"The Many Saints of Newark", la precuela que nadie necesitaba

El 10 de enero de 1999, HBO estrenó una serie que estaba destinada a la historia. "Los Soprano" mostró una nueva forma de narrar en la televisión. La precuela "The Many Saints of Newark", de Alan Taylor, es una mirada renovada al fenómeno en formato largometraje, pero sin su carisma y poder 

"The Many Saints of Newark", la precuela que nadie necesitaba

Tony (James Gandolfini) sufre de ataques de ansiedad. Tan fuertes y recurrentes que decide acudir al sillón del psiquiatra. Por supuesto, tiene suficiente presión como para que su salud mental se resienta. Es un peligroso jefe de la mafia. Debe lidiar con la amenaza constante y a la vez tener una vida normal. “Para nadie es sencillo, menos para mí”, decía Tony en el brillante piloto que pasó a la historia. Más adelante, quedó demostrado que la escena era el anuncio de una de las mejores narraciones sobre el crimen, la maldad contemporánea y el poder de una naciente industria basada en la cualidad de las series para expandir y profundizar en relatos complejos.

Catorce años después de su ambiguo capítulo final, “Los Soprano” regresan, pero no de la manera en que sus más devotos habrían deseado. La precuela “The Many Saints of Newark”, de Alan Taylor, tiene más intención revisionista que de película independiente al tronco original. Se trata de un recorrido por el mundo de “Los Soprano”, pero en especial, el mundo de la violencia, el miedo y la corrupción, todo desde el punto de vista de varias voces familiares de la serie original. Por supuesto, es un experimento arriesgado.

Tony Soprano es algo más que una leyenda televisiva. Es un símbolo de la recreación del antihéroe moderno, padre de Walter White y de Dexter, la figura macabra de una profundidad metafórica que deslumbró a la audiencia. ¿Cómo trasladar semejante magia a la pantalla grande? Alan Taylor no intenta imitar el éxito previo, sino que junto a David Chase (creador del programa y guionista del film), profundizan en el universo de “Los Soprano”. La familia está de nuevo en primer plano y las voces de los muertos (en más de un sentido) guiarán a los devotos de su memoria de nuevo por la pulida, a veces cruel y siempre realista violencia de un mundo marcado por la oscuridad de los hombres.

Chase, que por años soportó el asedio de prensa y fanáticos sobre la posibilidad de filmar una película conclusiva o que al menos, revelara el gran final de la serie, toma el sentido contrario. Retroceder a la juventud de Tony, hurgar en el pasado de la familia, es de una audacia asombrosa. Pero consigue algo novedoso: el hecho de recrear la base elemental de una serie que se basa en el relato invisible. “Los Soprano” estuvo llena de brillantes diálogos, de asombrosas miradas al tiempo y a lo maligno. Su precuela es el anuncio de esa nueva generación de mafiosos, capaces de asumir su debilidad y con hijos que buscan su nombre en internet.

Todo en “Los Soprano”, estaba creado para ser simétrico. Cada acción se vinculaba con un suceso más complejo, en una minúscula mirada al imperio de Tony, que se desmembraba y se elevaba, de un lado a otro de las miserias silenciosas. En “The Many Saints of Newark”, Taylor imita la estructura y además, pone especial énfasis en la necesidad consciente de mirar a sus personajes desde el agobio. Nada es fácil en lo que parece ser una página arrancada de una historia mayor y el punto es notorio en la forma de narrar de Taylor, obsesionado con los primeros planos y en especial, con la mirada voyeur sobre conversaciones levemente crípticas. Pero el espectro de un mundo más grande es inevitable. Uno más complejo del que hay breves ecos y que corre en subtexto sin dejar nunca de recordar el poder del relato que lo precedió.

Una herencia muy pesada

Quizás, el problema real de “The Many Saints of Newark” sea la supervivencia al mito. En una época de remakes, reboot y todo tipo de reconfiguraciones de personajes e historias de enorme arraigo, un nuevo intento por refrescar el rostro de un fenómeno, es una audacia que no siempre termina bien. Taylor, que ha tenido una carrera llena de traspiés cinematográficos y moderados escándalos por su apego a una narrativa personalísima, llega a la precuela de un éxito monumental con frialdad. Y es esa distancia la que crea una brecha dura de superar cuando la narración de “Los Soprano” se basaba en algo sustancial: la familia como centro motor del argumento.

La contradicción entre lo doméstico y esa otra familia, la criminal, siempre fue el eje a través del cual los personajes se movieron con dificultad. Taylor no tiene la facilidad ni la soltura para ir de un lado a otro.

Una de las cosas que más se echa de menos es esa sensación del valor de las pequeñas cosas. Este relato global, a veces roza lo genérico y lo hace por su incapacidad para relatar lo que ocurre dentro de los personajes, las vetas de sentimientos, furia y agresividad que los sostienen.

Pero si en “Los Soprano” ese recorrido era a piel viva, una empatía profunda hacia el antihéroe recién nacido, en “The Many Saints of Newark” es poco menos que una radiografía aséptica. Desde el padre de Tony, “Johnny Boy” Soprano (Jon Bernthal) hasta su madre Livia (Vera Farmiga), la familia adolece de simpatía o incluso, la cercanía necesaria para crear un nexo. Taylor maneja los hilos con corrección ejemplar, pero en realidad los vínculos entre lo que relata y lo que se esconde detrás de la intriga son muy endebles para resultar convincentes.

Por supuesto, “The Many Saints of Newark” no intenta ser “El Padrino” (Francis Ford Coppola — 1973) o mucho menos “Goodfellas” (Martin Scorsese — 1990), aunque el director se esfuerza por acentuar el parecido que el film guarda con ambos clásicos. Pero si algo definió a “Los Soprano” fue mantenerse al margen de las grandes historias ya relatadas sobre el crimen. Tony no era Vito Corleone ni quería serlo. Mucho menos Henry Hill o Jimmy “The Gent” Conway. Era un hombre rudo, violento que podía matar y también llorar. Un hombre cruel que podía explicar con elocuencia la oscuridad en su interior. Toda esa gama de belleza tétrica desaparece en el film de Taylor y es lo que más se echa en falta. Lo que hace que la película sea un indudable homenaje, pero sin el espíritu arrogante de un hombre capaz de sostener un arma y llorar de miedo a la vez.