Rómulo resiste sin glorias ni condenas

La nueva película de Carlos Oteyza, "Rómulo resiste", invita a reflexionar sobre la defensa de la democracia a partir de las peripecias que enfrentó el gobierno constitucional de Betancourt. Una historia contada no solo por especialistas, sino también por sus más polémicos testigos. Aquí referimos sobre algunos momentos presentes en el documental

Rómulo resiste sin glorias ni condenas

Cuando suele hablar de democracia –y esto es algo que ocurre muy a menudo– Germán Carrera Damas repite una y otra vez la misma reflexión: “A diferencia de ustedes los jóvenes, en nuestra época nosotros podíamos imaginar la democracia. Imaginarla. En cambio, la juventud de ahora puede recordarla. ¿Ves la pequeña diferencia?”.

Es verdad: aunque era una idea constante en sus discursos, la generación que nació y creció en la primera década del siglo XX no conoció la democracia hasta 1946, cuando se produjo la revolución del voto y llegaron las conquistas ciudadanas. “La asociábamos con el concepto de libertad, nada más, pero una cosa es vivir en democracia y otra muy diferente es verla nacer”.

Esa frase es la premisa de la nueva película de Carlos Oteyza, “Rómulo resiste”, una cinta que relata, desde las voces de algunos testigos y expertos, las peripecias de Rómulo Betancourt durante los años de su presidencia constitucional. Se trata de un período de aguas turbulentas, cargado de contrastes ideológicos, intentonas militares, revueltas comunistas y un intento de magnicidio.

Betancourt fue un presidente ambidiestro: tuvo que enfrentar con astucia a los enemigos de la democracia; tanto a los de la izquierda como a los de la derecha. Esto frente a los tumbos que la Guerra Fría imponía en la década de los 60, y ante la realidad de un país que recién salía de una dictadura.

Temporada de golpes y rebeliones

Aunque el llamado “espíritu” del 23 de enero de 1958 respaldó la transición a la democracia, tras el derrocamiento del dictador las pretensiones autoritarias en el seno de las Fuerzas Armadas continuaron a lo largo de aquellos años. Betancourt, como presidente constitucional, tuvo que resistir los embates del sector armado que, siguiendo las líneas de su propio proyecto y para contener la influencia de la revolución cubana, intentaba socavar a su gobierno.

“A lo largo de este período, y según cifras que apenas difieren entre sí, el régimen sostuvo alrededor de veinte o veintiséis conspiraciones en su contra, la mayoría de las cuales quedaron sin materializarse, no pasaron de la sorpresa o fueron simplemente aplastadas al nacer”, comenta el historiador Edgardo Mondolfi Gudat en su libro Temporada de golpes. Las insurrecciones militares contra Rómulo Betancourt.

Mondolfi Gudat, al igual otros historiadores, se desliga de la lectura historiográfica del período que divide a la oposición armada del gobierno betancourista entre “golpes de derecha” y “rebeliones de izquierda”. Para ellos se trató de movimientos militaristas, todos enemigos de la democracia.

La izquierda se frustra

Elena Plaza en su libro El 23 de enero de 1958 y el proceso de consolidación de la democracia representativa en Venezuela analiza en el último capítulo el auge, desarrollo y decadencia de las insurrecciones de extrema izquierda contra la democracia representativa, y particularmente contra el gobierno de Betancourt.

El Porteñazo y El Carupanazo fueron expresiones de una época signada por la violencia. “No es que la izquierda fuera absolutamente ciega frente a la desproporción de los campos. Pero un sector radical confiaba en que la magnitud de la crisis social y política podía permitir, mediante la mediación de una vanguardia audaz, que se formara una nueva correlación de fuerzas y, con ello, se abriera la posibilidad de la toma del poder”, dice la politóloga.

El poder del Estado era incontrovertible. La industria petrolera y el consenso democrático, suscrito en el Pacto de Puntofijo, establecieron un “sistema populista de conciliación de élites”, como lo denominó el politólogo Juan Carlos Rey, que se propuso garantizar no solo estabilidad política, sino también económica y social, al involucrar a otros actores como la Iglesia, el empresariado y los diferentes gremios.

