Las instituciones y la economía no se subestiman

Las noticias escandalosas no se detuvieron ni en Nochebuena ni en fin de año. Son tantos sucesos asombrosos que cuando empezamos a comprenderlos, inmediatamente tenemos que voltear la página porque nos oprime otro reportaje más cruel. Leer crónicas como que el país con más reservas probadas de petróleo crudo padece un desabastecimiento de gasolina, o que varias ciudades pasaron navidades a oscuras, es el monumento de la contradicción. Son acontecimientos muy curiosos. Ripley tendría mucho material de éxito en Venezuela.

Las instituciones y la economía no se subestiman

Tenemos infinidades de exabruptos, por ejemplo: Cuba nos alquiló plataformas dedicadas a la perforación de petróleo que operaban en el lago de Maracaibo. Si la imprevisión es la norma, no podemos esperar resultados plausibles. El curso de razonamiento lógico lo reprobaron y el de improvisación lo certificaron con postdoctorado. Todas las iniciativas del Ejecutivo mueren al nacer. Ayer fue la moneda Sucre, mañana será el Petro. ¿Por qué tan fatalista? Porque estos proyectos requieren de un nutriente esencial: confianza. Desafortunadamente, la tenemos pervertida y torcida.
A lo largo de estos años, nos han convocado a una falsa liberación, puesto que han logrado controlarnos en todos los ámbitos de nuestro desarrollo humano, y nos mutilaron la posibilidad de desplegar todas nuestras capacidades, habilidades, talentos o destrezas personales (si no lo creen así, preguntemos a la migración masiva de los últimos años, que no se fue por capricho o antojo, ciertamente).
Paulatinamente, han conseguido limitar el progreso autónomo individual y destruir cualquier aspiración personal natural.
De todos los errores que se han cometido en los últimos años, a mi juicio, el más doloroso ha sido subestimar la importancia que tiene el crecimiento económico para favorecer la implementación de las políticas gubernamentales en todos los sectores, y haber  desechado todo lo que huela a orden institucional.
Ese menosprecio por la racionalidad económica y el respeto a la ley, es lo que nos impide la creación de empleos de calidad o atraer inversión extranjera directa. Ese desdén por la ciencia económica es lo que nos asesina los salarios quincenalmente y nos obstruye los ingresos al fisco. Ese desaire por la atención al análisis económico y a la jurisprudencia, es el culpable de sentirnos empobrecidos diariamente.
Tal como se advierten los hechos, estamos ante la proyección de una autocracia a largo plazo, con su repartición en abundancia de transgresiones a las reglas establecidas, para alcanzar la -pura y dura- conservación del poder sea como sea.
Pensadores sociales opinan que cuando se está más cerca de la debacle, actuamos con más fanatismo ciego, como si la porfía fuese la salvación. O quizás actuamos así por nuestra preferencia de agonizar viendo lo que queremos ver y creyendo lo que la doctrina nos dice.
¿Pero cómo llegan a creer desde el chavismo que sus acciones o creencias son saludables o tienen un poquito de viabilidad? Es un misterio.
Privilegiando los dogmas y las concepciones ideológicas, solamente lograremos seguir amamantando ese empeño de dividir a la sociedad y generar unas enormes incertidumbres, tanto para las personas, como para las empresas.
Lo ideal es que hagamos un esfuerzo por reflexionar sobre los problemas del país y actuar bajo dosis del pluralismo, ideas con riqueza analítica, debate técnico y consensos constructivos. Porque si no, la ingobernabilidad y la avalancha hiperinflacionaria hará la vida más insoportable y fatigante.]]>