“No lo puedo creer, el muro cayó” Dos historias de una Alemania dividida

Cruzar el muro hacia el Este comunista era como entrar a una máquina del tiempo a una ciudad gris, atrasada con una economía ineficiente, plagada por las colas, la escasez y productos de mala calidad

“¡Ich kahn es nicht fassen!” (¡No lo puedo creer!)”, gritó emocionado Stefan al cruzar por primera vez en su vida el Muro de Berlín el 10 de noviembre, recuerda su amigo Gustavo Salcedo, hoy profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Simón Bolívar.

Salcedo, hijo del Dr. José Luis Salcedo Bastardo, -último embajador de Venezuela en la Alemania comunista-, tuvo a sus 13 años de edad, la oportunidad de ver desde Pankow, un sector al noreste de la capital germana oriental, el colapso del comunismo en la capital de la Guerra Fría.

El académico afirmó: “Cruzar el muro era como entrar a una máquina del tiempo, de una ciudad desarrollada y económicamente activa, en la que todo funciona a una gris, mal iluminada, con calles de piedra, atrasada con una economía ineficiente, plagada por las colas, la escasez y productos de mala calidad”.

Salcedo puede aseverarlo porque veía las dos realidades, entre 1987 y 1989 cruzó a diario el Muro de Berlín, por el puente del Bornholmer Strasse, para ir a su colegio, el John F. Kennedy, en Berlín Occidental. Y su último año de escuela asistió al Gerhard-Eisler Oberschule del lado comunista.

Una de las cosas que recuerda era ver tanques estadounidenses circulando por las calles de Berlín occidental. Al pasar al colegio comunista, lo que más le impactó fue observar que los sótanos tenían literas y máscaras de gas para los estudiantes. “Mis compañeros tenían cada mes que asistir a prácticas militares. Era el clima que se vivía para ese entonces”.

El 10 de noviembre, tras el inicio del colapso del Muro de Berlín la noche del 9 de noviembre de 1989, Salcedo decidió llevar a Stefan al otro lado del muro. “Fuimos al checkpoint en Friedrich Strasse, la cola era inmensa, pero logramos sortearla, lo llevé conmigo por el paso reservado a los diplomáticos y fuimos al corazón comercial de Berlín Occidental (Europa Center)”.

Salcedo describió lo que fueron las primeras hamburguesas que comió su amigo, su paseo por la ciudad, y la admiración de Stefan por la modernidad y el bienestar económico de la Berlín capitalista.

“Para ese entonces muchísima gente deambulaba por la ciudad, muchísimos del Este, vieron las vitrinas de las tiendas, respiraron por primera vez lo que era vivir una vida normal, en libertad y sin persecución de ningún tipo”, dijo.

Nadie lo esperaba. En Beierfeld hoy estado de Sajonia, en Alemania Oriental, Cornelia Leiter, una estudiante alemana que comenzaba la Universidad, fue también testigo del inicio del fin del comunismo en Europa. Ese 9 de noviembre de 1989, al igual que en otras ocasiones, el padre de Leiter organizaba reuniones políticas y sobre él pesaba el rumor de su posible arresto.

“El era opositor al gobierno, siempre tuvo interés como ciudadano por la política y organizaba reuniones informativas. El había estado en marchas de protesta, la más grande fue la del 7 de octubre en la ciudad de Leipzig”, dijo.

En el pequeño poblado a 222 kilómetros al suroeste de Berlín, al igual que muchas otras ciudades del país, se seguía con detenimiento lo que ocurría en la capital.

“El ambiente era extremadamente tenso, pero ya había mucha gente que ya no le importaba, estaban dispuestos a luchar por el cambio. No tenían miedo a la represión, en agosto ya se sentía que iba aumentando la presión”, recordó Leiter quien se enteró de lo que ocurría por la televisión en la casa de sus padres.

“Nadie esperaba la caída del muro. Varias ciudades tenían este tipo de reuniones, pero la meta no era su colapso, ni siquiera se pensaba en una reunificación, lo que se buscaba era cambiar problemas internos, nada de esto estaba preparado”, señaló Leiter.

Salcedo concuerda en que lo imponderable y sorpresivo que puede ser la historia. “Si se le hubiese preguntado a cualquier ciudadano el día antes que el Muro iba a caer, nadie lo habría creído. Ni los grandes jerarcas del partido comunista previeron lo que sucedió”.

Pero Salcedo aclaró que esto no significa que no se supiera la crisis del régimen.

“El 4 de noviembre se realizó una gran manifestación en Alexanderplatz, y mucha gente tenía miedo, pensaban que podía ocurrir otra masacre como la de la Plaza Tiananmen. Al final toda esa situación se generó por Gorbachov y su Perestroika. Al cambiar las señales de Moscú, el edificio empezó a derrumbarse”.

Leiter agregó que saber que las fuerzas de seguridad soviéticas no intervendrían en la represión marcó un cambio.
“Esa noche, cuando todo sucedió, yo lloraba, tenía miedo por mi padre. Nunca se supo porqué no fue detenido, pero si supe que con la caída del muro, el gobierno de Alemania Oriental no podía controlar la presión”, aseveró.

Celebración e incredulidad

Salcedo vio como tras la caída del Muro las calles se llenaron de una gran fiesta. “La celebración fue increíble, como un Carnaval y Año Nuevo, concentrado en uno que duró aproximadamente cuatro días. Recuerdo que el día siguiente la atmósfera en el colegio comunista era difícil de describir, había algo eléctrico en el ambiente, nadie se podía concentrar, había una emoción increíble y nadie, ni los estudiantes ni los profesores podíamos pensar en otra cosa que en la apertura de la frontera”.

Leiter, por su parte, explicó que en las calles de Beierfeld no hubo celebración, pero desde su casa se hicieron muchas llamadas para informar lo que ocurría.
“Lejos de Berlín a la gente le costaba creerlo, uno veía las imágenes por televisión pero era tan impactante, que era difícil pensarlo. Pasó una semana o semana y media antes de ir a una ciudad cercana en Baviera en la República Federal Alemana, y es donde por primera vez pude viajar y hacer lo que quería”, afirmó.

Esta nota fue publicada originalmente en 2015 con motivo del 26 aniversario de la Caída del Muro de Berlín]]>