Por eso, la llamada lucha armada careció de la fortaleza que sí tuvo en otros confines de la región, como en Colombia o Centroamérica, donde los focos guerrilleros se mantuvieron encendidos hasta finales de los 80. Pese a sus pretensiones por el poder, en Venezuela la izquierda vio frustrados sus planes y dejó definitivamente las armas durante el primer gobierno de Rafael Caldera.

En la mira de Fidel

La Revolución cubana se sintió en Venezuela de inmediato, tal vez por el hecho de que muchos de los recursos utilizados en la gesta contra Fulgencio Batista provenían desde Caracas.

Aunque la figura de Fidel Castro era idolatrada dentro de los círculos latinoamericanos, la reunión que sostuvo con el presidente Betancourt, a comienzos de 1959, selló la enemistad entre ambos personajes. A Fidel le interesaba el petróleo venezolano para que la economía de su isla no dependiera exclusivamente del apoyo soviético. Siempre tuvo puestos los ojos en el país, por eso los movimientos armados que intentaban tomar el poder fueron respaldados por él.

Pero Betancourt fue pragmático y pudo sacar de la Guerra Fría el mayor provecho. La alianza de Cuba con la Unión Soviética hizo del gobierno de Castro un satélite comunista en el Caribe y de ahí se produjo la crisis de los misiles. El gobierno de Estados Unidos, en ese momento administrado por John Fitzgerald Kennedy, tuvo que negociar para que esas armas fueran retiradas de las narices de su república.

Aunque oficialmente no formó parte de la pugna entre potencias, Venezuela se alió al bloque estadounidense y eso al régimen de Castro le incomodó mucho. Fidel, cuenta el historiador Loris Zanatta en Fidel Castro, el último rey católico, era un enemigo profeso del liberalismo estadounidense.

La doctrina Betancourt

Pero ser aliado y amigo personal de Kennedy no significó de ninguna manera ser un lacayo de la Casa Blanca. Betancourt les hizo frente a los regímenes dictatoriales del continente que desde Washington se respaldaban con la política de contención del comunismo.

La doctrina Betancourt se opuso a cualquier gobierno no elegido democráticamente. Algo que, ante las circunstancias políticas imperantes en la Guerra Fría, era bastante habitual en la región, pues Venezuela era el oasis de la libertad en medio de un continente signado por el autoritarismo.

Con todo y eso, el presidente Kennedy prestó mayor atención a América Latina que los gobernantes anteriores; seguía los pasos de Franklin Delano Roosevelt. El historiador Francisco Soto Oráa, autor de De la Casa Blanca a Miraflores. Los presidentes de Estados Unidos en Venezuela (1961-1997), destaca: “El desarrollo de la política de la Casa Blanca de Kennedy hacia América Latina se denominó Alianza para el Progreso, un programa de ayuda económica con un aporte inicial de 500 millones de dólares lanzado el 13 de marzo de 1961”.

Gran parte de las obras de la democracia planificadas y construidas durante este período fueron financiadas por esta propuesta política, de la cual Venezuela, como representante de la región, fue la protagonista estelar.

En su contexto

Betancourt generó odios y pasiones. Varios de sus adversarios políticos lo confirman. Conmovidos por los años y las circunstancias del presente, muchos hoy ofrecen su mea culpa. El documental de Oteyza es muestra de ello con sus entrevistados.

Dos historiadores que fueron coterráneos con él, Germán Carrera Damas y Manuel Caballero, escribieron sendas obras donde analizan su legado.

Carrera Damas estuvo presente en las vísperas de la Revolución de Octubre, desencadenada tras el golpe del 18 de octubre de 1945. Fue allí cuando quedó deslumbrado por la grandeza histórica de Betancourt. Tenía 15 años y su papá lo había llevado al Nuevo Circo de Caracas a un mitin de Acción Democrática. Su Rómulo histórico rinde homenaje a esa personalidad.

Caballero, por otra parte, siempre lo adversó, como lo hacía con casi todo. Pero su obra Rómulo Betancourt, político de nación da muestra de su profundo respeto por la actuación histórica del personaje y su contexto. El propósito de estudiarlo fue el de cualquier aproximación histórica: “No se trata de condenar o de absolver, sino de buscar las razones para que, después de su paso, los venezolanos seamos diferentes, para bien o para mal, y de seguro ambas cosas”.

Allí está la cuestión: a Betancourt no se le glorifica, se le comprende en su justa dimensión, sin glorias ni condenas, porque la historia no reivindica.

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