Trump, Biden y el medio ambiente: opuestos extremos

Las cartas están echadas y mientras de un bando y otro sacan cuentas y se señalan con la virulencia de las posiciones extremas, proponemos revisar algo que sí nos atañe a todos de forma inevitable: ¿qué podemos esperar en cuanto a asuntos de medio ambiente de quien resulte ganador en la contienda por llevar las riendas de la potencia estadounidense?

Trump, Biden y el medio ambiente: opuestos extremos

“El concepto del calentamiento global fue creado por y para los chinos”, tuiteó Donald Trump en 2012: “para hacer a la manufactura de Estados Unidos no-competitiva”. Era uno de los primeros indicios del giro de postura en el que se embarcaba pues, tres años antes, Trump había sido uno de los firmantes de un manifiesto en el New York Times donde varios líderes empresariales expresaban su apoyo a nuevas legislaciones climáticas. Desde entonces, Trump se lanzó en una extraña cruzada mediática para calificar al cambio climático como una farsa: “Una tormenta de nieve rueda de Texas a Tennessee”, tuiteó en 2013: “Estoy en Los Ángeles y está helado. ¡El calentamiento global es una total, y muy cara, farsa!”.

Así, en un espiral de tweets llamándolo “bullshit” o una farsa “para justificar impuestos más altos”, llegaría a su más extraña conclusión: los farsantes, al darse cuenta de que los inviernos ahora son más fríos, se habían visto forzados a renombrar al calentamiento global como cambio climático. Nadie parecía haberle informado que el deshielo enfría las corrientes de aire en diciembre, causando inviernos más fríos.

Pero, en un país donde la línea entre realidad y reality show se hacía cada vez más difusa, Trump tomó las riendas del elefante republicano y llegó a la Casa Blanca. Desde entonces, su discurso ecologista se volvió ambiguo y contradictorio: negó haber dicho que era una farsa inventada por los chinos, aceptó la existencia del calentamiento global pero dijo que no estaba seguro si era causado por el hombre, siguió usando los inviernos fríos como argumento, acusó a la lucha contra el cambio climático de promover el gasto público y el despilfarro, luego aceptó que sí es causado por el hombre pero preguntándose “¿hasta dónde, por cuál período de tiempo?”; llamó a los conservacionistas “profetas del fin y el apocalipsis”, se auto-proclamó ecologista y juró –en la página web de la Casa Blanca– “eliminar políticas innecesarias y dañinas como el Acta de Acción Climática [de la administración Obama]”.

Mientras tanto, la Organización Meteorológica Mundial de Naciones Unidas informó que los 20 años más calurosos en los registros han sido en los últimos 22.

Trump no está solo en su negacionismo climático. Según un estudio del Center for American Progress Action Fund, 150 congresistas –todos republicanos– no creen en el consenso científico (97% de científicos climáticos publicados) de que la actividad humana está calentando al planeta.

Es decir, que 60% de los legisladores republicanos (28% del Congreso actual) son negacionistas climáticos.

De hecho, en 2017, Trump propuso a la conservadora Kathleen Hartnett White para el Consejo de la Casa Blanca sobre Calidad Ambiental, pese a que en un programa de radio se refirió al calentamiento global como “un tipo de paganismo” para “las élites laicas”.

Sorprendentemente (¿o no?), el electorado piensa diferente: según una encuesta de Monmouth University de 2019, 78% de los entrevistados afirmaron creer en el cambio climático y en sus posibles impactos. Esta figura incluía una mayoría republicana, de 64%: un aumento de 15% desde 2015.

Pero, si toda la evidencia científica apunta a un cambio climático creado por el hombre y el electorado no es mayoritariamente negacionista, ¿por qué la élite política republicana está tan empeñada en negarlo? Por los intereses económicos de las petroleras y empresas de hidrocarburos en un partido creyente en la desregularización económica total.

Como bien explica Lee McIntyre en su libro Post-Truth, han sido las empresas petroleras y los hermanos republicanos Koch (grandes financistas del partido) quienes han creado una plétora de think tanks de derecha para producir investigaciones y estudios que nieguen el cambio climático. Así, en directa oposición al consenso científico, estos think tanks –siguiendo la estrategia original de las tabaqueras de crear investigaciones que negaran el efecto de los cigarros en la salud– han buscado negar el calentamiento global y asegurar las agendas económicas de sus financistas de la mano de los republicanos.

