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Prohibido botar bebés a la basura

Hace algunos meses de manera sorpresiva y repetitiva los caraqueños nos encontramos con calcomanías con la siguiente leyenda: "Prohibido botar bebés", fueron colocados en distintos basureros o papeleras que recorrían toda la ciudad, en espacios de lujo, restaurantes y cafés de moda, también en contenedores de desechos en el oeste de la ciudad, e incluso en los muros y postes frente a la Maternidad Concepción Palacios.

Prohibido botar bebés a la basura

Como transeúnte y espectadora, supe de inmediato que se trataba de activismo desde las artes, de una forma de protesta conceptual y pacífica (de esas que no soporta la sociedad) porque desde su silencio les hace un ruido insoportable.

En mi sigilo y admiración comencé a escuchar voces pronunciarse, voces carentes de sentido y abundantes de juicios erróneos: ¡Que horror!, ¿Quién será el desalmado que hace esto? Y ¿creen que estas estupideces ayudarán en algo?, etc., etc., etc…

Incluso en varias páginas, “influencers” y personalidades atacaron desde las redes y en la comodidad de sus teclados dicha iniciativa, saltó a la palestra entonces los jueces de la moral y el deber ser…

Cavilando y buscando el por qué a mí no me hacía ruido este mensaje dejado en basureros, recordé un video que vi, tomado en la ciudad de Maracaibo, de manera clandestina, donde una mujer parada en una cola, para recibir la caja de comida, en avanzado esta de gravidez, se retira por un momento, se dirige tras un muro, lleno de basura, y tras unos minutos, vuelve a la cola, solo que, sin la prominente barriga, ni el bebé… ella parió y lo había dejado en la basura, y volvió lo antes posible a su puesto, pues no podía perder el “esfuerzo madrugador” de aquel turno para comer.

Recordé entonces aquel fragmento nauseabundo, del libro El Perfume de Patrick Suskind, donde su protagonista, Jean Baptiste Grenoille, (quien se convertiría en un asesino en serie), nace bajo una mesa de venta de pescado, su madre lo expulsa de su vientre, y es dejado allí, junto a vísceras y sangre, suciedad y desechos, una ciudad inmunda, en las riveras del Sena putrefacto, y así la ficción se volvió realidad ante mis ojos…

Días después tomo café con un joven artista y amigo, Eric Mejicano y me cuenta que hace par de semanas a una cuadra de su trabajo, dejaron un bebé en la basura, solo, desnudo, abandonado; me dice que salió directo a su taller cargado de rabia, asco y tristeza y que solo pudo sentir alivio creando alguna obra de arte, un manifiesto esbozado o quizá alguna poesía.

Probablemente, usted que lee ahora estas líneas recuerde alguna historia parecida a las aquí narradas y deje entonces de ser parte de esa cómoda sociedad que se decanta por criticar a la denuncia, a la protesta, al individuo que se tomó esto tan en serio, que salió a forrar la capital de calcomanías, para que usted, yo y todos nos enteráramos de lo que estaba pasando. Nos habíamos convertido en una sociedad basura…

Lo que debe escandalizarnos, preocuparnos y alentarnos a cambiar y participar no son los stickers, no es la denuncia, no es el arte que denuncia, es el hecho que los provocó, es la normalización de desechar un ser humano, es ver la basura como un espacio propicio para abandonar a alguien que nos molesta.

A pesar de los hechos, siento optimismo, por cada bebé dejado en la basura, muchos otros son salvados y resguardados, por cada acto de barbarie, nacen cientos de obras, de poesías, de manifestaciones artísticas, que redimen al ser humano como raza, como existencia y como ser plural…

Eric, no me lo has dicho, pero sé que fuiste tú quien recorrió la ciudad con los carteles, quien pego cada calcomanía en cada basurero, fuiste tú, quien llevó la reflexión de manera expedita a cada punto de la ciudad, fuiste tú el artista o simplemente el ciudadano que se atrevió a denunciar un hecho nefasto a una sociedad piadosa pero dormida, creando entonces una vorágine que aún no sabemos si funcionara o no, pero al fin y al cabo se hizo, y esa es la más importante premisa del arte: HACER…