<iframe src="//www.googletagmanager.com/ns.html?id=GTM-K8BB9HX&l=dataLayer" height="0" width="0" style="display:none;visibility:hidden"></iframe>

Las sordas representaciones del gobierno

El gobierno venezolano no hace más que vivir en una aérea de negación, en una representación escapista que siempre busca ajustarse a los fundamentalismos de su cabeza.

Las sordas representaciones del gobierno

Estamos asistiendo a los tiempos de la sordera y la representación. Quien huye de la realidad, transforma los molinos en titanes y no escucha las advertencias de los que saben que son molinos.

El alejamiento de la realidad te lleva al delirio, a inventarte tu propio mundo, a vivir en la representación ruidosa, cargada de voces, de palabras que chocan. Suele ocurrir que la realidad no es como creías, pero te niegas a aceptarla y, en consecuencia, te construyes un escenario de imágenes, caes en la perpetua representación de los signos, en el vacío de los signos. Así ocurre con aquellos que son heridos por sus padres, por sus parejas, por sus tragedias laborales, por los demonios de la poesía… Son aquellos pacientes de clínica, que pasean su mirada desde un balcón, entre rejas, viendo cómo los «normales» transitan el mundo.

Pero también está aquella otra forma de locura que tiene que ver con el fundamentalismo de las ideas y con el poder. Para ellos no hay realidad, no hay evidencias, ni siquiera norma jurídica o constitución que se adapte a su «verdad». Este gobierno, ya lo vemos, se ha creado un pueblo en rebeldía (cuando el pueblo fue quien le dio un mazazo en el mero centro de sus delirios) y una asamblea comunal absolutamente por fuera de toda ley, asidero de la realidad contra el poder.

El gobierno venezolano no hace más que vivir en una aérea de negación, en una representación escapista que siempre busca ajustarse a los fundamentalismos de su cabeza. Porque es así, la cabeza de cada uno de los funcionarios de este gobierno (porque funcionarios son y nada más) mira sólo lo que quiere mirar y oye lo que sólo quiere oír. Son cabezas encerradas en sí mismas, que se montan teatros que en el mundo real (el de la escasez, la inflación, el de la delincuencia desbordada y el desajuste moral) no tienen base alguna.

Por allí he leído incluso a más de un revolucionario que asume una actitud de crítica ante sus propios colegas, que, aunque crítico, de entrada ya empieza mal. Uno de ellos decía, por ejemplo, que el pueblo, al votar «en contra», le había preguntado a sus gobernantes si acaso se les había olvidado el socialismo. Caramba, hermano, lo siento, pero el pueblo no está preguntando eso.

El pueblo ni siquiera está haciendo pregunta alguna. En realidad la gente está diciendo. Diciendo ya no más absurdas ideas, ya no más morirnos de hambre comiendo ideas muy bellas y humanas que no me llevan a ninguna parte mientras ustedes (los patriarcas de la revolución) se enriquecen con el narcotráfico y otros asuntos no menos infieles.

El gobierno, sumido en su locura, no se detiene a pensar. O bueno, sí, digamos que hace un intento de llenarse la cabeza de paisajes aéreos. Pero también la sordera es demasiado. No escucha, se niega a escuchar. Deberíamos todos (pero sobre todo nuestro gobierno delirante) callar por un momento y empezar a escuchar. El gobierno tiene llena la cabeza de ruido, no abandona su tropel de palabras, de representaciones solipsistas. Y está sordo, lo que está muy mal.

Aristóteles señala que para conocer el mundo, el hombre debe partir del mundo mismo, de las cosas que son cognoscibles por nosotros; es decir, no de la ideas, sino del mundo. Pero para conocer desde lo terreno, desde la realidad, hay que estar dispuesto a escuchar con suficiencia sobre el bien y lo justo. Este hombre, dice Aristóteles, ha de ser capaz de conocer las cosas por sí mismo y escuchar a quien le aconseja de modo correcto. Es decir, según lo veo, el hombre ha de ver el mundo sin intermediación de fundamentalismos ideológicos, conocerlo con sensatez de realidad, y no bajo el amparo dictatorial —dictatorial, he dicho— de las ideas, y además escuchar a quien bien le aconseja.

Nuestro instante histórico se ajusta a esas dos ideas: este gobierno, obcecado con un paquete de ideas que ya no funcionan, no comprende la realidad, y sólo pretende llevarse por esas ideas que ya le parecen suficientes para conocer el mundo. Ésa es la esencia del fundamentalista: no compara, no hace analogías, no interpreta la ley bajo el respeto de la ley: el fundamentalista sólo obedece, sin flexibilidad, sus ideas.

Pero además, este gobierno no se ha parado a escuchar. La gente habló, pero para el gobierno es como si no lo hubiera hecho, o peor aún, piensa que la gente se equivocó. No escucha el sentir de la gente, y quien no escucha, no se salva. Krishnamurti decía que la libertad implica un constante darse cuenta, de todo, pero sobre todo del deber. El gobierno se empeña en el deber de salvar al pueblo, de salvar la humanidad. Ese deber de nada sirve mientras no vacíe su cabeza de representaciones falsas que no ven la realidad. El filósofo de Madanapalle diría que estamos llenos de palabras. Sí, de palabras que hacen demasiado ruido.

Nadie quiere detener las palabras; ese es un gran problema, nadie quiere detenerse por un instante. Todo es una carrera por el poder. El gobierno cree que lo sabe todo, que sus palabras (socialismo, revolución, pueblo, Cuba, guerra económica) lo responden todo. Creen que tienen un método, y no siguen aprendiendo. Sólo se aprende investigando, en el proceso, en la realidad.a

Pero usted también me dirá: «Fedosy, iluso, a estos tipos ya las ideas los tienen sin cuidado, lo de ellos es el poder». Y sí, es así, el poder acá, como una pasión irracional, descontrolada, ajena a la razón, se apodera del hombre. Eso es muy cierto. Aristóteles dice que el hombre que practica la virtud es aquel que hace que su parte irracional se pliegue a la razón, porque la parte irracional del alma (según la visión del alma griega, claro) debe escuchar a la razón como un hijo escucha a un padre. Platón planteaba algo parecido. Quien se deja llevar por las pasiones, por el cuerpo, pierde su razón, pierde el alma. El poder, como pasión, también se inventa sus representaciones, también nos engaña y nos pierde.

En todo caso, mire qué mal andamos: los que se suponen deben traernos el bien general, no hacen más que girar en la órbita de unos signos vacíos, de sus mentiras aéreas, y creen que ya saben todo lo que tienen que saber de la realidad, que tienen la razón y no paran la carrera iracunda, no escuchan. Ellos juran que lo están haciendo bien. Por cierto, como que se quedaron sin asesores, o ya no los escuchan, porque eso de amenazar al «pueblo» me resulta tan pero tan insensato, tan de sordos y delirantes, tan de gente sola en el poder que se les tambalea. Tan así de mal.