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“The Haunting of Bly Manor”: terror en casa

Después de “The Haunting of Hill House” el director Mike Flanagan sigue explorando para Netflix el universo macabro de las casas embrujadas ahora con “The Haunting of Bly Manor”. Aglaia Berlutti traspasó esa puerta y regresó para contarlo

“The Haunting of Bly Manor”: terror en casa

En la película “El espinazo del diablo”, del director Guillermo del Toro, uno de los personajes describe a los fantasmas como “un instante de dolor, quizás. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar”.

Una percepción sobre la trascendencia de la tragedia como un fenómeno medible y temible. Pero, ¿qué ocurre cuando esa presencia insistente, misteriosa y en mayor parte amenazante habita un lugar? Para Shirley Jackson, autora de la novela fundacional La maldición de Hill House -quizás la historia más famosa sobre construcciones envenenadas por un mal primigenio- “una casa embrujada es el temor convertido en un espacio, en el magma mismo del horror”.

Para Jackson, Hill House no era solo una casa, era la raíz de mal. Y también una entidad violenta y misteriosa por sí misma. La novela transcurre en medio de la percepción de la atmósfera que rodea a la casa como punto central de la narración, pero también, reflexiona sobre la identidad de la construcción -una casa solariega que es descrita por la autora como “una presencia maligna y penitente”- como un personaje central dentro de la escalofriante trama de la novela. Palabra a palabra, escena a escena, Jackson crea la noción del mal reconvertido en una concepción sobre lo desconocido. En una connotación de lo sombrío que elabora un nuevo rostro para el miedo.

El director Mike Flanagan tomó la premisa y la adaptó con éxito para Netflix en la serie “The Haunting of Hill House” (2018), que sorprendió por brindar nueva dimensión al material original. El argumento no se limitaba a elaborar una percepción sobre lo maligno que habitaba en Hill House, sino que explotaba el misterio en un guion basado enteramente en la noción de la atmósfera, más que en los hechos sobrenaturales que puedan o no ocurrir en la tétrica propiedad centro de la historia televisivo. Un acierto que alejó a la producción de los clichés habituales del género.

"The Haunting

“The Haunting of Bly Manor”, la segunda temporada de lo que ahora es una serie antológica basada en casas embrujadas, también está dirigida por Flanagan y podría ser de una forma u otra, una nueva dimensión de ese ámbito del mal, siguiendo la concepción de lo que se oculta puertas adentro. Pero en esta ocasión, la serie carece de la solidez de su predecesora.

La historia, basada de forma libre en la novela Otra vuelta de tuerca de Henry James, está ambientada en 1987 y basa su efectividad en la duplicidad de la cuestión del miedo como algo más que una versión sobre la realidad. Si en “The Haunting of Hill House”, el tiempo y el miedo se entremezclaban con el dolor de los personajes como un punto clave para comprender el misterio en el centro del argumento, en “The Haunting of Bly Manor”, el uso de la emoción  -o la necesidad de Flanagan de mostrar el sufrimiento en el trasfondo de la historia - es tan evidente como para hacerse obvia, lo que hace al guion perder efectividad y capacidad para sorprender una vez que las primeras secuencias establecen contexto.

No solo se trata del hecho de que Flanagan redobla la fórmula de basar el terror en intrincados hilos sentimentales y secretos inconfesables, sino que usa el conocido relato de James, como una excusa para avanzar en medio de cuestionamientos morales innecesarios. El terror se anuncia, pero se muestra muy poco. Y el suspenso es una combinación de un ambiente enrarecido que Flanagan tiene problemas reales para sostener.

En esencia, la serie cuenta el mismo relato del libro: la adaptación captura el aire siniestro de Una vuelta de tuerca, aunque no su perecepción sobre lo espeluznante que se esconde en las sombras inquietantes de la mansión. De la misma forma que en la temporada anterior, el guion intenta un juego de referencias que, aunque funciona como hilo conductor a través del argumento, no logra ser otra cosa que una excusa para una narración en paralelo que se relaciona muy poco con el ritmo de la original.

Dani Clayton (Victoria Pedretti) es una niñera californiana que acepta el trabajo que le ofrece Lord Henry Wingrave (Henry Thomas regresa, de nuevo impecable y contenido) para cuidar a sus sobrinos huérfanos Flora (Amelie Bea Smith) y Miles (Benjamin Evan Ainsworth) en la enorme, extraordinaria y por supuesto siniestra Bly Manor.

Al igual que en la novela original, los secretos están en todas partes: una niñera murió en circunstancias poco claras, los niños parecen aterrorizados y afligidos, Lord Wingrave es un tutor distante y poco cariñoso. Pero Flanagan no logra crear del todo el ambiente enrarecido de la narración original, en la que la casa, convertida en un espacio claustrofóbico y amenazante, no sólo es una presencia por sí misma, sino que se enlaza hacia algo más elaborado que juega con hilos argumentales poco claros.

