Si sigues, te voy a dar para que llores con ganas

Muchos, por no decir todos, hemos escuchado esa frase. De lo más normal, ¿no? Ni tanto, la verdad. O no debería serlo. Hay que hablar sobre eso ya. Y aquí

Si sigues, te voy a dar para que llores con ganas

En mi infancia, mi mamá decía algo a lo cual le tenía mucho respeto o miedo, mejor dicho. Sabía que escucharlo no avecinaba nada bueno y cada vez que lloraba por algo (porque no me dieron un juguete, no me compraron un helado o no me dejaban jugar Nintendo), la escuchaba: “Si sigues, te voy a dar para que llores con ganas”. Santo remedio. Las lágrimas se secaban y en algunos casos regresaban a mis ojos.

Pero aunque las lágrimas se detuvieran en el acto, los sentimientos de tristeza, impotencia y frustración, se quedaban.

No fui yo el único que escuchó: “Si sigues, te voy a dar para que llores con ganas”. Todos mis amigos (y algunas amigas) lo escucharon también. Parece que esa frase venía escrita con mayúsculas y negritas en el manual de los padres de los 80 y 90, y me sorprendería mucho conocer a alguien de mi generación que no la haya escuchado nunca.

Se podría decir que los papás de esa época tenían poca paciencia y en vez de arreglar algo hablando, preferían acudir a los psicólogos correa o chancleta. Psicólogos que siguen en vigencia hoy en día, por cierto.

No creo tampoco que esa frase haya dejado de usarse en la actualidad, creo que aun debe tener vigencia. Es más, podría apostar que la tiene.

Aunque cumplía su cometido, “si sigues, te voy a dar para que llores con ganas”, no es una manera positiva, ni adecuada, de decirle a un niño que no llore. En realidad es bastante negativa. Allí se está creando una cicatriz emocional y esas cicatrices son las más difíciles de curar.

Yo nunca le pegaría a mi hijo, aunque tengo que ser honesto: lo he pensado. Pero si lo hiciera, dejaría de ser el adulto en nuestra relación. Tampoco lo amenazaría con pegarle, creo que eso es una de las peores cosas que se puede hacer (fuente: yo mismo). Como vocero de un nuevo estilo de paternidad, siento que hay mejores maneras de atajar esos momentos de llanto en nuestros hijos. Momentos que se convierten en potenciales situaciones en las que los padres perdemos la paciencia.

Por ejemplo, una manera no traumática de hacerle frente a esos momentos es utilizando estas frases:

1. Sé que esto es un momento muy duro para ti.

2. No es malo estar triste.

3. Llorar es de valientes.

4. Te ayudaré en lo que necesites.

5. Estaré a tu lado siempre.

6. Mamá y papá estarán aquí hasta que te sientas mejor.

Claro está, este ejercicio requiere de una enorme cantidad de paciencia y entiendo que no todos los padres la tenemos, pero les garantizo que se sentirán mejor al aplicarlo. Además, solucionarán de una mejor forma ese llanto que puede llegar a agobiar a sus hijos y también a ustedes.

No soy un gurú de la paternidad, pero tengo algunos trucos que he ido aprendiendo a lo largo de estos casi tres años que tengo como papá. La paternidad es mucho de ensayo y bastante de error. Y cuando llega el error, nada como un tetero en las rocas para analizar qué salio mal y hacerlo mejor al día siguiente. Porque si eres un papá de verdad, siempre vas a querer hacerlo mejor al día siguiente.