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OPINIÓN|Dejar hacer, dejar pasar: el mejor legado del socialismo del Siglo XXI

Laissez faire, laissez passer expresión de origen francés que literalmente traducida significa "dejar hacer, dejar pasar", identifica una doctrina económica basada en la proposición de que el funcionamiento de la economía debe dejarse al libre juego de la oferta y la demanda, evitando la intervención del Estado o de cualquier autoridad

Quizás, si se mantiene, el laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar) venezolano constituya el mejor legado del socialismo del Siglo XXI, no por diseño, por supuesto, sino por defecto.

Es lo que ahora está ocurriendo con la economía venezolana. Cierto “dejar hacer y dejar pasar” con respecto a los precios y a la dolarización de facto, que ha impuesto la gente mediante sus decisiones individuales y espontáneas ante la pérdida de valor y confianza del bolívar, sumadas a las necesidades de pago.

Un resultado de ello ha sido un mayor abastecimiento que, al menos en el mes de agosto pasado, redujo la escasez a solo tres de los 60 productos de la Canasta Alimentaria (5%), uno de los niveles más bajos desde el año 2007.

El mercado y la aparición de otras monedas

Esos dos resquicios de libertad o de cierta permisividad en los precios y la actividad cambiaria han estimulado el mercado como mecanismo de coordinación social, dando lugar a la aparición de nuevos establecimientos, como los bodegones, más mercados locales tipo ferias, pequeños locales de venta de queso, frutas y alimentos, ofreciendo nuevos productos en nuevos formatos, cantidades y presentaciones, de acuerdo con la demanda y la capacidad adquisitiva.

En fin, demostrando que si se deja actuar al mercado y a la libre oferta y la demanda, la economía funciona mejor que guiada por la mano visible del Estado.

Por primera vez en un siglo, los ciudadanos venezolanos no dependen del gobierno para obtener los dólares o las divisas que necesitan, puesto que el ingreso de dólares ha disminuido sustancialmente debido al colapso de la industria petrolera controlada por el gobierno, por un lado; y, por el otro, como consecuencia de las restricciones internacionales para las transacciones  en la divisa estadounidense.

El hecho concreto e importante a destacar es que ya el gobierno ni recibe ni administra divisas en suficiente cuantía para distribuir a su real saber y entender. Ahora cada ciudadano resuelve como puede, cuando necesita pagar en dólares o en euros. Ni Recadi ni Cadivi ni Cencoex. Dólares para repartir no hay. Hay que producirlos.

Por lo tanto, tampoco luce factible que el gobierno pueda seguir financiando el gasto público con los ingresos petroleros, al menos no en las magnitudes requeridas para el funcionamiento del extenso y pesado aparato del Estado y la ejecución de las políticas populistas. Solo le queda, y no es poca cosa, emitir dinero sin respaldo, desde el Banco Central de Venezuela, como lo ha hecho, pero eso también tiene límites, como los que impone la hiperinflación, ya reconocida por el gobierno.

Es por ello que el gobierno nacional y las alcaldías han incrementado las cargas tributarias y la frecuencia de cobro, para poder financiar sus actividades.

Impuestos, desarrollo y crecimiento

De continuar esta situación, el Estado dependerá cada vez más de los impuestos que paguen los ciudadanos y no al revés: que los ciudadanos dependan del Estado; preocupación fundamentada de economistas, políticos y estadistas, como el profesor Asdrúbal Baptista:

«El desarrollo social, en efecto, para el momento cuando aparece en escena la renta petrolera del Estado, era muy débil. En la conformación de tal situación, como se dijo arriba, jugó su papel determinante la propia herencia colonial. Pero, a su vez, la fortaleza relativa del Estado, que sin duda la tenía, no reposaba sobre su capacidad económica, que también era exigua. En todo caso, la emergencia del petróleo va a permitirle al Estado disfrutar de una posición privilegiada. En ella concurrirán, de una parte, su natural poder político, con toda la tradición decimonónica detrás; y de la otra, la novedad de su poder económico autónomo, de incomparables capacidades frente a lo magro de los recursos privados.

El signo del Estado, pues, no será sólo su independencia respecto de la sociedad. Su verdadero signo, antes bien, es la subordinación a la que se halla sujeta la sociedad. El Estado puede asumir, y en efecto así lo hizo y lo hace, el papel de gran dispensador de recursos. En tal sentido distribuye más que redistribuye; otorga y reparte sin contrapartida. Eso le asegura una preeminencia que no se apoya únicamente en el poder político, ni tampoco en la fuerza bruta o en la violencia abierta.

