Los bobonnials

Ahora hay quienes desde una mirada sesgada critican a los centennials porque su vida gira en torno a la tecnología y otros valores que consideran más importantes que la lucha política | por Humberto Jaimes Quero

En los años ochenta del siglo pasado, el exrector de la Universidad Central de Venezuela, Edmundo Chirinos, lanzó al ruedo una etiqueta que levantó y sigue levantando roncha: la “generación boba”.

Con estas palabras Chirinos se refirió a aquellos cientos de jóvenes que no protestaban contra el statu quo, que carecían de un “pensamiento crítico”, a diferencia de los muchachos que en los años sesenta habían tomado las armas en nombre de la revolución.

Las prioridades de los “bobos” eran otras: disfrutar las cosas cotidianas de la vida capitalista, tener una exitosa carrera profesional, rumbear, mientras que para los revolucionarios su norte era armarse y tomar el poder en aras de transformarlo todo.

Esto de transformarlo todo sonaba bien en la teoría, porque en la práctica el tiempo parece haber mostrado otra lectura. En efecto, la revolución finalmente llegó al poder varias décadas después, pero nos ha dejado una situación inaudita como país. Venezuela está sumergida en una “emergencia humanitaria” propia de una sociedad que a duras penas sobrevive y lucha por no disolverse.

La etiqueta generacional como problema presente y futuro

Muchos historiadores y sociólogos se niegan a crear etiquetas generacionales debido a que este ejercicio acarrea ciertas dificultades. A veces no es suficiente tomar en cuenta el año de nacimiento de un grupo etario, el acontecimiento político o económico que los marca, la innovación tecnológica que los envuelve, el estilo artístico que profesan y los valores que cultivan. Recordemos, además, que en un mismo torrente de población siempre encontraremos comportamientos, mentalidades y estilos de vida distintos e irreconciliables, porque la uniformidad absoluta jamás existirá.

La etiqueta generacional tiende a ser arbitraria y generalmente solo hace referencia a aquellos sectores de la sociedad que destacan en el devenir, pero omite a quienes se mantienen semicultos, entre las sombras, y no por este comportamiento dejan de tener trascendencia en el futuro. Así, por ejemplo, hablamos de la generación del Mayo Francés que protestó contra las universidades y el sistema político del país galo, en 1968. También está la Generación del 28, integrada por estudiantes y dirigentes políticos que lucharon contra la dictadura de Juan Vicente Gómez. Sin embargo, solemos omitir a aquellos seres que se mantuvieron en silencio, sin visibilidad, pero hicieron su trabajo silencioso, de hormiguita, que contribuyó al progreso de la sociedad.

En años recientes, por ejemplo, aparecieron denominaciones como la “generación APP”, así como los millennials y los centennials, en las cuales destaca el factor tecnológico como elemento medular que los define, que marca su espacio y su manera de entender el mundo. Pero estas personas ¿pueden cambiar y derivar en otras tendencias? ¿Su pensamiento será coherente toda la vida? ¿Cambiarán de opinión? Y lo más importante: ¿Cuál será su aporte en el devenir?

Se dice que en Venezuela los centennials no son críticos, no conocen el pasado, y que su vida se reduce al teléfono celular y al desenfrenado consumo de tecnología, que para ellos es más importante que la lucha política.

En el fondo de esta crítica subyace un esquema interpretativo parecido al de Chirinos y su versión de la “generación boba”. Parafraseando al siquiatra podríamos decir que estamos ante una suerte de “bobonnials”.

Es un punto de vista demasiado sesgado, unilateral, que no compartimos, y que no toma en cuenta el contexto global ni la pesadilla dejada por la “revolución”. Estos retoños no nacieron en una Tierra de Gracia, sino en un territorio despedazado; viven encerrados en su casa, por temor a la inseguridad y con grandes dificultades económicas; sueñan con globalizarse culturalmente y tecnológicamente como sea, aunque no haya electricidad ni Internet; consumen más videos y tecnología que libros de filosofía y política; y lo más importante: no quieren saber nada de revoluciones ni nada afín, ni de lo que fue el país en el pasado. De hecho, migrar a otras naciones es una de sus prioridades. En algunos casos su condición de venezolanos es temporal e irrelevante, prefieren ser “globales”, sin origen definido.

Estos relevos generacionales están en su derecho de actuar y pensar como mejor les parece, pero además han puesto en evidencia una nueva lectura del pasado y del presente. En efecto, seguir el “ideal revolucionario” resultó más destructivo y dañino para el país que disfrutar las cosas cotidianas de la vida capitalista, que eran las prioridades de millones de “bobos”.