Lía Bermúdez, libre por derecho propio

Nadaba a contracorriente. En un país en el que el arte recibe poco apoyo y gestión, creó una obra consistente y peculiar. También, analizó la posibilidad de lo estético en Venezuela, un concepto complicado en una cultura ecléctica y que bebe de cientos de referencias distintas. El talento de Lía Bermúdez abarcaba mucho más que su necesidad de expresión. Hoy le decimos adiós

Lía Bermúdez, libre por derecho propio

Con 91 años, Lía Bermúdez muere convertida en un ícono del arte venezolano. La artista, que comenzó a explorar su arte y vocación siendo una adolescente y jamás se detuvo, es un ejemplo vivo de la capacidad del talento para unificar y conferir importancia desde una perspectiva que rara vez ocurre en Venezuela. Pero Bermúdez también logró algo que suele parecer imposible, inalcanzable e incluso, ideal en un país en el que el arte —y sus connotaciones— pocas veces se alienta, se apoya o se promociona: creó una convergencia potente de miradas sobre el mensaje que se crea y en especial, una forma nueva y de comprender a lo artístico como un espacio amplio para la reflexión del gentilicio.

Tal vez por ese motivo Lía Bermúdez se permitió transitar un amplio trecho en el mundo del arte. Su carrera comenzó con lo figurativo y -con toda probabilidad- esa rebelión contra la idea de lo artístico basado en algo más utilitario, fue la que le permitió encontrar una mirada fresca sobre lo expresivo. Su obra, que abarca la pintura, la escultura y la promoción cultural, estuvo encaminada a un mensaje claro: el arte está en todas partes.

Tanto, que la obra de Bermúdez siempre pareció ensancharse, hacerse más rica y monumental, a medida que se permitió hacerse preguntas existenciales de enorme valor sobre la connotación estética. Con sus llamativos tonos en colores primarios, estructuras de metal y grandiosas proporciones, Bermúdez narró el tránsito del arte de nuestro país a un tipo de madurez mucho más profunda. En especial, por su mirada fundamental sobre el hecho del espacio —y su significado— dentro de la percepción del mundo artístico nacional.

Lía Bermúdez en busca de lo creativo

Lía Bermúdez jamás dudó de su necesidad de expresión. Con apenas catorce años fue admitida en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, donde tuvo su primer acercamiento al mundo artístico. Ya por entonces, la jovencísima creadora, tenía aspiraciones hacia algo más potente que la mera idea del arte como creación única.

De hecho, tal pareciera que sus esculturas posteriores —esas enormes estructuras de hierro conectadas entre sí que se elevaban ingrávidas en una exquisita contradicción— parecían el resultado de ese primer gran recorrido por el arte como un paraje imaginario e imposible. Para Lía Bermúdez, la artista madura, la capacidad artística era una deliberación con la frontera de lo real. Nada —material o concepto— parecía tener límite para su propuesta, tan generosa en sus disposiciones físicas como en su simbolismo.

La niña que soñaba con crear evolucionó en una mujer que estaba convencida —y decidida— a construir un tipo de arte portentoso y con una marcada identidad propia.

En 1948, la artista continúa su educación en la Escuela de Artes Plásticas Julio Arraga (1948–1950), Ya por entonces su estilizada y sofisticada concepción sobre el arte figurativo era un elemento llamativo en su concepción. También, el elemento que la lleva a experimentar, crear y ponderar sobre su vocación en otros materiales, plataformas y en especial una propuesta más complicada. Teniendo de maestro a Jesús Soto, la artista floreció y de hecho, lo que más sorprende de la obra de Bermúdez es su capacidad para extenderse en direcciones distintas. Obsesionada por la pintura, llegó a encontrar una combinación propia entre el neoplasticismo y el constructivismo de raíces rusas, que más tarde sería la piedra angular y visual de su trabajo.

Lía Bermúdez

Para Bermúdez la propuesta artística tenía peso, valor y una conexión elaborada sobre la percepción de la realidad. Sus obras, a mitad de camino entre lo abstracto y un sentido sensible sobre la forma, tenían una personalidad marcada que asombró a profesores y en especial, al mundo artístico al que por entonces se enfrentó.

