¡Que no nos pase lo del Kursk!

La tragedia del Kursk pudo haberse evitado, como sucede en Venezuela. Pero los altos jerarcas insistieron en sus errores, en su soberbia y en su secretismo

Hace unos días mi marido y yo vimos la película “Kursk”. Mejor dicho, él la vio y yo la dejé por la mitad. No pude continuar viéndola, no sólo porque de pronto recordé de qué se trataba, sino por el paralelismo que establecí con nuestra situación en Venezuela. Inevitable hacerlo.

El Kursk, un submarino nuclear de la Armada Rusa, se hundió en el Mar de Barents, en el límite sur del círculo polar ártico, con 118 personas a bordo. Su historia es una tragedia de principio a fin. Calificada como “la peor catástrofe naval de la historia post soviética”, se desarrolló en una suerte de cadena de errores y soberbia. Y la versión oficial -aún veinte años después- sigue sin reconocer los terribles desaciertos que costaron la vida de los tripulantes.

El 12 de agosto de 2000 el Kursk debía iniciar unos ejercicios de rutina, que consistían básicamente en disparar dos torpedos (sin explosivos) a un crucero de batalla. El oficial a cargo de los torpedos, minutos antes del disparo, le anunció al almirante que los torpedos se estaban calentando a una velocidad inesperada y le pidió permiso para abortar la operación. El almirante, con mucha irresponsabilidad (esta conclusión es mía), le ordenó que procediera como se le había indicado. Nada de abortar los disparos.

Las investigaciones de la Fiscalía General rusa refieren que la explosión que sucedió a continuación se debió a un exceso de peróxido de hidrógeno muy concentrado que reaccionó con la herrumbre de la carcasa. Fatal la decisión de proseguir sin averiguar por qué subió la temperatura. Fatal que hubiera herrumbre dentro de la carcasa, porque denota, como mínimo, falta de mantenimiento.

Apenas minutos después de la primera explosión, ocurrió la segunda, por causa de la onda expansiva, o por el choque con el fondo del mar. Ambas ocurrieron a la misma hora. La primera, es la versión rusa. La segunda, de los sismógrafos de todo el norte de Europa. La boya de emergencia –ésa que flota para indicar que hay un submarino siniestrado- no salió, aparentemente porque los rusos no querían que se supiera ni de la posición, ni del percance como ya les había ocurrido, y la desactivaron.

Para aquel momento quedaban apenas 16 sobrevivientes. Sólo dos días después, los ciudadanos rusos se enteraron de que había problemas con el submarino. Las autoridades mantenían hermetismo total acerca del accidente. Ni los familiares sabían qué había ocurrido, entre otras cosas porque las autoridades rusas no tenían conocimiento de la magnitud del desastre. El 15 de agosto enviaron un mini sumergible para detectar vida, pero que no pudo acoplarse por la falta de mantenimientos de los mecanismos de acoplamiento.

Un mariscal de la Armada rusa, Viacheslav Gruzinsky, amigo del Almirante inglés David Russell, lo llamó motu proprio a pedirle ayuda. Pero cuando el Kremlin se enteró de que el barco británico había llegado al Mar de Barents a iniciar el proceso de rescate, sustituyó al Almirante por otro que anula la petición de ayuda. ¡Cuán cara se ha pagado la soberbia de los gobernantes! Los rusos sólo tenían un sumergible. Había tres, pero uno se lo vendieron a los americanos, que aún lo usan para llevar a turistas ricos a ver el Titanic. El otro, que quedó fuera de uso por falta de mantenimiento, fue desarmado para usar sus partes como respuestos.

Ya la opinión pública rusa sabía que había ocurrido lo peor, pero el gobierno de Putin mantenía un absurdo silencio. El 16 de agosto, la presión era tanta que Putin se comunicó con el presidente Clinton para pedirle ayuda, pero ya era demasiado tarde. No se escuchaban las habituales señales de vida que los sobrevivientes habían enviado desde que ocurrieron las explosiones.

El 21 de agosto, buzos noruegos logran entrar al submarino, encontrando muertos también a quienes habían sobrevivido. Unos murieron quemados, otros asfixiados. Dejaron escritos, que según los partes oficiales son de cuatro horas después de la explosión. Levanta sospechas que no hayan dejado notas de despedida para sus familias si un parte del capitán teniente Dmitri Kolésnikov a las 15:15 del 12 de agosto reza: “parece que no tenemos grandes posibilidades”. Cuatro larguísimos días tuvieron para escribir despedidas. Me imagino que hasta de eso el régimen ruso privó a los familiares.

Como sucede en Venezuela, la tragedia del Kursk pudo haberse evitado, pero los altos jerarcas insistieron en sus errores, en su soberbia y en su secretismo, y acabaron con la vida de aquellos tripulantes. No sé qué más tendrá que pasar aquí para que todos unidos salgamos a exigir que nuestros altos jerarcas, corruptos, mentirosos, manipuladores, se vayan de una vez por todas. ¡Que no nos pase lo del Kursk!

Opinión | Solidaridad

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