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Sean Connery, el hombre de los personajes inolvidables

“Fui feliz con poco, hice feliz a muchos", dijo en su autobiografía. Y es cierto: verlo en pantalla siempre produce ese efecto. Sean Connery, de 90 años, murió la mañana de este sábado. Aglaia Berlutti hace un afectuoso repaso por sus papeles eternos

Sean Connery, el hombre de los personajes inolvidables

Cuando se dijo que la conocida y complicada novela de Umberto Eco El nombre de la rosa (1980) llegaría a una adaptación cinematográfica, una de las grandes discusiones fue sobre quién encarnaría al extraordinario Guillermo de Baskerville, el monje franciscano con dotes detectivescas y uno de los principales atractivos de un libro lleno de notas de pie de página en latín y arquitectura medieval. No era algo simple: este hombre extraordinario, capaz de descubrir a un asesino en medio de una orden de eruditos y además, batallar en silencio contra las tentaciones de la carne era el pilar de la novela y también lo sería del futuro film.

¿Había un actor con semejante e imponente magnetismo personal? ¿Un hombre capaz de hacer creíble a un personaje tan brillante que resultaba atemporal y desconcertante?

El director Jean-Jacques Annaud no tenía dudas de quién tendría el rostro de Guillermo: su poder físico, su pasión, su arrolladora presencia. “Desde que leí por primera vez el libro, fue el rostro de Sean Connery el que vi” contaría después para Variety. La presencia del actor en el elenco fue el único requisito que exigió para comenzar la producción. Lo mismo diría después Umberto Eco, mucho más discreto, pero también, asombrado por la capacidad de Connery para ensalzar los mejores rasgos de Guillermo: “Comprendió al personaje desde su profunda curiosidad”.

Sean Connery no solo era un actor de método: era un hombre para quien la actuación lo era todo. Desde su primer papel como Spike en “No Road Back” de Montgomery Tully en 1957 hasta la llegada del estrellato como el espía más famoso del cine, James Bond, el actor escocés que huyó de su país natal perseguido por la violencia -se cuenta que tuvo que abandonar Edimburgo para evitar ser asesinado por la Valdor Gang, la brutal pandilla de la ciudad conocida por su crueldad- encontró en la actuación una forma de expresar su poderoso carácter y también, su profunda curiosidad intelectual.

“No soy un erudito, pero me gusta aprender” dijo en 1987, cuando se le preguntó por su constante hábito de la lectura y su extraña selección de papeles: “Cuando interpreto a un hombre, aprendo sobre su mundo, su tiempo y espíritu”.

Para Connery la percepción sobre las artes escénicas era algo que iba más allá de la fama o el reconocimiento: “Actúo con la convicción de que dejaré un legado”, dijo para EW en 1990, en uno de sus momentos más populares y cuando ya era considerado una leyenda viva de Hollywood.

Considerado por más de tres décadas como uno de los mejores actores del cine, fue nombrado caballero por la Reina Isabel en el año 2000 y para la ocasión, recordó “que solo era un muchacho en busca de un objetivo”, una frase que resumió su profunda convicción sobre el hecho de que el mundo del teatro  -donde comenzó en 1951- y el del cine, estaban unidos por la misma idea: era una forma de construir un recorrido por el espíritu humano de inigualable poder.

sean connery

Se convirtió en uno de los actores favoritos del público casi por casualidad: al comienzo de su carrera fue modelo, también extra en infinidad de producciones en las que sus personajes carecieron incluso de nombre, hasta que, finalmente, en 1956 logró un papel de boxeador en la producción de la BBC “Requiem for a Heavyweight” de Ralph Nelson, una serie en la que se exploraba el submundo del deporte y en la que el actor supo encontrar la exacta combinación entre virilidad y sensibilidad que definió muchos de sus papeles en el futuro.

De pronto, el galán de mirada penetrante y pocas palabras se había convertido en la novedad de Hollywood y llegó a interpretar una serie de papeles menores, que sin embargo, guardaban algo en común: en “Hell Drivers” (1957) de Cy Endfield, fue Johnny Kates, un hombre fornido, malhumorado pero de buen corazón, capaz de enfrentarse a la violencia para encontrar un tipo de redención tardía. Interpretó un papel muy similar en “Action of the Tiger”, de Terence Young, en el mismo año e incluso en “Brumas de la inquietud” (1958) de Lewis Allen, se dio el lujo de ser otra vez el chico fuerte con gran corazón que logró conquistar a la formidable Lana Turner.

La estampa poderosa del actor parecía encasillarle en el mismo tipo de papeles. Volvió a ocurrir en “Tarzan’s Greatest Adventure” (1959) de John Guillermin, en la que le dio vida al extraño y seductor O’Bannion. Pero ya para entonces, Connery tenía otras ambiciones y estaba en la búsqueda de papeles diferentes. “Necesitaba demostrar que además de músculos, tenía un buen cerebro”, se burló en una entrevista en 1986: “Aunque no sabía cómo lograrlo”.

Al parecer, el público sí tenía la respuesta. Luego de arrasar en popularidad interpretando al Conde Vronsky en la adaptación de Anna Karenina de la BBC, el periódico Daily Express preguntó a los lectores quién sería el James Bond ideal. El nombre de Connery arrasó con el resto de las opciones y la consulta se convirtió en una curiosa campaña de promoción que llegó a los oídos de los productores Albert Broccoli y Harry Saltzman. Ambos miraron algunas fotografías del actor y de la misma manera que su considerable legión de fanáticos llegaron a misma conclusión: Connery era la encarnación del personaje de Ian Flemming.