Esa preeminencia, además y de manera decisiva, impide naturalmente la existencia de ciudadanos, de ciudadanos que se saben aptos y dotados para exigir y demandar por el elemental hecho de que sobre sus hombros se apoya la vida material del Estado. En su lugar, más bien, toman cuerpo formas de vasallaje y dominio que no pueden ocultar su franco anacronismo

Llevamos cinco meses sobreviviendo sin ajustes nominales al salario mínimo, lo que ha llevado a empresas y centros de trabajo del sector privado e incluso del sector público a prescindir de los anuncios presidenciales y a pagar remuneraciones y bonos adicionales, para mantener y retener el personal indispensable, que aún permanece en el país.

Independientemente del monto del salario mínimo -en un mínimo de dos dólares mensuales, por cierto, mientras que se necesitan 300 dólares para pagar la canasta alimentaria y 600 dólares para la canasta básica, que incluye alimentos y seis rubros más para una familia, no obstante que el ingreso familiar, en el mejor de los casos, es de 20 dólares. En el mejor de los casos.

¿No será, por cierto, este un momento oportuno para reflexionar sobre el papel del salario mínimo, que no debe ser el marcador del salario promedio nacional, como ha sido durante estos 20 años de socialismo? Y que sea solo una referencia como lo fue durante 25 años, de los 45 que tiene de haber sido decretado por el presidente Carlos Andrés Pérez, en 1974. Lo cierto es que en estos meses hemos sobrevivido sin los ajustes nominales al salario mínimo.

Los jubilados, sus pensiones y las tres R

La peor parte de este colapso del poder adquisitivo la sufrimos los pensionados, puesto que al no aumentarse el salario mínimo, el poder de compra de las pensiones, 40.000 bolívares, es de apenas 0,7% respecto del precio de la Canasta Alimentaria Familiar de agosto, disminuyendo hasta los dos dólares mensuales o menos, dependiendo del tipo de cambio que se utilice para el cálculo.

Tanto a los trabajadores activos como a los pensionados, esta situación que estamos viviendo debería llevarnos a considerar hacia el futuro que no podemos depender exclusivamente de las pensiones que determina y financia el gobierno, porque ocurre lo que actualmente estamos padeciendo: percibir una pensión de vejez equivalente a dos dólares o menos y una pensión por jubilación que, sumadas, son ocho o diez dólares en promedio, para quienes tienen los dos tipos de pensiones.

Es el momento de pensar en fondos de pensiones complementarios, privados, respaldados por activos y monedas fuertes, bien administrados, con la vigilancia y la contraloría de los trabajadores, que nos permitan contar con un monto adicional a las pensiones otorgadas por el gobierno, financiadas principalmente con recursos fiscales.

Los venezolanos hemos tenido que aprender a reciclar, reutilizar y reparar, como en épocas de posguerra aprendieron otros pueblos, ante las precarias condiciones de vida que tenemos, similares en daños y destrucción a aquellas tragedias.

Comprarse un par de zapatos, por ejemplo, exige disponer de un monto de dinero que la mayoría no tiene, por lo que los zapatos se reparan en casa o en una zapatería, si alcanza para ello. O se tejen, aprovechando la suela de los que no pueden repararse.

Lo mismo ocurre con la ropa que usamos, los artefactos eléctricos y los utensilios para el uso cotidiano en el hogar: se reparan, se reutilizan, se reciclan o se venden, cuando es posible. 

Ya no se botan las cosas como se hacía antes. La necesidad nos obliga a tratar los aparatos con más cuidado y a ingeniarnos cómo sustituir los que no se pueden reparar o a prescindir de ellos en nuestra vida cotidiana.

Cuando pase esta etapa histórica –que pasará-, se registrarán y conocerán en distintos medios y formatos, los estragos que ha causado el colapso de Venezuela en la gente, el rostro humano de la crisis. Seguramente reiremos y lloraremos con cada historia.

Así somos. Confirmando, al final, que el socialismo es el camino más largo para llegar al capitalismo.

Esa “jurista” del horror contra Luis Pérez

La columnista Carolina Jaimes Branger expresa en su artículo de opinión de esta semana su dolor por el atropello del que es víctima un joven venezolano preso en El Tocuyo por protestar contra el gobierno golpeando cacerolas. Se llama Luis Pérez y sufre síndrome de Down.

Alí Rondón, el buen malandro

Venezolano, hoy radicado en México, Alí Rondón es actor de teatro, cine y televisión. Y cantante también. Desde que participó en “Hermanos”, de Marcel Rasquin, ha seguido explotando la faceta del tipo matón: en “Narcos México” y en “El señor de los cielos”. También lo hemos visto en “Pelo malo” y “Desde allá”. Y mientras pasa su cuarenta sopesando proyectos tuvo esta conversación sobre fútbol y actuación. O viceversa