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Sociedad de huérfanos

La diáspora ha convertido a Venezuela en una sociedad de solitarios. Ricardo Adrianza invita, desde su experiencia, a hacer de nuestra existencia un mundo más real, aterrizar objetivos y disfrutar del único momento importante: el aquí, el hoy, el ahora

Para nadie son un secreto las consecuencias que ha dejado la diáspora en las familias venezolanas. Millones de venezolanos dispersos alrededor del mundo. Mi familia no ha sido la excepción. Lastimosamente, esta situación nos ha convertido en una comunidad de padres, esposos y abuelos huérfanos. Una sociedad de solitarios en la que, diría tal vez con egoísmo, soy uno de sus principales miembros, ya que desafortunadamente me golpea por todos los flancos. Una asignatura que a muchos nos ha llegado muy temprano.

No ha sido fácil vivir esta experiencia que hoy se acerca a cinco años. Un país desgastado me escondió la dicha de despertar acompañado.

A pesar de que muchas veces me jacté de ser un “sobreviviente de la soledad”, hoy esa sentencia me arrastra y limita mis ganas. No soy –ni de cerca– el esposo y padre que todos conocieron. Sería mezquino decirles que sigo siendo el mismo. No lo soy. No estoy completo. Mi felicidad y mi familia se limitan a unas pocas semanas al año.

Seguramente muchos de ustedes sentirán lo mismo. No se puede ser feliz sin un abrazo. Estos no se delegan. La distancia no se supera. Simplemente “aprendemos” a vivir con el mordisco que en el alma nos deja la ausencia. Las sombras nos abrazan y el silencio nos grita. Una ecuación que, unida a los días de confinamiento, nos despierta los fantasmas.

Aun así, me niego a pensar que todo está perdido. La soledad y nuestro transitar por esta pandemia también nos traen buenos consejos. Cuando estamos solos, cuando estamos huérfanos, nos separamos de las expectativas y valoramos en profundidad lo que sentimos. Aprendemos a valorar cada segundo de nuestra existencia como si fuera el último. Aprendemos a vivir desde adentro y no desde la perspectiva de lo que poseemos. Hacemos de nuestra existencia un mundo más real, aterrizamos objetivos y disfrutamos del único momento que es importante: ¡el aquí, el hoy, el ahora!

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Si de algo te sirve –muchas veces me ha funcionado–, te invito a mirar la soledad como “una oportunidad de conectarnos con nuestra mejor versión y convertirnos en mejores personas”. Mente y alma de la mano con los recuerdos y el orgullo por la familia que hemos construido.

Sin pretender que con esta osada definición ahogues tus fantasmas, sí pretendo que al menos te coloques en una mejor posición para aceptar tu duelo. Cuando los huérfanos aceptamos la realidad –lo bueno y lo malo– le damos paso libre a lo que sentimos y dejamos que fluyan todos nuestros miedos. Lo importante aquí es estar consciente de ellos para, consecuentemente, desprendernos. Esta frase de Golda Meier – la primera mujer en Israel en asumir el cargo de primer ministro -, resume en pocas palabras lo que pretendo explicar:

“Los que no saben cómo llorar con el corazón, tampoco saben cómo reír con él”.

Cuando entendemos que la vida es maravillosa, se nos abre un abanico de posibilidades para apreciar los mensajes que los pasajes de la vida nos regalan. Esta afirmación no la menciono en modo alguno como forma poética, sí por la experiencia que me han dado estos casi cinco años de vivir lo que he llamado mi “exilio solitario”.

Los invito y me invito –una vez más– a volcar la tristeza que nos dejan las sombras y el silencio, y a vivir con gallardía lo que nos toca, porque en definitiva –apreciados “padres, esposos y abuelos huérfanos”– debemos ser conscientes de que tarde o temprano nos llegará el agua al cuello. Los hijos crecen –ley de vida– y se esmeran en construir sus familias con el mismo afán que construimos las nuestras.

No es la soledad en sí misma, sino la forma como la miramos. Por eso mi empeño en reiterarles que la culpa no es de la soledad, sino del momento en que nos llega y de cuán preparados estamos. No le tengamos miedo. Cuando esto suceda, pues te sucederá, recuerda este escrito y convéncete de este sabio consejo que nos dejó el escritor colombiano Gabriel García Márquez:

“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

 

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