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Perón, 1973: “Chicho’ Allende estaba advertido”

El pragmatismo del general Juan Domingo Perón en su tercera presidencia (1973-74) lo llevó a desconocer las alianzas con sectores de izquierda. El justicialismo ya no era un movimiento contestatario, desafiante y revolucionario, sino conservador del sistema político que antes adversó. El analista Luis Fidhel ve en este hecho una lección que arroja luces sobre los cambios políticos, para comprender la realidad latinoamericana del siglo XXI, incluida la venezolana

Perón, 1973: “Chicho’ Allende estaba advertido”

Con la renuncia de Héctor Cámpora como presidente de Argentina y del vicepresidente Jorge Solano Lima (25 de mayo-13 de julio, 1973), más la nueva convocatoria a elecciones, se reivindicaba la tesis que se devolvería el “derecho a elegir” a los argentinos y se restituiría la “democracia política” interrumpida en 1955, con el derrocamiento del general Juan Domingo Perón por la denominada Revolución Libertadora.

La postulación de Perón, quien estaba inhabilitado para el proceso electoral de marzo de 1973, en el que resultó elegido Cámpora, fue el punto de coincidencia o convergencia de tendencias tanto de izquierda como de derecha, que se opusieron a los gobiernos militares de la denomina Revolución Argentina: Juan Carlos Onganía (1966-1970), Roberto Levingston (1970-1971) y Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973). Se conformaría así un gobierno provisional presidido por Raúl Alberto Lastiri.

Tercera presidencia de Perón

El general Perón tenía prácticamente asegurada la presidencia por tercera ocasión. Contaba con la nostalgia y la simpatía mayoritaria de las masas. Debía debatirse entre fuerzas antagónicas extremas: la derecha, que sería el sector identificado con su secretario privado, José López Rega; incluso el sector sindical, con José Ricci, presidente de la poderosísima Confederación General de Trabajadores de la Argentina (CGT). Ricci postulaba, bajo los gobiernos militares, el regreso de Perón.

La izquierda se identificaba con el Frente de Izquierda Popular y la organización guerrillera Montoneros, entre otras agrupaciones. Cada sector interpretaba a su conveniencia su lealtad a Perón y desarrollaba un protagonismo excluyente del otro.

Justicialismo de izquierda

El derrocamiento de Perón -19 de septiembre de 1955- y su posterior exilio por 18 años, es decir, hasta 1973, hizo que el movimiento peronista o justicialista, sin la rectoría y jefatura del general, dejase de ser monolítico o compacto, como lo fue en las presidencias de este (1946-1955). Surgen entonces tendencias que van desde la extrema izquierda a la derecha. La figura de Perón en el exilio se hizo nostálgica y referencial, ajena a la dinámica del justicialismo en la propia Argentina.

Superar la condición populista

Los sectores de izquierda exigían al justicialismo, como movimiento de masas organizado y con base en la figura de Perón, superar su “condición populista” para acoger inexorablemente los postulados del socialismo. La “revolución” prometida por la retórica peronista no podía sustituirse por “tibias reformas” ni ser reemplazada por una contrarrevolución urdida por su entorno.

Se reconocía a Perón como el jefe de un movimiento de masas de naturaleza y contenido social, de carácter antioligárquico y antiimperialista. Se justificó el apoyo a su candidatura para las elecciones de septiembre de 1973. La izquierda reiteraba que la crisis tenía en el socialismo la única salida a la crisis, entendida esta como el manejo democrático y solidario de la economía por los propios trabajadores manuales e intelectuales.

Diagnóstico

El papel que deberían desempeñar los sectores socialistas en un país dependiente y sometido a la oligarquía y al imperialismo, como Argentina, consistía en apoyar a un movimiento “popular  mayoritario” en la lucha contra el statu quo. Debían actuar como “ala izquierda” de ese movimiento y propiciar, de esa forma, las condiciones para decisivos avances hacia la reorganización socialista del país.

El socialismo no podía constituirse al margen de la voluntad de las mayorías y de la experiencia de masas. No había “murallas chinas” que separasen las tareas nacionales y democráticas que postulaba el peronismo y las tareas de avanzada y de corte socialista.

La izquierda denunciaba a los sectores burgueses y burocráticos, que gravitaban en la conducción política y sindical del peronismo y que capitularon ante la dictadura militar. Llamaba a organizarse “desde abajo” para combatirlos e instar al general Perón a asumir su responsabilidad decisiva e ineludible. La estrategia electoral tuvo un lema: “Votar por Perón desde la izquierda”.

Montoneros

Fueron una organización guerrillera argentina surgida en la década de los setenta, durante la dictadura militar de la Revolución Argentina. Declaraba que su objetivo era luchar contra la dictadura gobernante, por el retorno de Perón al país, la convocatoria a elecciones libres y sin proscripciones y el establecimiento de un socialismo nacional, al que consideraban una evolución natural del peronismo, conjugando un Estado socialista con las características propias de la cultura argentina y latinoamericana.

