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Opinión | Nuestro pequeño y amenazado espacio de finitud

Estoy casi seguro de que saldremos de esta pandemia, y que el mundo será un poco distinto cuando la marea baje. Aprenderemos muchas lecciones que tendremos que aplicar para mejorar los sistemas de salud pública y de otro tipo

Pocas veces nos detenemos a pensar lo milagrosa que es la existencia humana. Vivimos en un universo que tiene 13.800 millones de años de existencia. Quizás fue el primero, quizás es uno mas entre infinitos universos. Nuestro universo visible tiene un billón de galaxias, de la cual una de ellas, la Vía Láctea, tiene una estrella, entre miles de millones más, que llamamos Sol, rodeada de varios planetas, uno de ellos la Tierra, que después de miles de millones de años desarrolló una raza, la humana, que hace este tipo de reflexiones.

El universo es tan vasto que cada segundo nacen mil nuevos sistemas solares, con sus respectivos planetas, quizás algunos con vida, pero solo conocemos la nuestra.

La vida en la tierra es un milagro, porque sea cual sea la creencia que usted albergue sobre el origen de la humanidad (ya sea cercana al creacionismo o a él evolucionismo), tardó miles de millones de años para llegar al estadio actual. Si no fuimos creados por un acto milagroso de un creador, el universo tardó 13.800 millones de años en desarrollar una vida inteligente (o mejor dicho, no tan inteligente), la nuestra (a menos que el universo este rebosante de más vida, pero nosotros todavía no lo sabemos). Si fuéramos los únicos, lo que nos dio una oportunidad fue la vastedad del tiempo. Algo así como si usted viviera 13.800 millones de años y jugara la lotería, tendría chance en algún momento de ganar el billete premiado.

Vivir implica el riesgo permanente de morir. Eso también esd aplicable a la humanidad. En 1980, el gran divulgador científico ruso-estadounidense Isaac Asimov escribió un libro fabuloso: “Las Amenazas de Nuestro Mundo”. En esa obra, Asimov agrupaba todo los tipos de catástrofes que pudieran poner en peligro la existencia de la humanidad.

Asimov clasificó las amenazas de catástrofe en cinco clases, que muy resumidamente comprenden:

Catástrofes de Primera Clase: I. El Día del Juicio II. El Aumento de la Entropía. III. El Cierre del Universo. IV. El Hundimiento de las Estrellas.

Catástrofes de Segunda Clase: I. Colisiones con el Sol. II. La Muerte del Sol.

Catástrofes de Tercera Clase: I. El Bombardeo de la Tierra (objetos extraterrestres). II. El Retraso de la Tierra. III. El Desplazamiento de la Corteza Terrestre. IV. Los Cambios del Tiempo. V. La Eliminación del Magnetismo.

Catástrofes de Cuarta Clase: I. La Lucha por la Vida. II. El Conflicto de la Inteligencia

Catástrofes de Quinta Clase: El Agotamiento de los Recursos. II Los Peligros de la Victoria (población, educación, tecnología, etc).

La amenaza del coronavirus entra en la categoría de catástrofes de cuarta clase, específicamente en la lucha por la vida, que comprende las subcategorías de: grandes animales, animales pequeños, enfermedades infecciosas, microorganismos y nuevas enfermedades.

El mundo recuerda especialmente, entre muchas, dos grandes epidemias que pusieron en peligro a la humanidad. La peste negra o bubónica en 1346, que cobró 34 millones de víctimas; y la llamada gripe española, que ocurrió entre1 918-1919 y mató aproximadamente a 35 millones de personas.

La mayor interconexión de está etapa de la globalización ha incidido en la rápida propagación del virus (incremento de la velocidad del transporte), pero también esa mayor interconexión ha permitido informar en tiempo real a la mayoría de los habitantes del mundo, sobre qué hacer para evitar una mayor propagación de la pandemia.

Estoy casi seguro de que saldremos de esta pandemia, y que el mundo será un poco distinto después de que la marea baje. Aprenderemos muchas lecciones que tendremos que aplicar para mejorar los sistemas de salud pública y de otro tipo.

Seremos más conscientes de lo interconectada que está la economía mundial, pero sobre todo de nuestras fragilidades como raza humana. No estamos exentos de nada. No podemos dar nada por descontado. Por eso mismo pienso que una manera de reafirmarse como ser humano en esta coyuntura es perdonar, abrazar, aunque sea virtualmente a tus seres queridos, y a los que no los son tanto.