“Rápidos y furiosos”: divertir es lo único que importa

Dirigida por Justin Lin, “Rápidos y furiosos” recurre otra vez a su conocida combinación de acción, escenas disparatadas y un elenco con una química excepcional, un coctel que la convierte en un fenómeno que lleva esfuerzo explicar. ¿De dónde procede una popularidad que aseguró a la saga un lugar destacada en la historia del cine?

“Rápidos y furiosos”: divertir es lo único que importa

La novena entrega de la saga “Rápidos y furiosos”, titulada en esta ocasión “F9: The Fast Saga”, rompió récords de taquilla durante el último fin de semana del mes. Ya lo había hecho en su estreno en China y al parecer, el trayecto le llevará a convertirse en uno de los films más populares del año. Todo lo anterior ocurre en medio de la reapertura de cines durante la pandemia y en el décimo aniversario del estreno de su primera película. Por si eso no fuera suficiente, buena parte de la crítica insistió en que la historia del film es “blanda, repetitiva, una fórmula agotada con elementos casi tediosos”.

Pero a pesar de eso, el film demostró que forma parte de un suceso imbatible, al menos como fenómeno de la cultura popular. Llamada a menudo un placer culpable y una alegoría al machismo rampante contemporáneo, la franquicia es también un experimento novedoso que juega desde varias aristas a la vez. No sólo logra tomar el cine de acción y convertir la idea de lo imposible en entretenimiento puro, sino que además se sostiene sobre la base de una camaradería entre sus personajes que resulta sorprendente por su efectividad.

Incomprensibles giros de guion, argumentos efectistas, malas actuaciones y extraño sentido del humor, “Rápidos y furiosos” se toma lo bastante poco en serio como para analizar el teorema más viejo del cine: todo está contado. De ser así, cuál variación de esa gran colección de historias tiene dos direcciones hacia las cuales avanzar: la sublimación y el ridículo. Y para “Rápido y Furioso”, la opción es obvia.

La película no intenta innovar, en realidad se limita a tomar riesgos sin pensar en las consecuencias. Un detalle a tener en cuenta si se analiza el tipo de cine que representa y que, además, sostiene sobre las bases de una superficialidad creada para resistir las críticas más mordaces o el menosprecio del gran cine. No se trata de una franquicia histórica como James Bond o una con tintes autorales como Misión Imposible.

La historia de Toretto y compañía es un homenaje al despropósito en estado puro, exageraciones y extravagantes giros argumentales de una tradición muy vieja en lo cinematográfico. De lo imposible a lo inverosímil, de la distracción al máximo nivel, de lo gracioso casi accidental, la franquicia está construida para aceptar su propia sencillez y elaborar una forma de resultar siempre novedosa, a pesar de no serlo.

Heredera directa de las grandes aventuras de acción saturadas de testosterona de los años 80, “Rápidos y furiosos” no pretende convertirse en un recorrido por el cine como dilema, sino de lo cinematográfico como reflejo.

A medida que la franquicia se hace más y más disparatada, con una batería de efectos especiales costosa y el doble de escenas estruendosas, también hace énfasis en detalles como la unión de la “familia” en la que lentamente se ha convertido el elenco.

A la vez, estructura su propia dimensión de meta referencia, que sostiene con una ingenuidad que resulta necesaria para comprender a la serie de films como algo más que cine basura. “Rápidos y furiosos”, desde esa primera película que sorprendió por convertirse en un éxito de taquilla sin mayores esfuerzos, hasta su extravagante novena entrega, ha logrado madurar sin profundizar ni indicar hacia dónde quiere dirigirse.

En realidad, la saga no espera sostener un discurso, tampoco crear una amplia red de conexiones. La única intención de “Rápidos y furiosos” es divertir. Lo que hace desde su cualidad tramposa. Pero al final de todo, el valor de la saga radica justamente en esa percepción del entretenimiento: sin culpas, sin explicaciones, sin detalles. Una pequeña gran obsesión en estado puro.

Un mundo propio

En una época de grandes franquicias basadas en material previo, adaptaciones o con una ilustre historia en el mundo cinematográfico, “Rápidos y furiosos” es toda una rareza. No procede de un cómic, libro o manga. No rinde homenaje a absolutamente nada que no sea su estrambótico universo. Es absurda a niveles vergonzosos y también… terriblemente adictiva. Tanto como para tener una base de fanáticos que, aunque admiten sus evidentes carencias, siguen asistiendo a la sala de cine y, además, disfrutando de las aventuras en pantalla con la misma relajada alegría de siempre.

Pero, también, hay un detalle en apariencia intrascendente que hace de la saga algo mucho más interesante de lo que parece. A pesar de su elenco de actores de la lista B, casi todos desconocidos y cuyo único éxito se atribuye a la franquicia, poco a poco ha sumado una serie de nombres que componen un elenco satélite de sorprendente calidad.

Desde los astros del cine de acción Dwayne “La Roca” Johnson y Jason Statham, hasta actores de la categoría de Helen Mirren, Kurt Russell, Vanessa Kirby, Idris Elba, Gal Gadot, Ryan Reynolds y Charlize Theron, la más infravalorada de las franquicias, parece también la destinada a tener un elenco rutilante que sustituye con su brillo un guion más coherente o al menos, uno creíble. Y se trata tal vez, de que “Rápidos y furiosos” no lo necesita en realidad.

Lo que comenzó con un thriller a pequeña escala en el 2001, se ha hecho más ambiciosa por el simple hecho que no hay límite para lo que puede o no hacer. Y esa ausencia de fronteras —ya se habla de un inverosímil crossover entre la franquicia “Jurassic Park” y “Rápidos y furiosos”— es lo que le ha permitido hacer todo tipo de experimentos audaces. Desde cambiar de locaciones, aumentar el número y complejidad de los retos argumentales, doblar la apuesta en acción, asumir su papel casi paródico dentro del género e incluso, crear un spin off más cerca de la comedia de lo que podría suponerse, “Rápido y Furioso” es un compendio de decisiones expresamente creadas para ser atractivas, no en especial profundas o significativas. Y el público lo agradece.

La forma en que la historia se ha expandido resulta en ocasiones desconcertante por su descarada decisión de no encajar en molde alguno. Si en el 2001, la sencillísima trama de un detective encubierto de LAPD (Paul Walker) que se infiltra en una pandilla de conductores de carreras ilegales liderada por Dominic Toretto (Vin Diesel), no parecía tener mayor trascendencia, para su novena entrega se permite incluso el lujo de pequeños y conmovedores homenajes.

Con el regreso del personaje de Jordana Brewster a la acción, la ausencia del fallecido Paul Walker resulta notoria, por lo que los guionistas le incluyen en un curiosísimo cameo en ausencia. El actor, fallecido en un accidente de tránsito en el 2013, continúa en cierta forma siendo parte de la familia. Y la película lo deja claro con una línea significativa dedicada a sus fanáticos: “Paul está en casa”.

Para bien o para mal, “Rápidos y furiosos” tiene su propio mundo en constante expansión. Uno que tiene el buen tino de incluir a sus fanáticos como parte de la cada vez más amplia “familia” de ladrones de coches, que ahora tienen la responsabilidad de “salvar al mundo”.

Así de genérico y disparatado como se escucha, “Rápidos y furiosos” ha dejado claro que en su trayecto hacia convertirse en una de las franquicias más duraderas del cine, también es capaz de llevar su esencia a un límite desconcertante. Uno que se sostiene sobre el hecho básico de ser un producto pop a toda regla. Su mayor y más extraño logro, que sigue siendo el secreto de un formidable éxito.