Venezuela

Montevideanos, la nostalgia venezolana

Ya antes de conocer Montevideo, he asociado a esta ciudad con la nostalgia. Tal vez sea por las lecturas de los poemas y cuentos de Mario Benedetti, que siempre dejan un aura de tristeza y melancolía al estar conectados con Montevideo. Una reciente visita me dejó marcado por la nostalgia de Venezuela con la que viven allí muchos venezolanos, a los que ahora tal vez debamos llamar montevideanos.

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Durante la tercera semana de septiembre estuve de visita nuevamente en Montevideo, a la capital uruguaya la visité por primera vez en 1993. En esta ocasión viajé invitado por la fundación alemana Konrad Adenauer para participar de un encuentro dedicado a analizar las interacciones entre el periodismo y el gobierno en países atravesados por la crisis. Se abordaron los casos de Brasil, Argentina y Venezuela.
Los dos trayectos entre el aeropuerto de Carrasco y el centro de la ciudad, tanto al llegar como al salir, los hice con taxistas de edad avanzada. En ambos casos se trataba de personas en los 70 años. No es un asunto inusual en un país “de viejos”. Sin embargo, lo significativo es que ambos tenían una perspectiva personal sobre Venezuela, alimentada por los años vividos. Ambos recordaban la solidaridad venezolana recibiendo a exiliados uruguayos tanto en los años 70 como al inicio de los 80.
Un caso emblemático que yo mismo apunté de aquellos años fue cómo el gobierno venezolano terminó rompiendo relaciones diplomáticas con la dictadura uruguaya en 1976 por el caso de la maestra Elena Quinteros. Ella, como muchos otros uruguayos, huyendo de la represión ingresó a la embajada venezolana. Pese a ser acogida, los efectivos militares ingresaron y se la llevaron a la fuerza. El gobierno de entonces, de Carlos Andrés Pérez, dio una lección de dignidad y denunció internacionalmente este hecho.
Venezuela, para los uruguayos mayores, ha sido sinónimo de solidaridad. Uno de los taxistas, nada más, contó al menos cinco casos de amigos y conocidos que habían venido a Venezuela en décadas pasadas.

Hoy el flujo migratorio va en sentido contrario. Cuando pregunté por la cifra de venezolanos en Montevideo, casi al unísono taxistas, académicos y los propios compatriotas allí repetían la cifra de más de cinco mil.
Si bien se trata de una cifra oficial dada a conocer recientemente allá, me parece que se queda corta. Dos estampas me ayudan a tener la idea de que debe haber mucha más presencia venezolana en Montevideo.
Me hospedé en un hotel por el centro de Montevideo. Como recepcionistas en ese hotel trabajan, en diferentes turnos, tres jóvenes venezolanos (todos profesionales). Mi hija, que vive en Buenos Aires, viajó a Montevideo para reunirnos después de un año sin vernos. Por redes sociales identificó a amigas venezolanas viviendo en la capital uruguaya. Visité un café atendido por venezolanos y en la mayoría de mesas identifiqué a venezolanos como clientes, por el tumbao de su hablar.
De ese café tomé una fotografía de su menú que evidencia lo que mi amiga Luz Mely Reyes ha llamado la Diáspora de la Arepa.

El día que hice mi presentación sobre la situación del periodismo, en una sala con unos 40 asistentes, ocho eran venezolanos.
Entre los jóvenes que asistieron a mi presentación, en Montevideo, varios estaban atravesados por el dolor y la nostalgia. Entre sus planes no había estado emigrar, pero terminaron viéndose obligados a hacerlo. Viven con una angustia permanente sobre la situación del país y de sus respectivas familias. No es para menos, las noticias que salen desde Venezuela son sencillamente catastróficas.
Nuestro país está en medio de una debacle con repercusiones humanitarias de envergadura. Al observar la normalidad con la que transcurre la vida en Uruguay la crisis venezolana se ve agigantada.
Le digo a tres de éstos jóvenes algunas recomendaciones que observé entre exiliados sudamericanos en Venezuela -incluyendo uruguayos- en décadas pasadas: reúnanse, apóyense entre ustedes, mantengan el contacto con sus seres queridos y esperen la llegada de tiempos mejores para pensar en volver al terruño.
La vida de las sociedades es cíclica. Les recuerdo (y me lo digo a mi mismo) que entre esta visita a Montevideo, en septiembre de 2017, y mi anterior estadía allí han transcurrido 15 años. Hace tres lustros Uruguay vivía una gran depresión económica, los jóvenes emigraban a montones en búsqueda de las oportunidades que su país no les daba.
Quince años después ese mismo país que despedía a sus jóvenes, recibe a los jóvenes venezolanos. Ya llegará la hora en que Venezuela no sea el lugar para despedirse, estoy seguro de ello.]]>

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