“Sensibilidad y control”, un relato de Diego Vega de su libro "Cuentos del Norte del Sur"

En septiembre Diego Vega, redactor de UB Magazine y parte de la familia de El Estímulo, publicó su libro "Cuentos del Norte del Sur", una colección de relatos basados en historias reales: "Son anécdotas sucedidas a venezolanos aquí y en el mundo y cosas que me han pasado a mí o a mi familia y amigos, algunas muy personales. Y otras son cosas que quizás un extranjero vería como insólitas, pero con las que cualquier venezolano -y más los crecidos en dictadura- se puede identificar"

“Sensibilidad y control”, un relato de Diego Vega de su libro "Cuentos del Norte del Sur"

Siete enfermeros esperaban a Adolfo en la entrada de una prestigiosa clínica psiquiátrica privada en Caracas. A todos los reunía una psiquiatra joven y menuda que le daba instrucciones operativas al grupo.

El papá y el tío del joven de 21 años lo llevaban en un carro hacia la institución médica. No se decían muchas palabras, más allá de algunas oraciones de aliento de parte del tío a su sobrino.

-Todo va a estar bien. Te vas a recuperar- escuchaba el muchacho mientras miraba por la ventana y pensaba en las fiestas que se iba a perder, la universidad que casi no le prestaba atención, pero ahora le haría falta y su novia, o algo así, que vivía en el extranjero y con la que no se podría comunicar mucho, según apuntaba la situación.

Adolfo tenía un problema de abuso de drogas que algunos terapeutas habían señalado como dependencia, contrario a lo que él creía.

Como muchos “chamos” venezolanos de estos días, fumaba tabacos de “crippy” como si fueran cigarrillos, llegando a consumir casi 30 gramos semanales de la marihuana genéticamente modificada. Había descubierto también el LSD en el formato de “papeles”, unos pedazos de cartón o cartulina que venían cargados del ácido, esa era la droga con la que experimentaba con menos frecuencia; solo en conciertos, viajes a la playa y una que otra fiesta.

Probó la cocaína a los 18 años, pero no fue hasta los 19 que le gustó. Últimamente la consumía casi todos los fines de semana, mientras desarrollaba el hábito de salir de fiesta con más regularidad, mezclando el consumo de la sustancia con alcohol, que realmente no le gustaba.

Era flojo, dejado y tal vez estaba deprimido. Adolfo era (y es) muy sensible. A partir de un punto de su adolescencia empezó a aborrecer a las personas, lo empezaron a sepultar emocionalmente las injusticias y empezó a cuestionarse como ciudadano. Como ser humano. Como todo. Un cuestionamiento constante y atormentador para el que no estaba preparado y que no sabía verbalizar, en forma de problema, para buscar ayuda.

Leía mucho, escribía y tocaba instrumentos musicales como hobby, también le gustaba el fútbol y cualquier deporte que involucrara pelear. Soñaba con cosas grandes para él mismo, solo no sabía qué.

Adolfo tenía amigos de verdad, de muchos años. Familia que lo amaba. Mujeres que se interesaban en él. Poco a poco fue dejando todo eso, dándole la espalda a todo lo positivo en su vida. No fue conscientemente.

Cualquier droga refugiaba al joven Adolfo en una cuna de insensibilidad. Pero no insensibilidad peyorativa como aquel que no se conmueve si se muere un perro en una película, sino una insensibilidad buscada y programada. El anti-sentir. Quería escaparse de él mismo y muchas veces lo logró, pero empezó a pasar factura.

Era agresivo y eso no temía exteriorizarlo. La depresión se transformó en ira y también sufría de episodios psicóticos en los que no controlaba sus impulsos. Más de una puerta de su casa desmontó, reventó y tiró, cuando no le daban dinero o lo castigaban por su comportamiento, cansando a sus padres mientras veían a su hijo sumirse en algo desconocido para ellos.

Más de una vez se involucró en peleas en la calle, porque sí.

Una vez se levantó en una plaza, saliendo de una fiesta, después de que tres borrachos le propinaran patadas hasta desmayarlo. Lo encontró la policía.

Adolfo carecía de estructura y eso era lo que más preocupaba a su papá. No parecía tener un futuro amable a menos que un cambio sucediera en su vida y él estaba dispuesto a imponérselo, estaba más que dispuesto, estaba decidido a “salvar” a su hijo.

