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"The Stand": una buena idea de Stephen King condenada al fracaso en pantalla  

Mucha expectativa despertó el estreno de la adaptación de "The Stand" por CBS All Access. Pero lo que parecía una gran oportunidad para que Stephen King se diera el gusto de pulir algunas cosas de su novela, se pierde en el resultado final

"The Stand": una buena idea de Stephen King condenada al fracaso en pantalla  

Hace unos meses el escritor Stephen King debatió a través de su cuenta de Twitter sobre el capítulo ocho de la novela The Stand, con la intención de aleccionar a su considerable número de lectores acerca de los riegos de una pandemia de la envergadura de la de covid-19. Por singular que parezca, unos días antes, el autor había zanjado la discusión que le atribuía la “predicción” de la emergencia sanitaria que sacude al mundo. King se tomó muy en serio aclarar que su épica distopica fundacional era “un mero ejercicio de imaginación”.

No obstante, el capítulo 8 de la novela describe la facilidad con la que un virus puede propagarse por mero descuido y falta de previsión, además de profundizar en las catastróficas consecuencias que tiene el hecho de que el mundo no esté consciente de la necesidad de tomar precauciones extremas. Sea un ejercicio de imaginación o no, King incluyó a The Stand en un debate público sobre la posibilidad de una ruptura del mundo tal y como lo conocemos.

Un tema inquietante, en medio de una circunstancia como la de la cuarentena mundial y sus posibles consecuencias a corto plazo.

Tal vez por ese motivo la adaptación anunciada por CBS All Access y que llega a la pantalla chica este viernes 18 de diciembre, despertó desde su anuncio un especial interés. Ya fuera por una curiosa sincronía o por la circunstancia de que la plataforma decidió apuntalar su contenido con una de las novelas más pertinentes de King, la llegada de la historia de los sobrevivientes de un mundo diezmado por una epidemia incurable se consideró de inmediato como uno de los eventos televisivos del año.

Además de un reparto de lujo encabezado por Whoopi Goldberg y James Marsden, la producción cuenta con un final alternativo escrito por el propio padre de la criatura. King, que por años había batallado con su insatisfacción por la resolución de uno de uno de sus libros más complejos, al parecer había logrado encontrar el punto exacto en que podría reconciliar sus aspiraciones con el cuerpo de la estructura de la novela.

Pensada como un gran recorrido por todo tipo de regiones sobre la posibilidad de una tragedia inédita y el posible comportamiento del hombre común en una situación semejante, The Stand se analizó como la conclusión a un año en que el mundo vivió una experiencia a menor escala pero con implicaciones parecidas. ¿Podría «The Stand» ser la gran reflexión definitiva a una situación que trastocó el sentido de lo cotidiano en múltiples formas?

Sin duda, la serie “The Stand” dista mucho de serlo.

La adaptación de la novela más larga de Stephen King carece de brillo, solidez y padece de tantos problemas argumentales que por momentos parece una versión paródica de una narración compleja en la que convergen todo tipo de historias e hilos narrativos a la vez.

El resultado es un mapa muy amplio y desordenado de personajes que avanzan hacia un punto central, pero que carecen de motivación -o de cualquier hecho real- que sustente sus decisiones, e incluso de la mera concepción de lo trágico como algo más que un contexto borroso.

Mientras que en la novela la pandemia es un elemento que conduce y reconstruye la realidad, la adaptación toma la inaudita decisión de convertir la enfermedad  -y sus consecuencias- en una disparatada mirada hacia el apocalipsis como misterio.

Claro está, en la obra de King la condición del contagio es un hecho relevante y capital, pero los personajes — gente común enfrentada a la muerte y al trauma de la pérdida- deben lidiar con la ignorancia sobre su origen, de la misma forma que el lector.

En la serie, el argumento flaquea al analizar ese pequeño matiz sobre lo temible y elabora una acción plana que pasa de una escena de apertura que muestra las consecuencias de la colosal tragedia, para luego concentrarse en una serie de flashbacks que narrarán, en forma sucesiva, el contexto de los personajes. La misma fórmula fue utilizada por Damon Lindelof en “Lost” pero con muchos mejores resultados.

La necesidad de crear empatia entre el espectador y los personajes se hace forzada y artificial a medida que el guion desdeña las pequeñas historias en beneficio de echar una mirada poco congruente a la gran instantánea del mundo que se derrumba a su alrededor. Tal pareciera que el guion no termina de decidir si quiere mostrar los dolores y mezquindades de los futuros sobrevivientes o analizar, en la medida de lo posible, cómo podrán enfrentar la tragedia en puertas. Entre una y otra cosa, la serie oscila entre momentos de meticuloso detalle y otros, tan caóticos que para el segundo capítulo ya es evidente que perdió el norte y el sentido de orientación de su objetivo último.

