“Snyder Cut’s Justice League”: el director en su laberinto

El director Zack Snyder se ha sacado el clavo de "Justice League" con una película monumental que, pese a sus momento tediosos, será bien recibida por los fanáticos de los superhérores que tanto denostaron de la versión de la historia estrenada en 2017. Aglaia Berlutti ya la vio

“Snyder Cut’s Justice League”: el director en su laberinto

En “Snyder Cut’s Justice League” hay docenas de escenas ralentizadas y con un aire oscuro. Se trata de un cambio considerable de estilo y tono, con respecto a la malograda “Justice League” del 2017 y que fue completada por un Joss Whedon poco inspirado. Por si eso no fuera suficiente, las nuevas escenas profundizan en contexto, abarcan un nuevo espacio, elaboran ideas mucho más profundas sobre el universo de la franquicia DC.

Pero más allá de la espectacularidad, del recorrido por espacios novedosos de una historia en esencia rudimentaria, no hay mucho más que contar.

El director Zack Snyder demostró que la película que había imaginado antes de su controversial salida del set de filmación durante el año 2017, es por completo distinta a la que llegó a la pantalla grande. A pesar de eso y de todas sus buenas intenciones, no tiene mucho que decir. De hecho, tiene tan poco que esta versión caleidoscópica y desmesurada sobre su ambicioso proyecto, es una despedida más que una travesía y ese es uno de los puntos más inclasificables del film, en pantalla a partir de hoy en la plataforma streaming HBOMAX.

¿Qué hace tan relevante a “Snyder Cut’s Justice League”? Quizás, el hecho de su mera existencia.

(ATENCIÓN: Este texto contiene algunos posibles spoilers)

Hace cuatro años nadie creyó (por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia) que la incipiente campaña de los fanáticos a favor de la proyección de la versión de Zack Snyder de “Justice League” llegaría a buen puerto. Razones no faltaban: la película se había convertido en un desastre de crítica, una decepción taquillera (a pesar de sus ganancias) y en especial, un punto y aparte en la participación de Snyder en el universo cinematográfico de DC. La en apariencia, ingenua petición, abarcaba un espectro mucho más amplio de situaciones: se trataba de la pretensión del público de ver una producción inexistente. Una, además, que se basaba en el borroso testimonio de los actores y del mismo director.

Sí, había una copia de “Justice League” que era obra exclusiva de Snyder. Había metraje que jamás vería la luz. Había otra película que se acercaba a una versión épica y por completo distinta, a la deslucida vista en cines.

A cuatro años de distancia, es un fenómeno imposible de comprender. Pero sea cual sea el caso, se trata del final de una era, de un fenómeno mediático, un escándalo cinematográfico y un hito en la historia del cine de superhéroes. Y también, de una película que demuestra una nueva percepción de lo épico, lo asombroso y la forma de analizar el cine de entretenimiento. No es la mejor obra de Zack Snyder, tampoco la más completa. Lo que sí demuestra es que el director tenía toda la razón en sorprenderse con el resultado en pantalla del 2017.

Más allá de eso, el Snyder Cut es una extravagancia monumental en la que el director cristaliza finalmente su enfrentamiento contra ese grupo anónimo y represor llamado en forma genérica “los ejecutivos”. Fueron estos hombres sin nombre y con todo el poder, los principales artífices del producto mediocre y discutible que llegó a la pantalla en el 2017.

Podría parecer trivial un debate sobre la cualidad artística de una película comercial sin rastro de peso autoral, pero en realidad es algo más: el esfuerzo de Snyder y su público por llevar adelante el proyecto es una reacción inédita a la maquinaria de consumo que sostiene a la industria hollywoodense en la actualidad. De pronto, el público ya no es un ente pasivo, ni mucho menos una masa amorfa que solo puede admitir y disfrutar lo que se le muestra en pantalla. También tiene la capacidad de decidir y de tomar partido por el contenido que prefiere ver. Y el Snyder Cut lo demuestra.