Por la misma época, comenzó a analizar el espacio y las texturas, y esto le permitió desarrollar lo que se considera lo más conocido y novedoso de su obra. Su perspectiva sobre lo tridimensional estaba relacionada con la mirada sobre la identidad —hay una firme belleza pulcra y reconocible en todas sus obras— pero en específico, con un sentido de la permanencia que las hace únicas. Con formas colgantes o elevadas por mecanismos complicados, Lía Bermúdez asumió la posibilidad de la belleza mecanizada, conservada y sostenida por su propia permanencia en la memoria urbana.

Ya con 20 años, Lía Bermúdez tenía claro hacia dónde quería dirigirse, de modo que comenzó a experimentar con la posibilidad de integrar sus obras a los entornos urbanos. Los relieves en cemento para el Edificio Costa Azul (Maracaibo) se convierten en su primer intento real para unificar lo artístico con el tema persistente en su obra sobre el volumen, la forma y lo especial. Sus escalas crecen, se hacen enormes. Monumentos a la imaginación diversificada y reconstruida. Una mirada maravillada al hecho del arte en profunda convivencia con la percepción del mundo como un gran espacio para la creación.

El arte como redención

Pero para Bermúdez, el arte no sólo estaba en la construcción, el detalle o la estructura. Ya en 1959 comienza una de sus obras más sensibles: la necesidad de integrar al ciudadano común en lo artístico. La aspiración a la promoción cultural a todo nivel empieza con talleres de pintura en barrios marabinos. El resultado es una muestra titulada “Exposición infantil de dibujos y obras artísticas”, en la que Lía Bermúdez pareció crear una percepción delicada sobre el arte que lo une todo, crea un punto de vista catártico y elabora un discurso elocuente sobre lo individual.

En 1961 empezó a ejercer como docente en LUZ, abriendo un espacio mucho más elaborado a lo que es su propuesta artística. Para Lía Bermúdez, crear tenía relación con educar, enseñar, mostrar, transformar lo que le rodeaba en meditadas concepciones sobre la belleza. La artista integral creció a la par de sus inquietudes sociales y culturales.

En 1954, 1964 y 1969 formó parte del Salón D’Empaire, uno de los escasos espacios artísticos no oficiales y de convocatoria nacional, llevados a cabo por la época y que apuntaló su poderosa personalidad expresiva.

Por entonces, Bermúdez encuentra una motivación más singular en su forma de crear y ese impulso casi caótico le lleva a un tipo de obras que deslumbran por su carácter intuitivo. La artista experimenta con chatarra, cabillas, alambres, clavos, láminas de metal. Todo combinado sin aparente orden y mucho menos, una línea específica hacia algún renglón artístico. De esta época vital son varias de sus obras más conocidas: la serie “Piedras germinadas” demuestra que Bermúdez concibe el arte como una combinación desordenada y atractiva, con vida propia, sobre el tamaño, la forma y la textura. La obra conmueve por las líneas que no obedecen a escuela alguna, que crecen como flores brillantes de hierro sobre lugares imposibles.

Para Lía Bermúdez, el arte era esa libertad. Esa aleatoria línea del tiempo y el contexto para subvertir la idea que el arte pertenece a los museos, a una élite e incluso, solo al artista. La obra de Bermúdez se expandió, se hizo única, escultural y relevante, a medida que la ejecución fue más libre, fuera de toda convención y límite.

Lía Bermúdez

Cuando en 1976 recibió el premio de escultura otorgado por la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, ya la visión de la artista es de una madurez que conmueve. Todo es enorme, modular, transformador y lleno de vida en el mundo de Lía Bermúdez. Todo es pleno de potencia y formidable vitalidad. Para la década de los ochenta experimenta con la fibra de vidrio, y en 1981 ya forma parte activa del mundo artístico venezolano.

La mujer que creía que ningún espacio podía contenerla, encontró el propio en muestras como el “Arte constructivo venezolano 1945–1965: génesis y desarrollo” (GAN), “Muestra de escultura en Margarita” (Museo Francisco Narváez) y en la I Bienal de Artes Visuales (MACC).

En el 2012 se establece la Fundación Lía Bermúdez, para enaltecer el legado cultural de la artista. Pero para entonces su obra había hecho algo más: crear la posibilidad de que el arte en Venezuela fuera algo más que una mirada sesgada hacia lo inmóvil. Con su libertad de pensamiento, profundo sentido de la maravilla y sensibilidad, Lía Bermúdez construyó su propio hogar en el arte venezolano.

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