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Subcampeones del mundo: El espejo para los procesos venideros

“Perder así, no es perder”, dijo mi viejo Albino a sus 84 rayas, apenas llegué a casa después del desvelo Vinotinto. No se podrá saber si esta actuación se repita alguna vez en la historia y estos momentos se vivan de nuevo, si estas emociones se puedan volver a disfrutar tan a flor de piel.

Subcampeones del mundo: El espejo para los procesos venideros

Si creemos en esta generación de futbolistas y lo que han logrado, evidentemente podemos convencernos que la derrota de hoy tendrá su revancha en el futuro, pero con los antecedentes y la estructura futbolista real de nuestro país, es harto complicado que otra gesta como la alcanzada en Corea del Sur, se dé de nuevo.
Nos llenamos de lugares comunes para decirles a los muchachos que el trofeo no nos importa y que el derroche de ganas mostrado en Suwon nos basta para calificarlos como un grupo excepcional de futbolistas que han pasado a los registros imborrables de la historia deportiva criolla.
Hay tristeza porque nunca antes se estuvo tan cerca de apropiarse de un título mundial en fútbol. Ya celebrábamos como conquistas casi insuperables el hecho de clasificar a una cita orbital. Hoy, los chicos de Dudamel han dejado el listón demasiado alto para que los que vengan lo bajen al punto de conformarnos de nuevo con meterse en un mundial. Apreciar el subcampeonato no es conformismo, es darle real sentido a su magnitud. Es una mutación del agradecimiento.
En cada columna lo reitero y lo vuelvo a decir: esto no fue fruto de la casualidad. El talento de un plantel inmejorable, su carácter ganador transmitido desde un cuerpo técnico que demostró sus enormes capacidades y la calidad de su trabajo para de un solo plumazo transformar la mentalidad, el juego y los resultados de una Vinotinto acostumbrada a vivir de pequeñas y esporádicas hazañas, son los puntos notables para que la consecuencia haya sido estar en la gran final y poner contra las cuerdas a la que quizá pueda ser la generación más exitosa de futbolistas en la cuna del fútbol, Inglaterra.
peñarazo
 
Lo de Corea del Sur no es una hazaña porque, más allá de los reales problemas estructurales que hay en el fútbol criollo, hubo un cóctel de elementos que permitió que nada fuera azaroso y que de saber repetirlos, mejorarlos y perfeccionarlos, depende el real progreso de nuestro querido balompié, para así repetir estas sensaciones una y otra vez.
En el campo, una vez más, el plantel demostró en la final que es capaz de recomponerse en las adversidades. Los apuros que se pasaron en el primer tiempo y que resultaron con un haber de un gol en contra, fueron solventados en buena medida en la segunda mitad, partiendo del robo de la posesión de balón a los ingleses, quienes se replegaron no en procura de resguardar la ventaja, sino lo hicieron obligados por el fútbol que desplegaron los de Dudamel.
Una Inglaterra virtuosa, con mediocampistas ofensivos y atacantes dinámicos y con una formación envidiable, pusieron en reales aprietos a una defensa que quedaba expuesta porque el tránsito en el medio les dejaba al desnudo. Como siempre fue una constante en el Mundial, Dudamel reordenó el trabajo y en el segundo tiempo la cara fue otra. Porque si bien los cambios transformaron el semblante de juego, la actitud del equipo erradicó de su expresión la duda y fue con firme convicción en procura del empate.
Adalberto Peñaranda guio esa reacción. Para algunos, puede ser un jugador que con el balón se disuelve en las piruetas y muestra un fútbol más arrogante que efectivo, pero en sus botas se gestó el mayor peligro que recibieron los británicos en la final. Venezuela ocupó todos los espacios en la segunda mitad y fue capaz de levantarse, en una final, instancia nunca experimentada. Así, sin saber a qué sabe remontar en una final del mundo, los chicos tuvieron el carácter suficiente como para ir por el empate.
Destruyeron a una defensa muy bien trabajada y asfixiaron cada intento de salida de los medios rivales. Los ingleses, formados en Chelsea, Liverpool, Everton o Tottenham, fueron alcanzados en fútbol por el grupo de chamos nacidos y criados todos en el fútbol profesional venezolano (salvo el caso de Nahuel Ferraresi). Todos los demás fueron alumnos aventajados de la regla de la obligatoriedad del juvenil en cancha.
Venezuela, a medida que pasaban los minutos, buscaba el gol entre ceja y ceja, pero sin desorden. Nunca lanzó pelotazos al área porque sabía que esa era un arma defensiva de la Royal Air Force y por ahí perderían tiempo y ocasiones. Dudamel apeló a insistir con las combinaciones trepidantes de los creativos y la brega de Herrera y Lucena para recuperar y entregar, y casi se pudo lograr la igualdad ante una Inglaterra desorientada por el ímpetu contrario.
El seleccionador siempre pidió a sus futbolistas que en la toma de decisiones estuvieran convencidos en ejecutar lo que consideraban era lo más adecuado. Así Venezuela se enfiló al arco rival pero no le bastó para igualar el marcador, tampoco a Peñaranda desde el punto penal. La épica de semifinal ante Uruguay no apareció y el tiempo se hizo corto para tantas ganas.
Queda un camino enorme en este grupo que ahora se diseminará a lo individual. Ya no habrá más selección que los junte por edades (a menos que reaparezca la competencia preolímpica) y lo imprevisible se hará presente.
De ellos no dependerá exclusivamente su crecimiento porque algunos quizá se topen con técnicos y estructuras que no abran un espacio para su talento, o las circunstancias de vida que son tan aleatorias en un futbolista como en cualquier ser humano. Solo se les puede pedir que sigan trabajando en pulir los dones con los que cuentan y que mantengan esa actitud ambiciosa que les ha marcado diferencia con muchos otros procesos.
Que no se caiga en responsabilizarlos como grupo del futuro exitoso del fútbol venezolano; más bien que lo por ellos mostrado sirva de ejemplo para que los procesos formativos construyan generaciones que tengan los mismos estímulos y conceptos de juego. Ese es el verdadero saldo de esta inversión en apoyar a una de las generaciones más extraordinarias de futbolistas criollos.
Rafael Dudamel lo ha advertido: en la selección absoluta que tantos tumbos sigue dando, quien se descuide o ceda espacio será devorado por el hambre de gloria que trae esta muchachada del Sub 20. La misma sed de gloria que se ha quedado en lágrimas de subcampeonato, la querrán trasladar a otro escenario. Y la Venezuela futbolera, no estará sino agradecida de ello.]]>