Y ya no más

Por supuesto, también es ingenuo pensar que este producto inclasificable de cuatro horas y dos minutos de duración, que requirió de una millonaria inversión y que no ha necesitado la participación de sus actores en la promoción, solo sea el fruto de una gesta idealista del público.

En realidad, “Snyder Cut’s Justice League” es una estrategia de Warner por sacar provecho a un enfrentamiento incómodo que, durante cuatro años, hizo quedar al estudio como anclado en una rudimentaria visión sobre lo cinematográfico. Warner decidió que Snyder podría cerrar finalmente un capítulo vergonzoso de la historia en común, apuntalando con cuidado al servicio streaming que intenta catapultar de una manera u otra.

La llegada a la pantalla chica del Snyder Cut es una decisión consciente de asumir el error, pero a la vez, dejar claro quien tiene el poder. Los “ejecutivos de nuevo” diría Snyder en una entrevista reciente en The New York Times. En la conversación, el director admite que su visión es lo que sostiene a una película que, de otra forma, no hay manera de comprender. La publicidad ha corrido por su cuenta, también la promoción y al final, cual sea el resultado recaerá sobre los hombros de Snyder, decidido a cerrar las puertas de Warner con una cierta dignidad casi dolorosa.

¿Lo logra? El corte del director de Liga de la Justicia es una colosal versión sobre un universo que completa, ensancha y redimensiona. También, es un recorrido meditado y cuidadoso por una historia que no termina de ser convincente pero que, en esta ocasión, es mucho más elaborada.

Lo que sorprende de “Snyder Cut’s Justice League”, es su ritmo mesurado y reflexivo, una concesión impensable en el cine de género y el espectáculo actual. Mucho más parecida a “The Watchmen” de lo que el director pudo suponer, la película es un recorrido a todos los extremos de la mitología de DC. Y aunque con seguridad no tendrá continuación o secuela alguna, es lo suficientemente contundente para ser un satisfactorio final. El recorrido de Zack Snyder con DC cierra con elegancia y un sentido del espectáculo satisfactorio.

Con absoluta libertad creativa, y en especial con una completa conciencia de que es su despedida del tema de los superhéroes, Snyder arriesgó todo lo que pudo para crear un universo denso y melodramático que excede incluso su monstruosa duración. Porque “Snyder Cut’s Justice League” está pensada para abrir las puertas a otros tantos mundos que nunca se llevarán a cabo, que jamás verán la luz. Y aun así lo hace y con el suficiente pulso para que sea una despedida digna.

El hecho de que Snyder pudiera homogeneizar el discurso visual y el argumental, convierte a la película en una obra extraña pero coherente. Una de las grandes quejas sobre la versión del 2017 de “Justice League”, fue su extraña y errática introducción. No solo debido a los reshoots, sino también a la deficiente estructura narrativa. La historia comenzaba con una visión del mundo en pleno duelo después de la muerte de Superman (Henry Cavill) y en especial, una mirada a la forma como Batman (Ben Affleck) se enfrentaba al espectro de la culpa. También había una confusa escena en que los Parademons (los conocidos aliados de Darkseid) hacían una rápida e inexplicable aparición. A partir de allí, la película iba de mal en peor en cuanto a la manera de construir sus hilos narrativos.

Paso a paso, Snyder relata la historia de trasfondo, contexto y vicisitudes de sus personajes. Lo hace con un sentido de lo fastuoso y lo épico que resulta exagerado en sus peores momentos y grandilocuente, en otros. Pero a diferencia de la versión del 2017, el recurso es conclusivo para permitir a una película de semejante magnitud avanzar.

Esta es la típica historia de tres actos, elaborados para mostrar de forma caleidoscópica el mundo de los personajes. El recurso tiene un considerable parecido al utilizado por el director en “Watchmen” y es lo suficientemente interesante. No obstante, la lenta marcha de la historia resulta en ocasiones tediosa y en otras, agotadora. Tal vez habría resultado mucho más satisfactoria como una miniserie que como una única película.

