Para nunca olvidar

Callar las injusticias no es una opción, escribe Carolina Jaimes-Branger: no que no debe caer en el olvido hay que contarlo una y otra vez. Y arte también es testimonio

Para nunca olvidar

En el Museo del Holocausto de Houston hay dos exposiciones que valen la pena resaltar e invitar a que visiten su página web: la primera, “LatinX Art en tiempos de conflicto”, curada por la mexicana Gabriela Magana y la venezolana Rosa Ana Orlando, convocó a un centenar de artistas que usaron sus obras para relatar, protestar, llamar la atención y por encima de todo, documentar, temas que abarcaron desde las violaciones a los derechos humanos, la tortura, los roles de género, la frontera, la experiencia queer, la violencia doméstica, los problemas ambientales, la experiencia del inmigrante, la religión, hasta la resiliencia. Estrujante, por decir lo menos. Por cierto, hay dos obras que representan al Helicoide en la exposición, de dos venezolanas radicadas en Houston: la de Carolina Amat, donde una guacamaya roja, azul y verde “rescata” a la infame sede del Sebin. La otra es de Violette Bule, una poderosa pieza en madera que representa al Helicoide invertido, con videos en la pared que narran diferentes momentos de su historia.

Otra obra de Bule, REQUIEM200, es una estructura de madera pintada en negro, que evoca el mapa de Venezuela, pinchado por códigos QR. Cuando el espectador los escanea a través de la aplicación diseñada por Bule, aparecen los detalles de las más de 200 muertes ocurridas durante las protestas contra el régimen de Nicolás Maduro entre febrero de 2014 y febrero de 2017: una foto de la víctima, el lugar específico donde falleció la persona, su número de cédula y la forma en que fueron asesinados. Absolutamente gráfico y descriptivo, además de ser una condena lapidaria.

La otra exposición es la de los diarios de las guerras. Abarcan un periodo de más de 75 años, y fueron escritos por jóvenes desde 11 hasta 20 años, de Europa, América Latina y el Medio Oriente. Recoge los testimonios de esos jóvenes, que usaron ese instrumento para conversar con ellos mismos, desahogar sus miedos y frustraciones, alentar sus ilusiones, reivindicar sus identidades y también para dejar un testimonio de lo que estaba sucediendo. Todos lograron comunicar eventos significativos, importantes y esenciales en sus vidas. Del más famoso de todos los diarios, el de Anna Frank, hay un facsímil donde ella pegó una foto suya y escribió al lado: “Ésta es una foto de cómo me gustaría verme todo el tiempo. Entonces quizá tendría una oportunidad de ir a Hollywood”.

Otro diario, el de Alice Ehrmann de 17 años, presa en el campo de Theresienstadt, fue escrito en alemán, pero con caracteres hebreos para que los nazis no pudieran descifrarlo: “Intentaré, lo mejor que pueda, dejar un testimonio por escrito para que esto logre sobrevivirme. Eso es lo que ocupa mis pensamientos… para no decir… tenía diecisiete años y fue apagada antes de que su vida pudiera comenzar. No, sino para decir al mundo y al tiempo lo que se logró aquí; para leerles un capítulo de la diáspora de 1944”.

Un adolescente anónimo, del gueto de Lodz, en Polonia, escribe su diario en 1944, ante la falta de cuadernos, en los márgenes de un libro. Hay un pasaje que produce escalofrío: “Dios parece habernos abandonado totalmente y dejado completamente a la merced de desalmados sin corazón. Dios todopoderoso, ¿cómo puedes, frente a horrores inauditos (para hablar en lenguaje moderno) mantener una neutralidad tan resoluta?”.

Peter Feigl tenía 13 años cuando empezó a escribir los dos volúmenes que resultaron ser su diario, el día en que sus padres fueron apresados por los nazis. Peter estaba escondido en Francia con unos cuáqueros estadounidenses y luego huyó a Suiza milagrosamente, en medio de una balacera. En la exposición aparece el facsímil de una página donde pegó dos fotos de sus padres. Después de la guerra fue cuando supo que ambos habían sido asesinados en Auschwitz-Birkenau.

Felicitas Wolfova del Protectorado de Bohemia y Moravia rescató en 1945 el diario de su hermano Otto, quien fue apresado por los nazis, y lo terminó de escribir, narrando los terribles últimos días de la guerra.

Hay diarios más recientes. El de la bosnia Nadja Haloilbegovich se convirtió en un blog: “Comencé a escribir mi blog para contarle a la gente lo que está sucediendo en esta guerra. He estado escribiendo mi diario en un pequeño cuaderno desde que tenía doce años, así es que estoy acostumbrada a escribir sobre mi vida. Fue una forma de traducir mi ira a palabras”.

Finalmente, un librito hecho en forma de flor cuyos pétalos son corazones, resultó ser una tarjeta de cumpleaños para Fania Landau de parte de sus diecinueve amigas, quienes corrieron un riesgo enorme, pero cuya solidaridad y amistad fue mayor que el peligro por el que pasaron.

Quiero terminar refiriéndome a una novela basada en hechos reales, escrita por la venezolana Liz Prieto, “Mi conuco se queda solo: historias silenciadas de venezolanos”, donde narra seis historias de diferentes diásporas, para aportar en la documentación de nuestra tragedia.

Las injusticias hay que documentarlas. Callarse no es una opción. Hay hechos que nunca deben olvidarse y para ello, hay que contarlos una y otra vez. El tiempo que nos han robado no se puede recuperar. Lo sufrido no se puede borrar. Los muertos no van a resucitar. Por eso los vivos tenemos que hablar.

Los juegos olímpicos más allá del deporte

Maduro, en medio de la ola de triunfos en los juegos olímpicos, presiona, chantajea e intenta controlar el discurso del triunfo de nuestros deportistas para hacerlo suyo; para tratar de vender la idea de que estos jóvenes triunfaron porque el Estado venezolano los apoyo. Nada más lejos de la realidad