Por eso la ida hacia la clínica. La condición que el padre le había impuesto a Adolfo era simple:

-O arreglas este peo, te arreglas a ti mismo, o no vives más nunca en esta casa ni cuentas con mi apoyo para absolutamente nada-

Su papá era el único que lo hacía temblar del miedo. También lo respetaba y lo admiraba, pero nunca se lo decía.

Adolfo aceptó la hospitalización para desintoxicarse, posteriormente asistiría a grupos de apoyo que lo ayudaran en el arduo camino de la sobriedad y la reconstrucción de él como persona.

Al llegar a aquel pequeño edificio, rodeado de áreas verdes, le pareció absurdo. Su adolescente inmaduro, pero todavía presente, se apoderó de él.

-Esta vaina es una mierda, te lo digo- le soltó al papá mientras se bajaba del carro.

Vio a los siete enfermeros y a la psiquiatra y se enfureció.

“¿Qué pasa? ¿Por qué hay tanta gente? ¿Me van a tratar como un loco a mí?” pensó, disfrazando sus miedos y sus nervios con falsa indignación. Así se lo dijo también a la doctora.

-Tranquilo, ellos solo están aquí por si te pones agresivo de alguna manera, pero si decides entrar tranquilamente, no pasa nada-

Adolfo se ponía cada vez más nervioso. “¿Y mi mamá? ¿Cuándo viene mi mamá?” le quería gritar a su padre, pero su orgullo de macho jamás lo iba a dejar hacerlo. Decidió expresar sus molestias con evasión.

-No, me sabe a culo. Papá, yo no me voy a quedar aquí, si no me dejas ir a la casa me voy a casa de un pana- expresó con un tono algo gritado, como imponiendo su voluntad, buscando con los pasos y la mirada a su papá.

No había manera de que él se hubiera salido con la suya, ya estaba ahí. Para colmo, los siete enfermeros lo rodearon, anticipando lo que iba a pasar.

-¿Ah, así es la vaina? – Adolfo soltó el bolso para adoptar una actitud aún más retadora y la psiquiatra se retiró con el papá del joven a administración.

-Vamos a echarle bolas, pues, el primero que voy a volver mierda es este maldito enano de mierda que tengo atrás- les dijo, amenazando al grupo.

Los enfermeros eran altos, bajos, gorditos, con músculos, flacos. Un verdadero pabellón criollo de personal médico, pero el que estaba justo detrás de Adolfo, era uno de esos hombres bajos pero rechonchos de fuerza. Se tomó su comentario personal.

Hubo unos breves segundos que cualquiera que haya peleado en la calle ha experimentado, es el breve suspenso que precede al primer movimiento, al que se atreve y empieza el enfrentamiento. Fue el “maldito enano de mierda” el que comenzó todo.

Lo agarró por la cintura e intentó cargarlo. Adolfo le dio un codazo cercano al ojo. El enfermero lo soltó, pero no del todo, otro enfermero de casi 2 metros, como guajiro, se le acercó y el muchacho le dio un puñetazo en la cara. Un enfermero de bigote, con altura y contextura media, lo intentó tumbar al piso yéndosele encima, pero Adolfo aguantó. Aguantaba.

Los enfermeros no podían devolver los golpes con la apertura que un paciente psicotizado los daba, pero querían. Su trabajo en ese caso es someter al paciente e ingresarlo para sedarlo.

Después de unos segundos de descanso los 7 hombres trabajaron en equipo y se le encimaron a Adolfo, sosteniéndolo por las extremidades y cargándolo para ingresarlo a la parte de emergencia de la clínica.

El muchacho ya no sabía a quién le pegaba, pero sus golpes, siendo más frenados, perdían efectividad por falta de fuerza. Igualmente siguió luchando, hasta un punto que parecía más un niño teniendo un berrinche que el gran hombre que pretendía ser.

Cuando fue arrastrado hasta la puerta, incluso puso ambos pies en el marco de la misma, lo que obstaculizó el proceso de ingresarlo tal vez un minuto, pero finalmente sucedió.

Una vez adentro lo tiraron contra el piso, sosteniéndolo entre cuatro. El enfermero que fue agredido primero lo sujetaba con placer y fuerza mientras Adolfo seguía intentando pegarles a todos.