Snyder dedica la mayor parte de las primeras dos horas de la película a sus personajes. Y aunque hay una buena cantidad de escenas prescindibles, el esfuerzo valió la pena. No solo reorganiza casualidades fortuitas que en la versión del 2017 terminaron por demoler el guion, sino que le brinda un nuevo sustento a la historia entera.

Atención a la especial mirada al personaje de Cyborg (Ray Fisher), el que quizás se lleva el mayor peso de la trama y se beneficia de los esfuerzos de Snyder. El personaje de Fisher crece, se hace más elaborado, con varias capas de simbología y poder. Tal como Snyder había dicho, de ser una curiosidad mal digitalizada, Cyborg se convierte en el corazón de la película. Y lo es por una razón simple: su tránsito hasta convertirse en superhéroe y parte del equipo creado por Batman es arduo, complicado y angustioso.

También, el tono moral de la película cambió por completo y se sustenta sobre algo más elaborado que la mera idea del bien y el mal en batalla. Steppenwolf (Ciarán Hids) recibe un tratamiento digital muy cuidadoso. Y aunque su apariencia sigue siendo poco convincente, la mejoría es notoria. Sus motivaciones son más claras, más lógicas y se desarrollan con mayor precisión. La presencia de un personaje completamente digital siempre será compleja, pero Snyder logra que su villano llene los espacios y tenga, ahora sí, suficiente peso como para ser temible.

Snyder toma, además, la inteligente decisión de incluir a Darkseid (Ray Porter), como el verdadero villano capitular de su película. Y aunque Steppenwolf aparece la mayor parte del metraje, es Darkseid el que mueve los hilos. En el cómic, el villano tiene como objetivo principal conquistar al universo y eliminar todo el libre albedrío y a los seres sensibles. Puede parecer también un motivo muy genérico para una batalla, pero Snyder logra combinar esa ambición con la necesidad de Steppenwolf de verse recompensado. El resultado es una dupla que, aunque sigue siendo un poco blanda, tiene el suficiente peso para plantar cara a los héroes.

También brinda coherencia espiritual e intelectual a sus héroes, un equipo que se forma con lentitud y buenas decisiones. Batman y Diana Prince tienen una participación y liderazgo fundamental, pero Flash (Ezra Miller), Cyborg y Aquaman (Jason Momoa) son necesarios. De hecho, el equipo se ensambla bastante bien y lo hace en escenas conectivas que permiten que sus historias puedan complementarse una a la otra. La amistad y el apoyo entre el equipo parece natural y para cuando llega la emocionante hora final, la Liga de la Justicia funciona con la precisión de un reloj. Cuando Superman regresa a la vida, su actuación es fundamental pero no porque el resto de sus compañeros carezcan de habilidad, sino porque es la pieza necesaria. Una salvedad que concede a la película varias de sus mejores escenas.

Quizás lo más entrañable es el recorrido emocional de cada héroe, en menor medida en Batman y Wonder Woman (Gal Gadot). Flash/Barry Allen, Aquaman y Cyborg reciben un tratamiento respetuoso, que les enaltece y pone en relieve sus capacidades. En especial, Snyder hace justicia con Flash, que, aunque conserva su personalidad abierta y algunas líneas cómicas, es un personaje fundamental para el desarrollo de la trama. Lo mismo que Cyborg, que revela su dolorosa historia con medidos golpes de efecto que forman parte de lo mejor del film.

La versión de Snyder de “Justice League” es una película sólida, inteligente y llena de detalles de contexto que los fanáticos agradecerán. A pesar de sus momentos tediosos (que los hay), cumple con las expectativas. Pero lo que más asombra, es la simple inconsistencia de este esfuerzo titánico que no lleva a ninguna parte. La historia ha sido contada, pero no habrá otras historias para apuntalar este monumental esfuerzo del director, fanáticos e incluso los actores, discretamente comprometidos con el proyecto.

Al final, la película es Snyder en el laberinto del estilo, abrumado por el portento de la absoluta libertad creativa y testigo del capítulo final de su épica personal.