El 29 de mayo de 1970 secuestraron, efectuaron un juicio revolucionario y ejecutaron al general  Pedro Eugenio Aramburu, quien fuese uno de los líderes de la Revolución Libertadora que en 1955 derrocó al gobierno constitucional de Perón.

Destacaron en un principio las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) una organización política y guerrilla urbana  creada en 1968. Asesinó a ejecutivos de compañías automotrices de propiedad extranjera y atacó instalaciones de empresas estadounidenses, francesas y otras con representación en Argentina.

Presidencia de Cámpora

El 25 de mayo de 1973 asumió la presidencia Héctor Cámpora. En la ceremonia de asunción estuvieron el presidente socialista de Chile, Salvador Allende; y el de Cuba, Osvaldo Dorticós Torrado. Fueron liberados los combatientes guerrilleros y en los días inmediatos los legisladores, por unanimidad, dictaron una amnistía para los liberados y derogaron la legislación represiva y los llamados tribunales especiales.

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El pacto social

Con la intención de sosegar el convulsionado escenario agitación que se vivía, se buscó la adopción de mecanismos para atenuar tal situación. El principal instrumento creado por Perón para frenar y encauzar la conflictividad laboral fue el Pacto Social, promulgado en junio de 1973. Fue puesto en ejecución durante la presidencia de Cámpora y se extendió a las gestiones de gobierno de Lastiri y de Perón.

Fue suscrito por José Rucci (en representación de la CGT), Julio Broner (de la Confederación General Económica) y por el Ministro de Economía, José Gelbard. Este último, pese a ser un seguidor de Perón, se identificaba con el empresariado. Si bien su enunciado apuntaba a crear un marco de estabilidad económica, los partidos de izquierda lo consideraron un nuevo “pacto de dominación”.

La exigencia era que los enfrentamientos sociales debían enmarcarse dentro de los límites establecidos por el gobierno, en armonía con los sectores suscribientes, frente al desafío de la insurgencia en las bases obreras y la crisis del sistema de representación política.

Según la izquierda, se buscaba terminar con los reclamos de los trabajadores, a la vez que se intentaba restaurar el menguado poder de la “burocracia sindical” de la CGT. Perón, ante las dificultades para su aplicación, implementó –de forma simultánea– un conjunto de instrumentos de distinto orden para frenar el crecimiento de la izquierda y las “posiciones de clase” dentro del movimiento obrero.

La infiltración marxista

El impacto que comenzó a ejercer la Revolución Cubana a partir de 1959 fue consolidando una corriente de izquierda dentro del justicialismo, que trajo como consecuencia la reactualización del discurso anticomunista por parte sectores de la derecha. Se denunciaba la infiltración marxista en el peronismo, al tiempo que se negaba la existencia de una “izquierda nacional”. Finalmente, el discurso anticomunista cobró plena vigencia en los años setenta, con la vuelta del justicialismo al poder. En esa coyuntura, el enfrentamiento entre la izquierda y la derecha peronistas se expresó de manera violenta.

Masacre de Ezeiza

El episodio ocurre al regreso y recibimiento de Perón, tras un exilio de 18 años, en el aeropuerto de  Ezeiza (Buenos Aires), el 20 de junio de 1973. Se produjo una movilización multitudinaria, calculada en aproximadamente un millón de personas. Se suscita un enfrentamiento con disparos de armas largas entre facciones de extrema derecha e izquierda del peronismo. Fueron reportadas 13 muertes.

Derrocamiento de Allende

El golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende se produjo el 11 de septiembre de 1973, a pocos días de realizarse las elecciones generales en Argentina (26 de ese mismo mes), en las que Perón fue elegido presidente de la república argentina.

Ante representantes de la Juventud Peronista, el caudillo expresó: “Los consejos que le di a Allende no los ha cumplido y así le va como le va. Pobre”. Los ingredientes de una revolución son dos. Sangre y tiempo: si se emplea mucha sangre se ahorra tiempo; y si emplea mucho tiempo, se ahorra sangre.

Perón veía como un error muy grande de mucha gente, “entre ellos mi amigo Salvador Allende” pretender cambiar los sistemas. El sistema es un conjunto de árbitros que forman un verdadero cuerpo; eso es el sistema, y a nadie se le ocurra cambiarlo. Entonces, lo que hay que “cambiar paulatinamente y con prudencia” son las estructuras que conforman el sistema.  El sistema no se cambia.  El sistema va a resultar cambiado cuando “las estructuras que lo conforman y desenvuelven lo hayan modificado”.

“Chicho Allende estaba advertido…”, sentenció Perón.