La leyenda dorada del personaje cuenta que Connery consiguió el papel sin audición. Pero en realidad tuvo que enfrentar una fuerte resistencia interna en el estudio porque seguía siendo una figura menor para protagonizar una de las películas emblema del cine inglés.

Toda duda quedó despejada cuando “Doctor No” (1962) de Terence Young, se convirtió en un rotundo éxito de taquilla y público. Los periódicos se llenaron de titulares alabando su interpretación, pero sobre todo el hecho de que la masculinidad “de granito” de Connery le convertía en el hombre “ideal” para encarnar al seductor y en ocasiones ambiguo 007. “La sonrisa de Connery, siniestra y a la vez maliciosa, vale un millón de libras”, escribió el Daily Express, en medio del furor que provocó el film.

Bond se convirtió en el centro de la vida del actor: a “Doctor No”, le siguieron “From Russia With Love”, “Goldfinger” y “Thunderball”, que llegaron durante los siguientes cuatro años en rápida sucesión. Bond le dio a Connery un tipo de fama tan extraordinaria que el actor recordaría después “como imposible y rídicula” y que solo se hizo aun más resonante cuando cada uno de los films ayudó a crear un sólido mito alrededor de su figura como la encarnación de un tipo de hombre inalcanzable que terminó por deslumbrar al mundo entero.

“No podía caminar por Londres, subir a un avión o comer en un restaurante”, recordaría después: “Nadie lo entendía, menos yo, pero era lo que sucedía”.

Con “You Only Live Twice” de 1967 dirigida por Lewis Gilbert, intentó por primera vez abandonar la franquicia, pero finalmente volvió con “Diamonds Are Forever” de 1971, bajo la dirección de Guy Hamilton y por última vez en 1983 en “Never Say Never Again”, de Irvin Kershner.

“Ya es suficiente”, dijo al filmar la última escena y salir dando un portazo del set de rodaje.

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Parecía que la carrera de Connery se hundiría sin su personaje más famoso. En realidad fue la oportunidad que estaba esperando para comenzar a refundar el mito sobre su capacidad para crear papeles eternos, incluso desde un tipo de discreción que para entonces, le resultaba desconocida.

Connery quería actuar y mientras cimentaba su carrera pidiendo martinis “agitados, no mezclados” y conquistando a las mujeres más bellas de la pantalla, aceptaba papeles secundarios que le permitían experimentar, como su secundario de lujo en “Murder on the Orient Express” en 1974 y al “El viento y el león” y “El hombre que podría ser rey” al año siguiente, que demostraron a la feroz crítica que el hombre detrás de la figura icónica, era también un actor extraordinario digno de reconocimiento.

En 1986 tomó la audaz decisión de interpretar a Juan Sánchez Villa Lobos Ramírez en “Highlander” de Russell Mulcahy, un éxito menor de taquilla que, sin embargo, se convirtió en un fenómeno de culto internacional y que sostuvo su percepción sobre la actuación como un recorrido extraordinario por “mundos y experiencias nuevas” y también le valió la atención de un nuevo tipo de directores en busca de su talento para papeles originales y en algunas ocasiones lejos de su rango habitual como seductor implacable y vanidoso.

El mismo año obtuvo un premio BAFTA por su papel en “Name of the Rose”, lo que hizo que el actor pasara ya la categoría de celebridad pop a convertirse en un actor respetado por su insólita cualidad para lograr papeles inmortales.

Y eso se demostró cuando ganó el Oscar por su papel como Jim Malone en “The Untouchables”, de Brian de Palma. El mismo Connery le llegó a llamar “el personaje que siempre quiso interpretar”. Y De Palma se aseguró de que la fuerza y el poder de la presencia del actor fueran el centro medular de un guion complejo y oscuro. El éxito le llevó a un desconocido nivel de reconocimiento que conmovió al actor. “Ya no era el hombre de los músculos, era el que podía actuar”, dijo a Vanity Fair.

En 1989 se permitió uno de sus papeles más curiosos y también el que le valió el amor de toda una generación de fanáticos: Henry Jones Sr apareció por la puerta grande en “Indiana Jones and the Last Crusade”, de Steven Spielberg, para convertirse en uno de los personajes emblemáticos en una saga histórica y demostrar de nuevo la capacidad de Connery para crear grandes personajes, incluso desde detalles diminutos. Su afinidad con Harrison Ford -la frase “Te he dicho que vengas para acá, Junior” arrancó carcajadas conmovidas de los fanáticos- convirtió a la película en un rotundo éxito que recaudó casi 500 millones de dólares en el mundo.

Y aunque el actor decidió tener una vejez tranquila  -“Ya estoy cansado de estas cosas”, dijo a Variety - en 1999 fue seleccionado por la revista People como el hombre más sexy del siglo, algo que comprobó al protagonizar sin problemas “Entrapment”, de Jon Amiel (1999), junto a una Catherine Zeta-Jones a quien le triplicaba la edad. La misma actriz confesaría luego que no había un hombre “más magnético y sexy” que el ex James Bond.

El éxito continuó con “The Hunt for Red October” (1999), de John McTiernan, en la que Connery interpretó al subcapitán soviético desertor Marko Aleksandrovich Ramius, con una gallardía inolvidable. De nuevo logró crear una versión mucho más rica en matices de lo que podía esperarse y llegó a opacar al protagonista titular, Alec Baldwin, el primer Jack Ryan de la pantalla grande.

En el año 2008, Connery publicó su autobiografía, “Being a Scot”, coescrita con Murray Grigor, en la que resumiría su vida con una frase emblemática: “Fui feliz con poco, hice feliz a muchos. Creo que ha sido una gran manera de vivir”.

Quizás esa frase encierra la mejor forma de recordar a un hombre emblemático con un enorme e inolvidable poder personal.

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