Opinión | El péndulo latinoamericano oscila de nuevo

El profesor y politólogo chileno Fernando Mires explicó en un reciente tuit que “en América Latina no hay giro ni a la izquierda ni hacia la derecha. Hay países donde a veces gana la izquierda y hay países donde a veces gana la derecha. Y eso es lo más normal que le puede suceder a los países”.

Ciertamente, la democracia pierde su esencia, si no permite la alternabilidad en el poder, es decir, un cambio pacífico de líderes y partidos políticos en el poder, en donde se respete la voluntad de las mayorías.

Ante un proyecto político que en su ejecución no rindió frutos, lo más normal y deseable es que pueda surgir una alternativa que busque alcanzar mejores resultados para la población, mayor gobernabilidad y mayor capacidad para atender sus demandas internas, que en Latinoamérica, en muchos casos, engloba las necesidades mas básicas: alimentación, educación, seguridad o salud, entre otras.

El problema de lo que ocurre en la región con los resultados de los recientes eventos electorales y las protestas populares no tiene nada que ver ni con propuestas alternativas que presenten una mejor sintonización con las necesidades de la población, ni con políticos que representen un verdadero cambio que prometa una esperanza para la población de que se adelantarán reformas realistas y adecuadas para mejorar sus condiciones de vida e incrementar las oportunidades para sus países en un mundo más globalizado, más competitivo y más exigente de difíciles retos.

El péndulo político latinoamericano sigue oscilando irreflexivamente por las arenas movedizas de los extremos. En otros tiempos, por las regiones del militarismo y las nuevas olas democráticas. Ahora, por los proyectos cuasi excluyentes de derecha e izquierda, de autoritarismo, populismo y demagogia versus construcción de democracias y economías “saludables”, solo por adjetivar lo opuesto: naciones enfermas que insisten en tomar medicinas no aptas para curar enfermedades.

Argentina elige presidente a un lugarteniente de una de las parejas más corruptas de la historia contemporánea del Cono Sur, y como vicepresidenta a una expresidenta con mas de una docena de casos judiciales abiertos en su contra (y contra su familia) por delitos de todo tipo, englobados principalmente bajo la etiqueta de corrupción. Sumado a que durante su mandato demostró una eficiencia insuperable para destruir a un hermoso país.

Bolivia elige un presidente para un cuarto mandato después que los ciudadanos rechazaron hacer una reforma a la constitución para eliminar el limite de dos mandatos y el Tribunal Supremo Electoral de Bolivia determinara, basado en un fallo de 2017 del Tribunal Constitucional boliviano, que el derecho a la reelección indefinida está por encima de la constitución boliviana. Cosa de los dioses, cosas de Viracocha y Pachamac, ya que el estado boliviano se refundó en 2009 y hubo un reinicio histórico.

Inevitablemente vienen a mi memoria las palabras de Bolívar, quien le dio el nombre a ese país: “Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él a mandarlo, de donde se originan la usurpación y la tiranía”.

En Perú, el presidente Vizcarra decidió el 30 de septiembre de 2019 disolver el Congreso bajo su interpretación de que éste negó “fácticamente” la confianza planteada por el presidente del Consejo de Ministros a nombre del gabinete. Lo escribo y da escalofrío.

Ecuador y Chile han estado sometidas a protestas contra sus gobiernos por no seguir subsidiando lo que no están en capacidad de subsidiar más sin comprometer las finanzas públicas y la viabilidad presupuestaria a futuro.

Que difícil ha sido para nuestros países focalizarse un poco el camino hacia donde deben dirigirse. Ayudar a que el péndulo se deshaga de las costuras de los apretados trajes de la derecha e izquierda, y poner el empeño en la búsqueda de todo aquello que sea pragmático, para alinearlos con los claros retos que definen la agenda futura del mundo.

¿Cuáles son esos retos?

Elevar los niveles de competitividad de nuestras naciones; hacerlas atractivas para recibir inversiones extranjeras y evitar que las nacionales huyan despavoridas hacia otras latitudes; mejorar la infraestructura para hacer negocios y para proveer de servicios a las poblaciones; aumentar el comercio, la producción agrícola, industrial y el comercio de servicios; fortalecer las instituciones, la separación de poderes, la inversión en educación, en ciencia y tecnología.

Del cumplimiento de varios estos retos partirían las bases y la mínima infraestructura para asegurar que en 2030 se logren cumplir medianamente algunos de los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible propuestos por las Naciones Unidas.

¿Como lograrlo?

Difícil. Requiere un esfuerzo pragmático, un pacto contra la estupidez política, contra la insensatez, contra la mentira y la manipulación. Solo sé que la izquierda populista y el autoritarismo han sido muy eficientes en lograr lo contrario: el subdesarrollo insostenible.