Mariana en La Carraca

"Acá estamos como Miranda en la Carraca: presos, confinados de nuestra vida, pero con la mirada puesta en que todo este horror también pasará y seremos próceres sin retratos"

Mariana en La Carraca

De niños, en la Venezuela de las décadas de los 80 y 90, muchos fueron los paseos planeados por los colegios públicos y privados a la plaza de los museos, también llamado circuito cultural por encontrarse allí el Ateneo de Caracas y el Teatro Teresa Carreño. La expectativa de salir de las mismas paredes, el montarnos en un autobús, las meriendas especiales y la emoción de lo que íbamos a ver, eran de mis momentos favoritos.

A mis amigos les causaba especial interés el Museo de Ciencias, donde la misma jirafa gigante, las cebras y el oso aguardaban en un escenario africano, el idóneo para la representación más pura y fiel que se pudiese. Otros deliraban en la Sala Marina, con una gran orca, delfines, toninas y todas las especies que el museo pudiese costear para el momento. Yo lo disfrutaba, pero esperaba el gran momento de entrar a la Galería de Arte Nacional (que, en este momento y por más de 20 años, ocupó el edificio neoclásico del Museo de Bellas Artes).

Allí a pesar de los constantes “shhhhh” de los profesores y de la algarabía de los alumnos, aguardaba un espacio donde, estando rodeada de gente, se producía un diálogo de solo dos: la obra y yo…

La Miseria, el Violinista enfermo y La Primera y última comunión, obras de Cristóbal Rojas, fascinaban mis párvulos ojos. El manejo de la luz, la perfección de los rostros y la tragedia como tema, que si bien no era desconocida para mí, tampoco era cercana… Jamás imaginé que hoy día los niños pudiesen ver estas escenas devastadoras en las calles de Caracas, como algo cotidiano.

Silencio en la sala

Sin dudarlo, puedo afirmar que, de los pintores venezolanos, Cristóbal Rojas es mi preferido. La sensibilidad y belleza además de sus facultades pictóricas y la noble ejecución de sus obras lo convierten en algo sublime. Aún me conmueve saber que murió a la corta edad de 32 años, de mengua, y que solo pintó diez óleos. Imaginen cuánto hubiese logrado con 20 años más de vida.

Una voz de mando interrumpía la ensoñación: “Niños, hagan silencio y formen fila con brazo de distancia. Vamos a entrar a ver la obra más importante de este artista, la cual, además, representa parte importante de nuestra historia de libertad como nación”. Y allí, en una extensa pared blanca, bajo bombillos cálidos, aparecía Miranda en La Carraca, de Arturo Michelena.

Todos guardábamos silencio. La escena, la vestimenta, la elegancia y el garbo de un prisionero eran algo impresionante para unos niños de 8 años. Recuerdo particularmente su mirada: retadora, sin sumisión a pesar de estar detenido, diría que hasta de orgullo, pues no cedió a abdicar a sus ideales labrados por una sucesión de hechos injustos y desdeñables.

Y allí, de nuevo, nace otro diálogo, en el que yo pregunto y Miranda me responde, algunas cosas sí, otras no, en las cuales, como lamentablemente descubriría con el correr inexorable del tiempo, pasaba horas.

La escena se repitió en exceso: al menos dos fines de semana por mes acompañaba a mi papá al Museo de Bellas Artes, y mientras él se quedaba en su despacho, yo corría a mis conversaciones imaginarias con las obras. Cuando le tocaba a Miranda, jugaba con él y a través de él: fingía su voz e imitaba su pose.

El deterioro

El tiempo pasó y, ya sin la compañía de mi padre, seguía en los museos: a veces trabajando, en inauguraciones, en eventos y, las últimas veces, en reuniones de emergencia, haciendo hazañas para sobrevivir a un régimen que tiraba a la cultura y sus manifestaciones a la basura. Y así, en estos últimos 20 años, he visto la realidad del deterioro en dos mundos: la vida diaria y los espacios museísticos. Salía de una para entrar en otra.

Cada día menos visitantes, menos exposiciones, bombillos apagados, deshumidificadores dañados, salas cerradas, baños sin agua, jardines escultóricos agrestes… Pero el estoico personal completo y los venezolanos lejos de los museos vivían lo mismo en sus microuniversos: menos luz, menos agua, menos comida y apenas algo de esperanza.

En una de mis últimas visitas a la nueva sede de la Galería de Arte Nacional, en la avenida México, donde reposa ahora Miranda en La Carraca, pude hacer lo que de niña imaginaba y nunca sucedió, pues no tenía esa sensación ni remotamente cercana: experimentar la prisión, el encierro, la deshumanización…

carraca GAN

Sede de la Galería de Arte Nacional

La ausencia

En esta visita, dentro de una sala casi oscura, con muy poco personal y un calor que atormenta no solo el cuerpo sino también el juicio, pues conozco el daño irreversible que este causa a las obras, posé en un banquito frente a la obra, simulando ser “Mariana en La Carraca”.

Sin agua

Sin luz

Sin documentos

Sin medicinas

Sin comida

Sin empleo

Sin oportunidades

Pero con arte; ergo, con esperanza.

En realidad, Mariana es anónima: es la cara utilizada para la identificación y el reconocimiento de cada venezolano en una obra de arte. Una historia que no debió repetirse jamás, una etapa que se pensó superada y que, hoy, nos marca de nuevo.

Y sí, acá estamos como Miranda en La Carraca: presos, confinados de nuestra vida, pero con la mirada puesta en que todo este horror también pasará y seremos próceres sin retratos, sin menciones en los libros; próceres con millones de nombres y ninguno, pero próceres al fin.

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