Al ver que no se rendía, este mal llamado “maldito enano de mierda”, le puso la rodilla en el cuello. Adolfo siguió peleando, pero en un momento sintió que le empezaba a faltar la respiración, inmediatamente trató de alzar las manos y hacer señas de rendición. Los cuatro hombres que quedaban luchando contra el suavizaron su actitud, hasta solo sostenerlo, también la rodilla agresora se despegó del cuello.

Los 5 combatientes respiraban jadeantes, descansando al fin, mientras los 3 restantes tomaban Nestea en otra habitación.

Adolfo fue puesto en una cama de emergencia y amarrado con unas extrañas correas a ella, que lo sujetaban por los antebrazos y los tobillos.

Pasaron unos minutos y le trajeron agua, que le dieron porque no podía moverse, esta vez una enfermera gorda y morena con cara de desaprobación.

Después de otro rato, se acercó el enfermero de bigote castaño, contextura y altura normal, con una inyectadora y una sustancia blanquecina en un frasco pequeño de vidrio.

-Hijo, ¿Cómo estás? Yo soy Antonio…- empezó el hombre con un tono y acento amable, típico, como era el suyo, de Los Andes venezolanos (gocho, como se le dice en Venezuela), pero Adolfo lo interrumpió rápidamente.

-No, no. Ya va… ¿Qué es eso? ¿Qué me vas a poner? – hablaba el niño que en verdad era.

-Tranquilo, hijo, es una medicina que te va a dormir, para que te tranquilices, no te va a hacer nada- el hombre le hablaba a su paciente con tono paternal.

– ¡No! Por favor, te lo pido, ¡No me pongas eso! Por favor, yo me voy a quedar tranquilo- suplicaba Adolfo.

-Es que es la orden, porque llegaste así, muy agresivo.

-¡Por favor! Te prometo que no voy a hacer más nada. No me pongas eso- Adolfo lloraba, recordando la leyenda de una sustancia parecida a la leche, que te inyectaban y te dejaba loco por dos días.

-Disculpa, hijo, no te va a pasar nada, tranquilo…- le dijo el bigotudo profesional de salud mientras le inyectaba la sustancia en el brazo derecho.

Adolfo lloró, lloró muchísimo por unos 3 minutos hasta que empezó a darle un sueño irresistible y cerró los ojos. Eran las 7 de la noche, aproximadamente.

Se levantó a las pocas horas y se sentía raro. Como nunca se había sentido en su vida.

Empezó a llamar a alguien, pero no podía hablar bien. Decía algo como “aló”, “ayuda”, “auxilio” y solo salían onomatopeyas inentendibles de su boca.
Se acercó el enfermero de bigote y le preguntó que pasaba. Le dio agua, lo tranquilizó un poco y le preguntó que quería. Adolfo le indicó como pudo que se quería fumar un cigarro.

El enfermero se fue y regresó con dos Belmont y un yesquero. Desamarró al paciente y lo ayudó a incorporarse.

Adolfo estaba sorprendido con la facilidad con la que lo habían desamarrado, pero pronto se dio cuenta de que no podía caminar bien, no era un peligro para nadie. Caminaba como quien tiene un problema para hacerlo, arrastrando sus pasos y sosteniéndose de las paredes.

Lo que le habían inyectado lo tenía en un limbo entre dormido y despierto, entre drogado y sobrio, un limbo insoportable que es incapaz de complacer a nadie porque no se ajusta completamente a ningún estado. También se sentía muy, muy débil.

El enfermero le indicó una salida que lo condujo a una pequeña plaza con una fuente y una Virgen del Valle en el centro. Adolfo caminó como pudo hasta los bordes de la estructura y se sentó ahí. Tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para encender un cigarrillo, pero lo logró.

Vio a la virgen mientras fumaba, un rato largo. Cuando le quedaba poco menos de la mitad junto sus manos y rezó. Rezo por él, aunque se declaraba ateo (por rebeldía), cuando rezaba, escondido, nunca lo hacía por él. Lo hacía por otros, por su mamá, por un amigo, por alguien que se había muerto. Pero esta vez le rezó a Dios, llorando de nuevo, por él mismo, también a la virgen que lo observaba.

Solo rezaba cuando tenía miedo, pero como le había dicho su tío, todo iba a estar bien.