Tormenta en la Universidad Metropolitana

Tres de los cuatro miembros del equipo rectoral de la Unimet renunciaron a sus puestos. Incluyendo a Benjamín Scharifker. ¿Qué pasó ahí? Es lo que intenta responder Carolina Jaimes Branger

Tormenta en la Universidad Metropolitana

El pasado sábado 4 de septiembre recibí un mensaje de mi amigo Werner Corrales Leal quien, angustiado, anunciaba que Benjamín Scharifker había renunciado como rector de la Universidad Metropolitana. La noticia me alarmó. Soy ingeniero de sistemas de la Unimet -este año los integrantes de la VII promoción cumplimos 40 años de graduados- y entre 2002 y 2008 fui miembro de su Consejo Superior representando a los egresados, de manera que los lazos que me unen a mi alma mater son de larga data y aún más largo cariño.

Yo sabía que el Dr. Scharifker pensaba retirarse cuando cumpliera diez años como rector. “Tiempo más que suficiente”, había comentado hacía poco más de un año, pero entre una renuncia y un retiro hay una diferencia… ¿Cúan grande era esta? Mi inquietud se hizo todavía mayor cuando supe que la vicerrectora académica, la doctora Mary Carmen Lombao -quien tenía 35 años trabajando en y para la universidad- y la secretaria general, profesora Mirian Rodríguez de Mezoa, también habían renunciado a sus cargos. ¡Tres de cuatro miembros del equipo rectoral es demasiado!

La noticia corrió como pólvora entre los egresados. El Consejo Superior publicó un comunicado donde escuetamente anunciaba las renuncias, agradecía los aportes de los tres renunciantes e instaba a la comunidad universitaria a brindar apoyo a las nuevas autoridades. Sin embargo, un mensaje difundido por el Dr. Scharifker me llenó de más interrogantes y sobre todo, de mucho dolor:

“Queridos amigos, en la tarde de ayer renuncié al rectorado de la Universidad Metropolitana. Tras algunas diferencias de criterio sobre el rumbo que debe tomar la universidad, entre otras cosas en lo que se refiere a la investigación y su impacto sobre la necesaria transformación del aparato productivo nacional, surgieron una serie de cuestionamientos de diversa índole, que en lugar de ser resueltos por la vía racional con atención a sus causas, se optó resolver mediante decisiones no consensuadas. No pudiendo compartir ese modo de proceder, decidí presentar mi renuncia. Fue necesaria. Las desavenencias entre el equipo rectoral y los miembros del Consejo Superior pretendieron ser resueltas por la imposición en vez de la razón. Eso es inaceptable en una institución universitaria. El autoritarismo y la arbitrariedad son siempre una amenaza; la libertad y la justicia son valores que debemos hacer valer en todo momento, y los debemos defender no sólo de las amenazas que puedan provenir del poder del Estado. Hay otros poderes e intereses que los pueden poner en riesgo y contra ellos también debemos mantenernos alerta para defender la autonomía. ¡Abrazos!”.

“Las desavenencias entre el equipo rectoral y los miembros del Consejo Superior pretendieron ser resueltas por la imposición en vez de la razón”. ¡Esto es gravísimo! En toda institución hay desavenencias. Pero resolver imponiendo -y sobre todo en una universidad, donde la opinión del Consejo Rectoral debe pesar tanto como la del Consejo Superior- es un exabrupto. Decidí que para formarme una idea de qué era lo que había pasado, tenía que conocer las versiones de ambas partes. Así podría acercarme a cuál era “más o menos” la realidad. Envié mensajes a tres miembros del Consejo Superior y recibí respuestas de dos de ellos.

El primero, me dijo que “toda estrategia implica cambios y ahora asume el reto un nuevo equipo rectoral con gran experiencia y conocimiento de nuestra universidad, con cuyo liderazgo profundizaremos en la conceptualización de la universidad que queremos y que tiene el reto de impulsar iniciativas y proyectos que nos conduzcan hacia el propósito estratégico de ser un motor para el desarrollo del país”. Una respuesta impecable de la que no tengo objeción alguna. Me parece muy bueno que las instituciones se renueven. Pero esa renovación de la que mi amigo habla debería empezar por el mismo Consejo Superior. Hay directores que nunca van, me consta porque lo viví. Otros que llevan ahí décadas… ¿por qué no abrirles paso a nuevos participantes? Eso también podría permitirle a la universidad progresar. Cuando terminé mi periodo en el Consejo Superior muchos de sus miembros me propusieron que me postulara para ser reelecta. Mi respuesta fue un “no” rotundo: tengo que ser consecuente con mi manera de pensar y actuar: si yo estaba en contra de la reelección en Venezuela ¿iba a ser yo la excepción de la regla? ¡De ninguna manera!.

El otro director que me respondió, por otro lado, no estaba de acuerdo con lo que había sucedido. Sentía que el presidente del Consejo Superior, Luis Miguel Da Gama, se había negado a conocer todas las versiones para orientar sus decisiones, y simplemente “decidió disparar antes de preguntar”. También estaba preocupado por el asunto de la gobernanza, un tema importante en el plan de McKinsey (los consultores externos que están diseñando la estrategia, no solo administrativa, sino global de la universidad para los próximos años), que tampoco fue atendido porque, por supuesto, involucra al Consejo Superior. Cuando le pregunté si había expresado su desacuerdo, me respondió que “ya la decisión estaba tomada y que el problema de fondo -o al menos una parte muy importante del problema de fondo- es que los que se sientan en el Consejo Superior se creen dueños de la universidad y por supuesto, eso los hace inamovibles”. Le pregunté que por qué no había renunciado si sentía eso y hasta allí llegó nuestro chat. No me respondió. Pero sus palabras retumbaron en mi mente cuando leí por enésima vez en el comunicado de Scharifker: “hay otros poderes e intereses que los pueden poner en riesgo y contra ellos también debemos mantenernos alerta para defender la autonomía”. ¡Yo no puedo creer que el Consejo Rectoral -o tres de sus exmiembros- estén en contra de los cambios relevantes para la universidad! Y hay miembros del Consejo Superior (no los conozco a todos) que sé que tampoco.

Pero lo cierto es que cualquier poder sin restricción conduce al abuso. ¿No es acaso lo que ha hecho el régimen? ¿De qué nos quejamos entonces? Quizás no sería mala idea que todos se leyeran el Código de Ética de la universidad.

Los líderes tienen que proteger los valores, incluso por encima de las leyes, porque las leyes pueden ser ad hoc y los valores están por encima de ellas.

Hago votos porque en esa casa que, como dice su himno, “se ilumina para darnos la luz del saber” se apegue a su brújula moral para que pueda seguir llevando a muchas generaciones de venezolanos “por caminos que llevan al bien”.

PS: Mi gratitud y mi respeto a mis amigos Benjamín, Mary Carmen y Mirian. Y mis deseos de éxito a la doctora Natalia Castañón, nueva vicerrectora académica y rectora encargada.