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Sobre el arte y su potencial como agente de cambio

La creación artística contemporánea abrió nuevos cauces a la relación entre la obra y el espectador, desacralizando el secular vínculo entre una y otro. La crítica de arte venezolana Mariana Silva retoma esta reflexión a propósito de un acto que resignifica un conjunto de objetos utilitariamente adscritos a la esfera represiva del poder, para dotarlos de una inusitada valoración estética y simbólica    

Sobre el arte y su potencial como agente de cambio

“…Cada hombre es un artista. En cada hombre existe una facultad creadora virtual. Esto no quiere decir que cada hombre sea un pintor o escultor, sino que existe una creatividad latente en todas las esferas del trabajo humano…”. Joseph Beuys

La creación artística no está limitada a aquellos que ejercen el arte de manera exclusiva o como vía de escape a la realidad. Hay en cada individuo un potencial de reflexión y ejecución frente a un hecho, situación o, simplemente, un objeto, que puede entenderse de otra manera, bien sea alterándolo, cambiándolo de lugar o modificando su intención primigenia.

El arte contemporáneo, claramente, nos abre la posibilidad no solo de atrevernos a reflexionar, intentar cambiar, intervenir o adaptar una obra ya establecida y reconocida como tal, sino, además, de tomar un objeto cotidiano y presentarlo como arte, pues ya la “obra” no está en el objeto, sino en la intención con la cual se genera, o bien en la respuesta esperada, si acaso la hay. El objeto de creación pasa a un segundo plano, pues no es más que la excusa para refugiar una intención o inquietud generada por una situación o pensamiento cualquiera.

Horizontes ampliados

Hay quienes afirman que el arte contemporáneo (conceptual o no objetual) es egoísta, excluyente y circunscrito a un público estudioso y muy reducido. En realidad, es todo lo contrario: el arte contemporáneo nos permite participar en la obra, bien sea mediante performances, happenings, creaciones que incluso el autor considera “inacabadas” hasta ser intervenidas por el público. De esta forma, logra deslastrarnos de etiquetas, de nombres y de tener facultades especiales para ser artistas o, al menos, para crear algo que refleje la idea o inquietud que me planteo como ciudadano.

Días atrás escuché algo que me pareció maravilloso y que, de cierta forma, fue como escuchar también un susurro de Joseph Beuys a mi lado, diciendo la frase con la que comienzo este texto: “Cada hombre es un artista”. Se trata de un ciudadano, de un venezolano: Juan Carlos Godayol, quien en uno de sus viajes por el país se encontró con unos elementos utilizados en las alcabalas para frenar o detener el paso, cuya forma recuerda a la de las piezas del juego de yaquis. Básicamente, diríamos que son una suerte de «yaquis gigantes», que frenan el libre paso por una vía.

No entraré en detalles acerca de lo que sugiere una alcabala en este país, ni de cómo se debe sortear el asunto, pues eso sería la antítesis de este texto, de la creación y expansión del pensamiento y las facultades. Lo que aquí nos concierne es cómo un ciudadano que NO es artista, que no se formó en instituto alguno ni ha dedicado parte de su vida al estudio o la investigación de las artes, toma estos tres elementos, los monta en su carro y da inicio a todo un proceso de cambio, de cuya complejidad, probablemente, ni siquiera tiene una idea precisa.

Una nueva posibilidad visual

Estos yaquis, separados de su contexto real y de su uso represivo, militar, de control y poder, fueron pintados con los colores de la bandera nacional y llevados a un lugar recóndito de la sabana venezolana, sin otra intención que ser meramente decorativos.

Así podría entenderse en una primera lectura. Sin embargo, vivimos momentos en los que necesitamos una visión un poco más amplia y enaltecedora. Estos yaquis, siendo el mismo objeto y solo con la intervención de color y la nueva ubicación espacial, pasaron de ser un elemento de carácter intimidatorio -una demostración de fuerza desde la pequeña cuota de poder de unos soldados- a alterar, embellecer, acompañar y despertar la curiosidad en un espacio natural que, sencillamente, no es el que normalmente pensamos que pueda albergar una obra artística.

Resignificación, transformación

De cierta manera, eso demuestra la contundencia y veracidad de otra frase, esta vez del maestro Luis Camnitzer: “… si bien el arte no puede parar la violencia, creo que sí puede ayudar a identificar la deshonra y combatirla…”.

En el instante en que el objeto es manipulado, intervenido, investido de un nuevo significado, se trasmuta de inmediato su intención y utilidad primera. Entonces, sí, pasa a ser una obra de arte.

Tal constatación fortalece y recrea la idea e intención de cambio de una sociedad, de los paradigmas y de los hechos que en ella tienen lugar. De ese modo, nos responde de manera sencilla esa pregunta que ronda el pensamiento de los venezolanos de bien: ¿Cómo puedo, desde mi individualidad, hacer que se genere algo positivo para todos? Resignificar algo, por muy sencillo e intrascendente que parezca: tal es la magia y el poder transformador del arte.