<iframe src="//www.googletagmanager.com/ns.html?id=GTM-K8BB9HX&l=dataLayer" height="0" width="0" style="display:none;visibility:hidden"></iframe>

Las tres oposiciones en Venezuela

Para generar un frente antidictadura de carácter unitario se necesita una oposición única e indivisible. Actualmente eso no existe en Venezuela

Desde mayo de 2018, cuando se produjo la espuria reelección de Nicolás Maduro, venimos sosteniendo que es un error hablar genéricamente de “la oposición», como si esta fuese única e indivisible. En realidad, tenemos tres oposiciones, y eso es parte sustantiva de nuestro drama, sin posibilidades reales de articularse y generar un frente antidictadura de carácter unitario.

El escenario electoral, que nuevamente está en puertas, nos permite identificar un trío de tendencias de cómo se articulan discursos en torno a si debemos ir o no a unas elecciones. Dos de las corrientes opositoras, de forma abierta o velada, terminan actuando en aras de destruir a la tercera corriente. Esto termina favoreciendo al chavismo.

Aunque sin legitimidad de origen, por una elección que no fue reconocida por buena parte de la comunidad internacional, Maduro ha demostrado que el ejercicio del poder es un asunto fáctico. No hay ninguna señal de que el chavismo esté próximo a entregar el poder o a ser desalojado del mismo. Tenemos una oposición radical, cuya figura simbólica es María Corina Machado.

En términos morales nos plantea un todo o nada. Pero en términos políticos concretos no ha logrado presentarle al país una hoja de ruta sobre cómo lograr este cambio radical. Ante el escenario electoral, su discurso insiste en la siguiente idea: el chavismo, primero, debe abandonar el poder, y luego vamos a unas elecciones.

El gran problema es que no nos dicen cómo se logra la condición previa. Desconocemos de qué manera esta oposición liderada por María Corina, va a lograr el desalojo total del régimen en Venezuela, para alcanzar unas elecciones en las que no participe el chavismo. La idea de que Estados Unidos viniese a hacer esta tarea se ha desvanecido con el paso del tiempo.

Más allá de las expresiones bravuconas del presidente Donald Trump, en Washington nunca se preparó una estrategia militar contra Maduro. Existe una oposición leal, algunos dirían que sumisa. Con figuras como los que fueron candidatos presidenciales en mayo de 2018, Henri Falcón y Javier Bertucci, esta corriente apuesta a la cohabitación. Lo hace con la esperanza de que en algún momento el chavismo les permita acceder al poder.

No se trata sólo de dinero, sino además de una opción política para mantener cierta cuota de poder. Por ejemplo, en el espacio simbólico. Sin ir muy lejos, Falcón aparece más en televisión abierta que María Corina o Juan Guaidó, ya que ambos están vetados. Cuando usted pone el nombre de Javier Bertucci en Google lo primero que aparece es la palabra “filántropo”.

La oposición leal está atrapada en el esquema del poder chavista. Le toca bailar la música que ponga el régimen. Debe recordarse la alharaca que armó Falcón tras el fraude mayo de 2018. Pues ese mismo Falcón, junto con Bertucci y otros, de lo que ha pasado a llamarse la “mesita” de diálogo, terminarán asistiendo a las elecciones parlamentarias que se celebrarán en este 2020. Esto, sin que el chavismo haya recogido lo que eran sus demandas de depuración del sistema electoral.

La tercera y más importante es la oposición institucional. Su relevancia está dada, justamente, por su carácter de ser el único poder legítimo que reconocen unos 60 países de Occidente (América y Europa). Esto no es un asunto menor. La estrategia del chavismo a lo largo del último año ha consistido en destruir al liderazgo de Guaidó, en tanto este es el presidente de la Asamblea Nacional, y en tal condición sigue recibiendo un claro respaldo de la Comunidad Internacional.

La estrategia del chavismo fue clara desde el principio. Más que intentar recuperar el favor popular, en medio del rechazo que envuelve a los herederos de Hugo Chávez, se ha apostado por destruir a las figuras que lideran el parlamento.

No es nada nuevo, en realidad, ya que ha sido la misma estrategia seguida en Cuba y en otros regímenes dictatoriales. No se trata solo de perseguir a los opositores, sino de cooptarlos, corromperlos y desacreditarlos. En la ejecución de dicha estrategia, el régimen ha sido eficaz.

La oposición institucional está atrapada. Por un lado, la comunidad internacional, salvo contadas excepciones, le pide que se siente a dialogar con el chavismo en aras de lograr una salida democrática y pacífica a la crisis. Pero el chavismo no tiene ninguna voluntad para dialogar y encontrar salidas, ya que ello le significaría verse desplazado del poder. Y, para el chavismo, su único fin es permanecer en el poder.

La reciente estrategia de enviar a la oposición leal ante el Tribunal Supremo de Justicia, para que sea el máximo tribunal el que designe una nueva directiva del Consejo Nacional Electoral (CNE), mientras se había sostenido un espacio de negociación en el seno de la Asamblea Nacional para este mismo fin, revela por un lado la capacidad política del chavismo de jugar en varios frentes.

Y deja al desnudo, una vez más, al chavismo, en su decisión de dinamitar cualquier puente que implique una salida a la crisis.