Así es lanzarse en parapente

Tuve la fortuna de experimentar un vuelo. Lanzarse en parapente no es como te lo esperas. Puede ser hasta una experiencia mística y relajante si así te lo propones. En Venezuela hay muchísimos sitios desde donde puedes realizar el vuelo acompañado de instructores certificados. Yo lo hice en El Jarillo

Hacía mal tiempo. Igual tenía los lentes de sol, me parecía que iban con la actividad, nunca me había lanzado en parapente ni paracaídas, así que ese especial vértigo era nuevo.

No era miedo, pero veía a los demás participantes en el proceso y me daba el característico vacío en el estómago. Prendí un cigarro para tratar de relajar la sensación.

Un gran parapente planeando sobre un pueblo, sobre todo desde la cima de El Jarillo, parecía mínimo. Traté de buscar dónde habíamos estado anteriormente y no reconocí nada desde esa altura. Estábamos a unos 2.000 metros.

Las ganas de hacer pipí las aniquilé, sentía que si me iba, al regresar no habría nadie y me perdería de la experiencia. También el hambre pasó a un segundo plano, aunque eran las 3 de la tarde no estaba preocupado por almorzar y eso es un poco raro en mí.

-¿Cuánto pesas tú?

-83, le dije a uno de los instructores que acababa de aterrizar. Era mentira por unos 2 o 3 kilos, pero como el límite era 90 no quería acercarme tanto.

Igual me dijo que «estaba muy pesado» y tenía que esperar.

Me frustré un poco porque estaba listo para intentarlo, pero le hice caso. Vi como esa pareja de parapentistas de lanzaban voluntariamente al vacío. Vi a otros hacer lo mismo al rato. El mal tiempo se acentuaba.

Tardaron mucho en ese vuelo, como 30 minutos cuando normalmente dura 20 el trayecto. Supongo que les costaba agarrar un buen «viento» para aterrizar. Cuando llegaron, bajándose de una Jeep antigua pero increíblemente bien mantenida, me dijeron que esos eran los últimos dos vuelos, que no se podía más.

Le expliqué que quería hacer mucho esto, que me habían mandado a esperar y que además, necesitaba hacer un trabajo del asunto.

-Te tenías que montar de primero más bien, cuando había mejor tiempo.

El cielo estaba completamente nublado. Un poco aterrador. El tipo me miró de arriba a abajo y tuvo algo de compasión.

-Vamos a darle, pues.

Tras esas palabras nos dirigimos a los límites del tope de la montaña, desde donde empiezas a ver el barranco y te imaginas lo doloroso que pudiera ser la caída si algo sale mal. El vértigo crecía mientras un ayudante me indicaba cómo ponerme un bolso y el casco. El que dirigiría el viaje estaba arreglando los hilos del parapente, extendiéndolos para que no se enredaran y posando la tela sobre la grama como una sábana.

Cuando está perfectamente extendido es impresionante como se levanta. El instructor se enganchó a mí por detrás, fuera de chinazo, y me indicó que tenía que sostener unas correas del bolso con las manos. Por los que preguntan por el recostón, no hubo, porque había un bolso de por medio («Ayyyyy»).

-Si yo te digo que corras, corres sin parar, después te sientas, me dijo con firmeza el instructor

-¿Corro? ¿Hacia dónde?

-Hacia allá, apuntó al barranco.

-¿Y cómo me siento?

-Coño, el bolso es una silla y cuando estemos volando te sientas. ¡Corre!

Corrí con toda mi alma y no avancé tanto, el ayudante me jaló hacia adelante y ahí empezamos a avanzar más, cada vez más cerca de caernos por el barranco. Cada dos pasos nos acercaban a esa línea entre la corrida y un coñazo seguro.

De repente, levantamos vuelo. Fue como abrir los ojos a una perspectiva nueva. Obviamente lo es, pero el sentimiento es inexplicable, pequeñez diría que es el primero, al saber que eres un punto mínimo entre tanto paisaje.

-Qué vaina tan arrecha, pensé en voz alta.

Parapente-UB-DiegoVega2

El bolso de verdad se transforma en una silla, por cierto. Te vuelves uno con el viento porque no sientes que te pega en la cara o te interrumpe la voz, te mueves con él. El instructor fue planeando dando vueltas sobre todo El Jarillo. Fue un vuelo corto por el mal tiempo, pero no se sintió así. Pude disfrutar al máximo cada segundo.

Para los más miedosos, alguien comentaba que esto no era tan «violento» como lanzarse de paracaídas y es así, el vuelo es muy tranquilo.

Fuimos descendiendo hacia un campo de béisbol, donde habían varios niños practicando. Le pregunté al instructor si ellos sabían que íbamos a aterrizar ahí.

-Creo, fue su respuesta, que me desconcertó un poco, pero después me daría cuenta de que están muy acostumbrados al movimiento.

-Y el aterrizaje… ¿Es rudo?, pregunté pensando en un golpe contra la grama.

-No vale, cuando yo te diga sube las piernas.

A los pocos minutos así me lo indicó y lo hice: el aterrizaje fue tan «rudo» como sentarse en una silla de oficina. El mismo tipo de impacto. Me sentí como un mariquito por preguntarle.

Mientras esperábamos a que aterrizara su compañero, el instructor prendió un cigarro y lo imité. Fumar hoy en día tal vez es un acto más arriesgado que lanzarse de parapente. Le pregunté si alguna vez se había «medio matado» en su profesión. Me lo negó, después recordó que cuando se certificó se puso a inventar unas maniobras con un parapente defectuoso y se fracturó. Eso es lo máximo que le ha pasado a Rodolfo, con 32 años de vuelo encima.

-Lo que pasa, chamo, es que cuando uno ya sabe volar solo cree que se las sabe todas y empieza a inventar cosas que no domina todavía, ahí es que pueden venir los coñazos.

Me pareció una manera increíble de cerrar la experiencia. Tamaña lección me dejó Rodolfo: nunca confiarse, por más alto que vueles.

Para lanzarte con ellos visita su cuenta en Instagram: @parapente_eljarillo