¿Por qué se alzaron los presos de Uribana?

La falta de comida, humillaciones, torturas y corrupción por parte de custodios y Guardia Nacional, mantienen a los reos violentos y al borde de una nueva revuelta para retomar lo que perdieron en el año 2013: el control del penal.

¿Por qué se alzaron los presos de Uribana?

El Centro Penitenciario de Centroccidente “David Viloria” está edificado en el sector Valles de Uribana de la parroquia Tamaca, a 11 kilómetros al norte de la Avenida Libertador, una de las principales vías de Barquisimeto. El recorrido en carro hasta el penal, sin tráfico, es de apenas 29 minutos. Pero más allá de las formalidades, es conocida simplemente como la cárcel de Uribana.

En agosto del año 2013 fue objeto de reformas y remodelaciones. Se construyó una serie de torres divididas por ocho módulos, que comprendían las áreas de máxima, media y mínima seguridad, además de un espacio para primeros auxilios, cancha deportiva y hasta un teatro. Todo esto en una extensión de 5,8 hectáreas.

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Fue reinaugurado como David Viloria en homenaje al funcionario de la Guardia Nacional que fue asesinado el 25 de enero de 2013 en el operativo de desalojo tras reyertas que causaron muertes y el traslado de cientos de reclusos. La entonces presidenta del Fondo Nacional para Edificaciones Penitenciarias (Fonep), Adrilú Álvarez dijo en una entrevista reseñada el 14 de agosto de 2013 en la sitio web de Alba Ciudad que el recinto tenía capacidad para 910 presos. Hoy la población penal es de al menos 1.900 reos.

A partir de ese momento se instauró un nuevo “régimen penitenciario” que consistía en vestir a los presos con uniforme, cortarles el cabello, una visita al mes y constantes requisas para evitar armas y drogas. También se institucionalizó la distribución de comida directa y exclusivamente por el penal. Esto supuso un duro golpe para la comunidad penitenciaria, acostumbrada anteriormente a una cárcel con sus propias reglas —en su mayoría impuestas por líderes y reclusos—en las que familiares (hombres, mujeres y niños) podían pernoctar dentro de las instalaciones los días que quisieran, ingresar comida e incluso, de acuerdo a las propias personas cercanas a los presos, celebrar fiestas.  

“No criticamos algunos de los cambios. En algo mejoraron las cosas. Se acabaron las masacres, los coliseos, el control de los pranes, pero… también vinieron los maltratos, las torturas, las humillaciones, la falta de comida, la corrupción. Porque la corrupción es de los custodios y de los guardias. ¿Cómo crees que ingresan las armas y la droga?, porque todavía hay droga”, dice la hermana de un preso que lleva un año en Uribana por el delito de venta de droga. Aún no tiene condena.

Su piel está tostada por el sol y se arregla la gorra rosada que lleva cada vez que habla de su hermano. Intenta desviar la mirada y disimular las lágrimas. “Una vez que fui a visitarlo lo abracé y él gritó horrible. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que se había caído y se pegó en las costillas, cuando le levanté la camisa le vi los morados, le dije que me contara la verdad y me dijo: ‘Me molieron a palos, hermanita’. Esas cosas uno no las olvida”.

María, hermana de otro recluso, también está a las afueras del penal junto a cientos de mujeres que peregrinan y duermen en el suelo en la espera de noticias sobre sus familiares. Se cubre del sol intenso con un paño que coloca sobre su cabeza. “Las humillaciones son verbales y físicas. Imagínate que a nosotras, cuando pasamos a visita, nos abren las piernas, nos hacen agacharnos, nos hacen toser, hasta nos meten los dedos para ver si tenemos droga o armas. Se burlan de nosotras. Pero eso es para disimular porque igual adentro hay armas, granadas, y todo eso. ¿Quién se los pasa?, los custodios, mami, los custodios”.

La mujer detalla que para pasar una caja de cigarrillos, los presos deben pagar 4 mil bolívares. El ingreso de viandas con comida o de celulares cuesta 18 mil bolívares. El custodio también puede venderle un celular: “El más chimbito lo venden hasta en 40 mil bolos”.
 

La comida es el mayor problema
 
Una de las peticiones de los presos para liberar a las 18 personas que tomaron como rehenes el pasado 18 de marzo, fue que les permitieran de nuevo a los familiares el ingreso de alimentos. “Vamos a estar claros, a todos se nos está haciendo difícil ahorita conseguir comida. Si el gobierno no puede alimentar a tanto preso, que nos deje a nosotros pasarles sus arepitas, sus catalinas, su pancito, dulces. Eso no tiene nada de malo”, se le escucha a decir a la esposa de uno de los reos.

“Una arepa de fororo con mantequilla al día, un mazacote de arroz, sopa sucia, y si tienen suerte, pocas porciones de carne o pollo. Y es a la hora que les da la gana que les dan la comida”, detalla Yadira, tía de un recluso en el módulo 8 sobre lo que comen los reclusos dentro de Uribana.

Los familiares explican que esa fue la principal causa para que el ánimo de los presos se fuera caldeando hace unos meses y desencadenara la revuelta que culminó con cinco muertos y más de 20 heridos.

Para las madres, esposas, hermanas, tías e hijas, solo es cuestión de tiempo para que los reos piensen en otra forma de tomar el control del penal y poder recuperar algunos de los beneficios que tenían bajo sus propias reglas.