Opinión | Retrodecer nunca, rendirse jamás

El periodista, el verdadero periodista, el periodista que vive para las noticias, NUNCA va a retroceder ante el peligro y JAMÁS va a rendirse | por Alexis Rosas

El 19 de diciembre de 1982 ocurrió una de las peores tragedias de Venezuela.

Ese día estallaron dos gigantescos tanques de combustible de la planta termoeléctrica de la Electricidad de Caracas, en Tacoa, departamento Vargas del entonces Distrito Federal. Murieron casi doscientas personas del litoral central, bomberos y representantes de los medios de comunicación social que estaban cubriendo el suceso.

Allí murió mi camarógrafo en RCTV, José Machado, y periodistas como nuestra ex compañera de estudios Mariadela Russa, Carlos Moros, Román Rosales y otros.

Nuestro amigo del alma, Arnoldo Perozo, estrella de NotiRumbos, se salvó por un pelo cuando el segundo tanque estalló. «Vi morir a Mariadela -me dijo, con la tristeza colgando en sus ojos vedes saltones-. Iba subiendo el cerro cuando estalló el tanque y todo se volvió negro por el humo». Nueve meses después, la depresión lo mató porque cuando estamos deprimidos se nos bajan la defensas y en ese momento a Arnoldo se le desarrolló un cáncer que lo devoró con rapidez.

Fue duro e impactante este inesperado suceso para todos nosotros. Más de cincuenta bomberos también murieron en la tragedia, y Catia La Mar, la ciudad directamente afectada, se sumió en la tristeza profunda donde caes cuando has perdido algo muy amado.

Meses después, se produjo en Caracas un incendio de grandes dimensiones, en la sede del organismo coordinador de los Juegos Panamericanos que, en agosto de 1983, se habían realizado en la capital. A alguien se le ocurrió la idea nada descabellada (por aquello de ‘piensa mal y acertarás’ ) de que el siniestro había sido provocado para eliminar las pruebas de la corrupción en la organización del evento. Cosa que nunca se comprobó porque antes, como ahora, la corrupción es el manto sagrado de los delincuentes de cuello blanco que controlan a la policía, la fiscalía y los tribunales para garantizarse la impunidad.

Como fuera, durante la cobertura de este suceso, uno de los camarógrafos de RCTV que estaba conmigo subió a la escalera de los bomberos para hacer tomas en el ojo del incendio, tan cerca que parecía que en cualquier momento las llamas lo iban a engullir y lo desaparecerían para siempre.

-¡Baje de ahí, baje de ahí!,  le gritó alguien desaforadamente-. ¿Está loco? ¡Carajo! ¿No recuerda Tacoa?
Lo vi tan desesperado que me le acerqué y le dije:

-¡Déjelo quieto, señor! El día que un periodista tenga que cubrir un incendio a tres cuadras de distancia para preservar su vida, la muerte de nuestros compañeros en Tacoa habrá sido en vano.

El tipo me miró de arriba abajo, como quien mira a un extraterrestre, puso cara de conmiseración, hizo un gesto de abandono con la mano y dijo: «¡Ustedes están locos!», y se marchó apresuradamente, dejando atrás aquel maremágnum de sirenas, mangueras de bomberos y gente corriendo de un lado a otro.

Sin embargo, las palabras de aquel hombre me hicieron reflexionar un tiempo.

Razones no le faltaban. No hacía mucho habíamos sufrido una tragedia que nos había calado hondo en el alma. Habíamos llorado en las salas de Redacción abrazados, apoyándonos unos a otros ante la desgracia. Habíamos enterrado lo poco que había quedado de nuestros compañeros, de los bomberos y de otras personas víctimas de la violencia de la explosión y del fuego devastador, algunas desintegradas por completo… Ahora nos habíamos expuesto nuevamente a la furia de los elementos, como orates sin sentido del peligro, obviando el hecho de que teníamos hijos de pocos años que nos necesitaban para levantarse y echar a andar por el mundo que apenas estaban viendo.

Pero siempre que lo he pensado, he llegado a la misma conclusión: el periodista, el verdadero periodista, el periodista que vive para las noticias, NUNCA va a retroceder ante el peligro y JAMÁS va a rendirse.

Ocurrió antes y ocurre ahora cuando los reporteros son golpeados a mansalva por delincuentes disfrazados de «dirigentes políticos», que la emprenden contra ellos para impedirles que transmitan la verdad de lo que está ocurriendo.

Lo vergonzoso es que las órdenes de agresión parten de los mismos tipos que antes se iban a las oficinas de prensa a implorar una entrevista que nunca les fue negada, o que, estando presos, pedían ante los medios por sus derechos constitucionales, derechos que ahora pisotean cuando les viene en gana.

Peor todavía cuando mandan a mujeres a consumar la agresión, porque saben que los periodistas no tenemos corazón para golpear a una dama, por muy poca dama que esta sea.

Así las cosas, es hora de que sepan que la historia del periodismo venezolano está escrita con tinta de sacrificios y de valentía.

No pierdan su tiempo. Ante la agresión, no retrocederemos; antes, por el contrario, los golpes nos impulsan a seguir adelante en honor a los que, como en Tacoa, quedaron atrás.

Y al mismo tiempo deberían saber que cuando se les agoten las mieles del poder, ahí tendrán a los periodistas para asegurarles sus derechos. Porque el periodismo, por muy agredido que sea, nunca tendrá ánimo de venganza. Si lo tuviera, dejaría de ser el único vínculo que existe para que el ciudadano tenga en sus manos la verdad.

¡Qué vaina!, ¿no?