saber ponerse en los zapatos del otro. Respetar para que nos respeten. Considerar para que nos consideren. Ayudar para que nos ayuden. Pero en la Venezuela de hoy, la del “yo, me, mi, conmigo” a nadie le importa cómo se siente su prójimo. Así jamás vamos a reconstruir el país, aunque logremos salir de Maduro y su entorno. Es cuestión de sentido común, pero en estos casos nos damos cuenta de que es cierto lo que tanto se ha repetido: que ese “sentido común” ni es sentido, porque nadie lo siente, ni es común, porque ha resultado ser el menos común de todos.