Amores perros

¿Tu vida es plena sin tener o haber tenido un perro? El autor, filósofo y editor, plantea la interrogante y expone aquí su romance canino

Fue una tarde después de un largo almuerzo, mientras caminábamos de regreso y atravesábamos la Plaza Altamira, que el que para ese momento era mi abogado hizo un comentario inquietante: «Yo perdí 45 años de mi vida».

-¿Por qué?, me apresuré a preguntar.
-No tenía perro, contestó solemne.

Para quien no haya tenido un perro puede parecer una exageración. Para quienes los tenemos o tuvimos es una verdad del tamaño del sol.

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“Mi perro”, es una expresión absoluta y en consecuencia atemporal: hay quien tiene o ha tenido varios pero todos son “mi perro” en absoluto y nunca modificado por circunstancias. La relación que tiene uno con su perro no se parece a nada: hay una complicidad comunicativa de la cual solo participan dos.

Es más: uno de los súper poderes de los perros es su capacidad de establecer relaciones diferentes con cada una de sus personas. Así, en una misma casa un perro trata de distinta manera a cada uno de los miembros de su familia: respeta los límites de quien llora y hasta llega a abusar de quien se deje.

Pero todo lo que tiene que ver con el amor termina inexorablemente en el terreno de lo divino: esto por el simple hecho de que no ha nacido el primer ateo tan vergatario que pueda explicar qué coño es el amor en términos racionales. Amamos y no sabemos por qué: lo único que se acerca a explicarlo es que el creador nos hizo con esa capacidad y por esa capacidad es que el ser humano es lo más perfecto y lo más imperfecto que se conoce. Es por eso que somos lo que somos.

La diferencia es que un perro no duda, no se cuestiona el amor. Ama y ya está. Nosotros los seres humanos tenemos una relación conflictiva con el amor de la misma manera que la tenemos con Dios: dudamos, cuestionamos, lo despreciamos y, dice Nietzche, que hasta lo asesinamos.

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Los perros son seres perfectos, sin contradicciones: no andan con la pendejada de la correspondencia, de la competencia, del soy yo el que da y tú el que recibes y toda esa bolerística asociada al amor humano.

Pero hay algo más: en ninguna otra relación una de las partes, si no ocurre ninguna desgracia, es testigo de todas las demás etapas de la vida de la otra parte. Los perros son cachorros, adultos y ancianos frente a nosotros. Podría decirse que tienen la secreta misión de enseñarnos cómo es el ciclo de la vida o, puede decirse que son portadores de una verdad socrática: la vida es la preparación para la muerte. La vaina es que no nos es dado saber para qué nos preparemos.

Dicho todo esto, si no has tenido perro, déjate de perder tu vida y ten uno (diría el doctor).