Trump contra el medio ambiente

Originalmente, el ambientalismo fue una causa bipartidista. Fue el presidente republicano Theodore Roosevelt quien creó los primeros cinco parques nacionales además de 51 reservas de aves y 150 bosques nacionales. Y el republicano Richard Nixon fue quien –en 1970– creó la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) y firmó, tres años después, el Acta de Especies Amenazadas (ESA). Pero esos días han quedado atrás y, en una era donde las investigaciones científicas son tratadas como meros asuntos de fe, la administración Trump se ha embarcado en lo que tan solo puede describirse como una cruzada total contra el medio ambiente.

Es más, hoy, Estados Unidos –tras su retiro por parte de la administración Trump– es el único país del mundo que no está participando en el Acuerdo de París.

Según un análisis de la Universidad de Columbia, la administración Trump se ha movilizado para hacer retroceder 164 regulaciones relacionadas con el medio ambiente. Aunque varios intentos están siendo contestados por grupos ambientalistas o gobiernos estatales, al menos 72 leyes ambientales ya han sido disueltas. Además, la administración ha sido vocal y directa en cuanto a su apoyo a promover la explotación petrolera y la construcción de tuberías de gas en parques nacionales. De hecho, aprobó dos sistemas de tuberías petroleras que han levantado protestas y oposición pues atraviesan parques nacionales y reservas indígenas.

En abril del 2020, la administración Trump aprobó nuevos estándares de emisiones vehiculares que se estiman causarán mil millones de toneladas de dióxido carbono nuevas. Esto incrementará  las emisiones anuales de Estados Unidos por un quinto. La propuesta es tan solo una continuación de la regla de Energía Limpia Asequible aprobada por Trump en 2019, que no limita las emisiones y que reemplazó al Plan de Poder Limpio de la administración Obama.

También, en 2018, el Departamento del Interior anunció que permitiría la perforación petrolera y de gas en casi todas las aguas americanas, siendo la expansión más grande de explotación marítima de hidrocarburos alguna vez propuesta. Un año después, el gobierno de Trump aprobó la explotación petrolera en las costas de la Reserva Nacional de Vida Silvestre en el Ártico ubicado en Alaska: hogar de osos polares, caribúes, lobos, linces y águilas calvas.

El ESA también ha sufrido las mordidas gubernamentales: en 2020, se propuso reducir la definición de ‘hábitat crítico’, reduciendo las áreas que pueden ser permitidas por ley. Igualmente, este año, se levantaron protecciones al bosque nacional más grande, permitiendo la tala.

Es un ataque en todos los frentes: desde relajar las penalidades a compañías que accidentalmente maten aves (por ejemplo, en un derrame petrolero) del Tratado de Aves Migratorias de 1918, hasta cortar reservas de vida silvestre y prevenir el intercambio genético de especies como el lobo, el ocelote y el jaguar por medio del muro fronterizo con México.

Y como estos cambios legislativos, decenas más: reduciendo las regulaciones sobre contaminar aguas, explotar zonas protegidas, emitir gases y mercurio y proteger especies cuyos territorios podrían ser de valor económico. Sin cambio alguno en sus propuestas, un segundo mandato de Trump significaría una continuación de este ataque masivo contra el medio ambiente y el planeta, cada día más caliente, con poblaciones de insectos y anfibios al borde del colapso, arrecifes de coral achicharrados que amenazan con acidificar los océanos, huracanes y sequías que prometen refugiados climáticos. No sorprende la preocupación de los conservacionistas: no solo serían daños masivos a bosques, tundras y lagos, sino un incremento de emisiones de dióxido de carbono que podría ser irreparable.

Go Green, Go Biden

¿Qué propone la oposición a Trump? Creyente en el cambio climático, la propuesta ambiental del demócrata Joe Biden solo puede ser descrita como diametralmente opuesta a la de su contrincante republicano: invertir 2 billones –trillion, en inglés– de dólares en el plazo de cuatro años en un programa masivo para la construcción de infraestructura de energía renovable que crearía millones de empleos verdes nuevos (actualmente, Estados Unidos sólo invierte 15 mil millones en el cambio climático, comparado con 700 mil millones en el complejo militar).

Así, en los Estados Unidos verdes de Biden, se construirían 500.000 estaciones para cargar vehículos eléctricos, se incrementaría el uso de energía solar, eólica y de otras fuentes renovables, se promovería la construcción de vehículos eléctricos americanos y se buscaría acabar para 2035 con el uso de combustibles fósiles para producir energía. Una propuesta revolucionaria y ciclópea que ha sorprendido hasta a los medioambientalistas. Si la propuesta se mantuviese en pie, la proyección es que Estados Unidos produzca cero emisiones netas en 2050.