Mucho ir y venir

La novela está basada en una estructura coral que permite entender al mundo y su ruptura como una gran totalidad. La serie intenta otro tanto, pero en lugar de crear la sensación de amplitud y de voces alternativas que se conectan de manera irremediable, parece más interesada en las historias de origen que convergen en medio de una consecuencia elemental. La pandemia está aquí y ya es inevitable, de forma que el guion prefiere contar cómo los personajes han llegado a donde están y por qué sufren lo que sufren. La fórmula podría ser válida si la serie estuviera destinada a extenderse a más de una temporada, pero muy pronto deja claro que se trata de una adaptación sucinta de The Stand y que se basará en exclusiva, en los hechos que resaltan en medio del conjunto de historias originales.

Los continuos, interminables y por último tediosos retrocesos para entender cada pieza del tablero de la estructura de la narración, terminan por pulverizar el impulso de avanzar.

La sensación de ir en círculos es inevitable y llega a convertirse en una carga en la mirada de la historia como un todo. La insinuación de que algo ocurre al límite de la historia está allí, pero a la vez, nunca se desarrolla del todo.

Preocupa que el showrunner Benjamin Cavell y el productor Owen King (hijo del escritor) intenten ser lo más literales posible al libro, sin lograr otra cosa que trasladar escenas esquemáticas sin mayor profundidad.

Tal pareciera que en conjunto, la serie tiene problemas para revelar sus secretos y cuando al final lo hace -en un anticlimático y apresurado final- , la sensación es que la relación entre lo que se cuenta y lo que se oculta es tan torpe como un riesgo poco calculado para la solidez de la trama.

En realidad, lo más desconcertante es que “The Stand” está plagada de lugares comunes, a pesar de provenir de una historia que rompió con cada estereotipo posible en narraciones semejantes. Este gran y amplio fresco sobre el apocalipsis carece de personalidad y se deja llevar por la urgencia -impostada y apresurada- de imitar o reflejar la crisis al otro lado de la pantalla chica. Pero el intento es tan poco acabado que “The Stand” termina por ser una combinación de muchas cosas que a la vez significan poco para el entramado general.

“The Stand” muestra en carne y hueso a los personajes clásicos de la novela, pero la incapacidad de los actores para imprimir vitalidad y credibilidad los convierte en sombras de sus pares literarios. Un caso en especial lamentable, es el del líder de los sobrevivientes Stu Redman (James Marsden) interpretado por el actor con un acento texano blando y peor ánimo. El que se supone será el centro de toda la lucha por el bien y el mal, debe unirse y medirse a una Madre Abigail (Whoopi Goldberg), que es el punto más firme de una narración cada vez más desordenada.

Al otro lado del extremo, Randall Flagg (Alexander Skarsgård), imprime carisma y buen hacer a un villano contemporáneo, en quizás la única muestra de imaginación del programa. Pero de nuevo, la serie cae en maniqueísmos innecesarios. Mientras el Flagg de Skarsgård es un prodigio de energía y mala intención, la puesta en escena cursi alrededor de Madre Abigail termina por convertirla en otra de los llamados “negros mágicos” que tantas críticas acarreó a King en la publicación de la novela y que en la serie, se hace un problema aun más pronunciado. Flagg y el mundo a su alrededor son un delirio de placeres y tentaciones, que se compenetra con los giros más retorcidos de la trama. Pero al parecer, el guion no encontró la manera de trasladar la bondad de Madre Abigail más allá que con un puñado de escenas oníricas e inconsistentes, que aplastan la posible confrontación hasta resumirla en solo dos escenarios distintos.

A lo largo de seis episodios “The Stand” vuelve a demostrar que es una durísima prueba de fuego para toda intención de traducir su complejo lenguaje a una versión distinta a la literaria. Anacrónica, sin mayores pretensiones y con un sentido de la oportunidad que resulta falaz y ridículo, la versión de CBS All Access carece de energía y personalidad como para convertirse en lo que la mayoría de los fanáticos de la obra original esperaban que fuera: un reflejo torvo de un mundo agónico.

En su lugar, se trata de un recorrido edulcorado por una batalla entre el bien y el mal que no importa demasiado a nadie. Tal vez, su mayor fracaso.

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