Asesinato de José Ignacio Rucci

El presidente de la CGT fue un activo promotor del regreso de Perón a Argentina y suscriptor del Pacto Social. El 25 de septiembre de 1973 es asesinado en Buenos Aires de varios disparos.

El  asesinato de Rucci fue interpretado como un abierto desafío a Perón. Aunque en un primer momento no se coincidió en la identidad de sus autores. Algunos apuntaban a los Montoneros; otros, al Ejército Revolucionario del Pueblo; también a la Agencia Central de Inteligencia de EE UU, presente en el golpe de Estado contra  Allende hacía apenas dos semanas. Otros sospechaban del secretario López Rega o del ministro de Economía, José Ber Gelbard.

Perón destacaría «la lealtad de Rucci» y alabó al sindicalismo, calificándolo como «la columna vertebral del movimiento». Aseveró estar al tanto de que se tenían “enemigos afuera” del justicialismo, que respondían a otros intereses. Pero sabía que existían sectores que se proclamaban “justicialistas”, pero que nada tenían que ver con el justicialismo. “Nosotros sabemos bien lo que somos; somos decididamente antimarxistas y estamos contra los dos imperialismos que quieren repartirse el mundo”.

Perón y Cuba

En esa coyuntura, Perón volvió a la tesis que lo obsesionaba: el papel decisivo que tuvo  la guerrilla chilena, con la ayuda de Cuba, en la caída de Salvador Allende. Ello terminó con la llamada «vía pacífica al socialismo». De forma precisa, así lo destacó el embajador estadounidense en Argentina, John Davis Lodge, en un cable confidencial a su gobierno.

En entrevista concedida por Perón al diario Il giornale d´Italia,  advirtió a Cuba que en Argentina no tratara de “jugar el juego”  hecho en Chile, porque ello resultaría en violencia. Si las guerrillas insistían, podrían precipitar eventos similares. Los eventos en Chile fueron responsabilidad de las guerrillas y no de los militares.

Lodge sostuvo que Perón atribuyó la caída de Allende «a su sectarismo y a su tendencia a los excesos políticos”. Perón destacó que “el quiebre” en Chile había cerrado la única válvula de escape segura de las guerrillas argentinas.

Reacción de la izquierda

El asesinato de Ricci y las declaraciones de Perón sobre la infiltración marxista en el peronismo dominaban el panorama político. Los sectores de izquierda sostenían que los únicos beneficiarios del crimen eran los enemigos de la clase obrera y del pueblo, pues reforzaban el aparato represivo del Estado y tendían a limitar las conquistas populares y sus derechos políticos.

En cuanto a los ataques a movimientos infiltrados pretendidamente marxistas, parece haber influido el aporte electoral de estos grupos, por los votos de grandes sectores de trabajadores. Eran votantes de la izquierda independiente, que quisieron reafirmar su voluntad revolucionaria sin dejar de ser peronistas y constituir una fuerza interna capaz de presionar al gobierno y obligarlo a adoptar medidas que excedían los criterios adoptados por Perón para su incipiente nueva gestión.

Ruptura con los montoneros

El 24 de enero de 1974, la Cámara de Diputados se reunió con el objeto de aprobar o rechazar un proyecto de reformas del Código Penal, que contemplaba penas aún más graves que las establecidas por  la Revolución Argentina, derogadas por los mismos legisladores. La oposición más significativa vino de la Juventud Peronista, que se autodenominaba “los soldados de Perón”. Rechazaban un proyecto de ley que llevaba la firma del general. Perón fue tajante: “A quien no le guste esto, que se vaya, debe dejar el movimiento”.

 El 1° de mayo de 1974, la Plaza de Mayo de Buenos Aires fue escenario de la ruptura definitiva entre Perón y los Montoneros, la organización política armada que había alentado cuando se encontraba en el exilio en Madrid. Los Montoneros ya no eran la “juventud maravillosa” del general; se habían convertido en “infiltrados que trabajan adentro y que, traidoramente, son más peligrosos que los que trabajan desde afuera”, expresó el líder

Los gremios sindicales gritaron consignas: “¡Ni yanquis ni marxistas, peronistas!” y ¡Perón, Evita, la patria peronista!”.

El encuentro Perón-Pinochet

Alegando una escala técnica de vuelo, se produjo el encuentro entre Augusto Pinochet, dictador de Chile, y Perón, en mayo de 1974. Ocurrió en la base aérea de Morón, Agentina. Se  condecoró a Pinochet  con la Gran Cruz de la Orden de Mayo al Mérito Militar, otorgada por la delegación argentina, encabezada por el ministro de Defensa, Adolfo M. Savino. Perón había decretado tres días de duelo por la muerte de Allende y, al mismo tiempo, incluso antes de que lo hiciese EE UU, Argentina reconoció al régimen de Pinochet.

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