Además, Biden ha prometido restaurar las protecciones medioambientales retiradas por la administración Trump y retornar a Estados Unidos al Acuerdo de París, que busca la colaboración internacional para prevenir que las temperaturas globales aumenten sobre dos grados centígrados. “El cambio climático es un reto que va a definir nuestro futuro americano”, dijo en un discurso anunciando su plan, “sé que lograr este reto será una oportunidad única en la vida para sacudir nueva vida a nuestra economía, fortalecer nuestro liderazgo global y proteger nuestro planeta”.

La propuesta de Biden, a su vez, dista del Green New Deal (Nuevo Pacto Verde) que la bancada progresista de los demócratas (y en especialmente la congresista socialista Alexandria Ocasio-Cortez) ha propuesto en el Congreso: un grupo masivo de legislaciones, con muchos fines y pocos medios, que propone reemplazar los vuelos aéreos con trenes de alta velocidad, la construcción masiva de infraestructura para crear empleos, el reemplazo del combustible fósil con energías renovables en un lapso de diez años, salud pública y gratuita, atacar las injusticias medioambientales, asegurar viviendas dignas para todos los americanos y remodelar todos los edificios de Estados Unidos para que sean energéticamente eficaces.

Un plan utópico, y prácticamente inviable, que ha quedado paralizado en el Senado y que Biden ha rechazado frontalmente.

Aun así, el Green New Deal ha influido en el plan Biden: originalmente, este abogaba por tan solo 1,7 billones de dólares en un lapso de diez años. Pero también hay diferencias notables, además de los lapsos, pues el plan de Biden no incluye salud pública, no busca crear vías ferrocarrileras de alta velocidad ni un plan de viviendas tan masivo como el del Green New Deal. Además, como Biden y su vicepresidenta han dejado constatado en los debates, su plan no aboga por la ilegalización del fracking: la práctica de perforar el subsuelo y fracturar la roca con agua y otros químicos para liberar gas, técnica que el movimiento medioambiental ha denunciado como nociva para el medio ambiente y las comunidades del área.

Pero, buscando el voto de condados de clase obrera de Pennsylvania y estados del Mid-West (áreas donde el fracking provee cientos de miles de empleos), la campaña de Biden se ha limitado a proponer tan solo la prohibición de nuevos sitios de fracking en tierras públicas. Además, ha incluido en su tolda a la BlueGreen Alliance, una alianza de sindicalistas y medioambientalistas que buscan asegurar una reforma ambiental sin afectar los derechos y estilos de vida de los trabajadores de clase obrera. Por ello, esta organización podría ser clave en la renovación masiva propuesta por Biden de la infraestructura energética y los empleos que esta produce.

De todos modos, la posición pasiva de Biden ante el fracking podría resultar contradictoria con otra de sus propuestas ecológicas: responder a las injusticias medioambientales. Estas podrían incluir la contaminación de aguas debido al fracking: desde Colorado, Ohio y Wyoming hasta sesenta sitios de Pennsylvania y Nueva York, según un estudio de la Universidad de Duke.

Aun más preocupante, un plan tan masivo como el de Biden quizás no sea suficiente: según un reportaje de septiembre de este año de The Economist, las reformas contempladas –como otras medidas que se están proponiendo o llevando a cabo en la Unión Europea y China– no serían suficientes para mantener la temperatura a 2 grados de los niveles pre-industriales y mucho menos el 1,5 necesario para limitar el impacto del cambio climático.

También, en caso de una administración Biden, lo arraigado que está el negacionismo climático en la élite política republicana podría significar un obstáculo fuerte en el Congreso y augurar un futuro gobierno republicano anti-ecologista financiado por las petroleras y empresas de hidrocarburos. Por ello, un cambio en la posición climática y medioambiental del Partido Republicano en los próximos años es la única garantía de la persistencia de estas reformas y protecciones medioambientales.

Mientras tanto, los dos caminos posibles de la nación más poderosa e influyente de la Tierra son claros.

Por un lado, un negacionismo climático que lleve a un incremento drástico e irreparable de emisiones de dióxido de carbono, la destrucción de reservas y parques nacionales, la explotación descontrolada de la tierra y la eliminación de especies para dar paso a petroleras, tuberías y empresas de tala que alimenten los bolsillos de quienes financian el negacionismo con el que se sustentan: una Tierra condenada, de sol ácido y osos polares famélicos en una tundra transformada en lodo.

Por el otro, la colaboración entre gobierno y ciencia para proteger los lagos y montañas que inspiraron a los pioneros estadounidenses y para asegurar un cambio masivo de la industria energética que augure aires más limpios, aguas más transparentes y praderas salpicadas de pantallas solares y molinos de aire. Un mundo verde, frondoso, donde las aves naden en las aguas sin temor al petróleo y donde los lobos y bisontes recorran praderas sin tuberías y bosques sin incendios.