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Bodegónzuela: viaje a las regiones dolarizadas del nuevo país

Elías Aslanian volvió a su casa y encontró al país convertido en Bodegónzuela y a Caracas como la capital de los contrastes severos, de lo tusi y la sifrinidad que busca aire y refugio

Bodegónzuela: viaje a las regiones dolarizadas del nuevo país

El primer shock al regresar a Bodegónzuela, incluso más que encontrar a Maiquetía con aire acondicionado y guardias nacionales en scooters eléctricos, es la proliferación de vallas en la autopista.

En mi última visita a Caracas, hace un año y medio, las vallas estaban vacías; eran pancartas blancas y derruidas. Ahora pululan en ellas toda suerte de publicidades del ‘nuevo país’: criptomonedas, bodegones, Traki, porno-bluejeans para tusis, Canaima, Los Roques y puerta-a-puerta.

El carro entra a Las Mercedes a través de uno de esos puentes metálicos de guerra. Entre las quintas transformadas en tiendas –codo a codo con los perrocalenteros, con el Mater, con la tienda de alfombras persas o con la Guadalupe– se alzan nuevas torres de hormigón y vidrio.

La zona es ahora un nuevo El Rosal al otro lado del Guaire; un monumento tanto al lavado de dinero como a las fortunas corporativas encarceladas en el país de las regulaciones chavistas. Es la Caracas de fin de década. Es esa city upon the hills fundada por los dólares de las remesas, por las fortunas brotadas de las heridas corales y turquesas del Orinoco lleno de mercurio, por los narcodólares y por todo aquello que han auspiciado sanciones y perestroika clandestina por igual.

Bienvenidos a las regiones dolarizadas. Bienvenidos a Bodegónzuela.

Un poco más allá del polvo y las vigas de las torres en construcción, abruptamente, aparece esa Caracas verde y gentil; esa Caracas de samanes, de hojas gruesas, de jabillos, de espinas y de guacharacas. Así, felizmente, pienso –entre la ofuscación del nuevo país– en llegar a mi casa, ver a mi familia y comer plátanos.

Ecología de lo dantesco

La mesera corta el pain perdu antes de echarle caramelo. Mi amiga, una dirty blond de suéter amarillo y ojos con maquillaje platinado, graba con su teléfono. Un muro de vegetación apenas separa la terraza del restaurante y sus cojines multicolores y sus cubiertos dorados; uno de esos nuevos locales que pop-up por las quintas restantes de Las Mercedes y las transversales de Chacao como parte de ese rave gastronómico que ahora vive la ciudad, con sus jugos verdes, su quínoa, sus carpaccio a domicilio, su queso libanés, su semana francesa o su salsa L’Entrecot.

Caracas tiene dólares y Caracas quiere comer.

Dentro de un mes el restaurante será un hotbed tusi. Pero, por ahora, es un abrevadero para todas esas especies hermosas y aberrantes que coexisten en el zoológico que es Caracas. Saludo caras conocidas, de aquel mundo velado de colegios privados y clubes campestres, de pollinas del San Ignacio y mamás Jefferson.

Veo a jerarcas estatales, a gordos enormes con chemises Polo de caballos gigantescos, suéteres de estampado Fendi, bolso de escolta y zapatos Valentino fosforescentes.

Por la puerta cruzan dos tusis con hotpants y chalecos largos, encaramadas en plataformas blancas y tratando de mantener el balance con grandísimas carteras de marca, falsas melenas catiras y una cara reinventada por las cirugías y coronada por una nariz de Froilán. Ecología de lo dantesco.

Afuera, entre 4Runners acorazadas y enjambres de escoltas, mi amiga le da cash verde al valet. Muertos están todos los bolívares, hablaría el Zaratustra de nuestros tiempos.

El carro avanza por Las Mercedes y las calles con nombres de ciudades se hacen pasarela de bodegones que parecen Publix.

Bodegónzuela libre asociada

Ciudad asombrosa, a pesar de las semanas que llevo en ella.

Las estatuas neoclásicas de Los Próceres envueltas en luces navideñas. El río de excremento que es el Guaire iluminado por una hermosísima cortina azul de copos de nieve eléctricos. En las noticias pululando en las redes sociales Maracaibo es devorada por las penumbras.

“20 trump”, me dice un comerciante para referirse al precio dolarizado de un libro. Una tienda de electrodomésticos hasta el tope en Chacao. “¿Aceptan Zelle?” en restaurante de lujo y panadería de letreros neón por igual. Vallas horrorosas de colorinche que dicen “no+ Trump” infinitas veces y vallas ridículas de realismo social soviético alabando las virtudes del socialismo. Páginas porno y de noticias bloqueadas por Conatel. Un Tesla. Una G Wagen azul eléctrico en El Aranjuez. Un BMW. Un Ferrari. Vicios de una boligarquía que las sanciones han dejado sin libre tránsito.