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Si en “The Haunting of Hill House”, Flanagan encontró la manera de crear un híbrido convincente entre el relato de terror original basado en la historia de Jackson y una revisión elegante del género con aire contemporáneo, en “The Haunting of Bly Manor” hay mucho menos sutileza al momento de reflexionar sobre lo que se esconde en los rostros inquietantes de los niños, en la ausencia del tutor, en los enigmas que guardan sus respectivas historias y en particular, en el oscuro corazón de la casa, convertida para la ocasión en un personaje que vigila con una sigilosa y siniestra atención.

Por supuesto, el relato de James está mucho más emparentado con el terror psicológico que con el sobrenatural, pero, aun así, Flanagan desaprovecha la oportunidad de profundizar en el miedo como un hilo enigmático que conecta a los personajes con la mansión, en una búsqueda de un elemento más profundo que el escalofriante que se sugiere sin verdadera solidez. Eso, a pesar de sus esfuerzos de elaborar una consistente mirada sobre el tránsito entre la identidad, la percepción de lo inasible y mucho más allá, de lo que se esconde en las penumbras de la mente humana.

Bly Manor está llena de secretos. Miles tiene un comportamiento perturbador, violento y al final, levemente siniestro que Flanagan trata de apuntalar con cuidadosos primeros planos e insinuando que el comportamiento del muchacho oculta algo más simple que el dolor de una pérdida reciente.

Flora está aterrorizada, convencida de que el espíritu de su madre muerta acecha en los largos pasillos de la casa. Incluso Dani tiene un secreto que guardar. Pero la tensión que podrían suponer los silencios superpuestos y la ambigüedad en el comportamiento de los personajes, pierde peso en la medida en que la serie se extiende en explicaciones anticlimáticas y en especial, en un recorrido superficial y poco convincente a través de esa otra percepción sobre el horror: el que habita en lo conocido.

Si en “The Haunting of Hill House” lo macabro era una capa superpuesta para enlazar un cuidado discurso sobre pérdida, el duelo y la ausencia; en Bly Manor la posibilidad del sufrimiento emocional no es tan firme como para elaborar una sensación real de urgencia. No hay peligro del cual huir, ni anuncio sobre lo que espera más allá de los terrores que se insinúan y tardan en llegar.

Los mejores momentos de la serie aparecen cuando Flanagan se sumerge por completo en el clima venenoso y el abundante subtexto psicológico con el que James dotó a su novela y que se reconocen en las mejores secuencias del programa. No obstante, la elegancia de las sucesivas capas de horror que el escritor combinó con un elemento malsano y amargo desaparecen una vez que el misterio se resuelve con inusitada facilidad y todo el argumento pende sobre la sencillez del terror convertido en algo semejante al puro sufrimiento. El guion navega entre pequeños baches argumentales y la necesidad casi incómoda de reflexionar sobre el mal de una manera tópica, incompleta y al final insustancial.

Bly Manor no está viva, a la manera en que lo estaba Hill House, de modo que la gran pregunta sobre lo que acecha es cómo se relaciona el recorrido por lo malsano que habita en el trío de personajes principales y en especial, en Miles, convertido en símbolo de lo siniestro. Pero Flanagan olvida pronto el centro de todas las preguntas que rodean a los personajes, para enfocarse en lo terrorífico alrededor de lo que gravitan, sin saberlo. El giro de guion tiene un efectivo capítulo que muestra el desarrollo de las grandes respuestas al misterio que plantea, pero el resto de la trama termina por decaer, ahora que todo es evidente y obvio.

"The Haunting

La premisa de James de una casa maldita cuyo terror -y el miedo que emerge de ella- no es casual, sino que se alimenta de tormentos psicológicos profundamente personales, desaparece en mitad de trampas de efecto y el intento de Flanagan de brindar una segunda mirada a la dimensión del miedo, ahora convertido en un eje concreto. De pronto, los personajes son algo más que víctimas propiciatorias de lo sobrenatural y su destino parece unido de manera inexorable a los terrores que habitan en su pasado y en su mente.

En algunos puntos, la serie apela al psicodrama para elaborar una respuesta directa acerca de lo que se esconde entre los rincones más oscuros de la casa. El trauma es el tema principal del argumento y se extiende en todas direcciones como una onda expansiva que abre todo tipo de posibilidades para comprender el sentido último del poder que sostiene a Bly Manor en pie.

Una y otra vez, director y guion meditan sobre las relaciones familiares traumáticas, los mecanismos que nuestra mente usa para ocultar el dolor y la forma en que las cicatrices del pasado elaboran un mapa de ruta hacia nuestra oscuridad interior. Pero el intento resulta fallido: con su aire tétrico pero su débil trasfondo emocional, “The Haunting of Bly Manor” es un juego de espejos turbio, en el que el relato termina por perderse en la oscuridad fatua de su ambiciosa, pero poco sólida propuesta.

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