El Centro Comercial Santa Fe, como el Eurobuilding, es ahora un zigurat sagrado de bodegones. Señoras rubias de clase media alta y clase alta, en licras Nike, compran avena Quaker, Pepto-Bismol, botellas de agua mineral Kirkland, Barbies de Frozen, Legos y harina de panquecas Aunt Jemima.

Cual Puerto Rico, o quizás como esa calurosa Vietnam anexada por Estados Unidos y cuyo trópico es sacudido por restaurantes de comida rápida en el mundo ficticio de la serie Watchmen, el país se transforma –a pesar de las diatribas marxistas en la televisión– en Venezuela Libre Asociada.

Náusea existencial

El club es un cayo antiséptico en medio del desierto de lo real. Desde una silla plástica en el área de la piscina –en medio de palmeras, arbustos de hojas anchas y un monolítico reloj Rolex– observo más atrás de la ciudad lejana y del frondoso campo de golf, el poderío de un Ávila verde con amplias sombras azul celeste que promete volverse anaranjado y lila con el pasar de la tarde.

Sobre nosotros –bebo Cuba Libre con mis amigos– sobrevuela un enjambre frenético de cientos de golondrinas negras. Esta isla anacrónica, este remanente de la Venezuela Saudita, es un santuario escasamente penetrado por las nuevas burguesías y sus muñecas.

Con sus ojos de Bambi, sus pieles de melocotón, sus genes mediterráneos revolcados y sus voces de mandíbulas dislocadas, caminan por el club las hijas de ese sector social despedazado que alguna vez los revolucionarios mentaron de “oligarcas” e “hijos de inmigrantes de mierda”.

Aquí me escondo del nuevo país, de ese capitalismo oligárquico naciente –con sus monopolios clientelistas, sus modelos rusos para dividir los recursos cual torta, su crecimiento para tan solo unos pocos y su techo bajo que seguirá generando enfermos y excluidos– y de esa perestroika clandestina que promete mil años de chavismo privatizado.

O quizás sea un replay de la Nueva Política Económica de Stalin; un espejismo corto, un respiro entre dos bloques de estalinismo.

Náusea existencial: se habla de privatizaciones, se cuenta en dólares, y se consume americano; pero nada queda de nuestras libertades civiles.

Lo expropiado no es devuelto, la política es ahora un mero teatro ante la autocracia expansiva, todo cruje bajo la bota policial y de nada sirve nuestro voto. Impunes, corruptos y sátrapas reciben aplausos y hacen de príncipes entre las miserias. Nada es lo que debía ser: el mercado y la democracia vendrían de la mano, y auspiciarían un paraíso liberal sobre pozos de petróleo.

Pero la democracia no hizo puesta en escena y el mercado, en la forma de un capitalismo oligárquico o quizás un mercantilismo pretendiendo ser otra cosa, fue encaletado en los maletines de la revolución. Aspiramos a los Chicago Boys de Chile, o a los IESA Boys de CAP II, pero terminamos con Yeltsin y sus oligarcas del Kremlin.

Wasteland

El Tolón, ese barco de ladrillos enclaustrado en Las Mercedes ha concluido su estrambótica transformación de mall a parque temático de la tusicultura: Tusilandia, con su altísimo árbol navideño patrocinado por Swarovski y su tienda Psycho Bunny brand new, pero con Tecni-Ciencias y Nacho, las librerías, cerradas.

Pasando la tienda Perry Ellis con vitrinas decoradas con falsas cromointerferencias de Cruz Diez, veo a un estilista conocido de la farándula nacional: una de esas “celebridades” de Televen o Globovisión, nulas y engreídas, que visten camisas florales y terminan envueltos en fangosos escándalos de corrupción.

En los balcones –criadas en las fábricas de los concursos de belleza baratos, de esos campos de exterminio de la singularidad– las Barbies de silicón, auspiciadas por sus santos patronos, hacen shopping: pelo alisado, senos esféricos, piernas largas en mini shorts, plataformas, reflejos rubios, labios rellenados, lentes de sol de mosca sobre la nariz miniaturizada y regalitos bonitos. Verdaderos experimentos de laboratorio.

Sus pimps, dependientes o patrones también revolotean en Tusilandia: copetes extraños, cejas perfiladas, botines estrambóticos y chemises Hugo Boss apretadas contra los pectorales de gimnasio missístico. Fauna de wasteland tóxico.

Hito del desclasamiento: con su Zara de varios pisos que prometía traer próximamente todas las tiendas de Inditex y sus restaurantes lujosos del piso 5, esto fue por un tiempo el efímero abrevadero de la tout Caracas joven.

Ahora hay otra tout Caracas de cuerpo plástico y gorras de estampado Gucci: las criaturas de Bodegónzuela.

Tusa

Las caras conocidas, en vestiditos brillantes y blazers negros, se derraman por las escaleras y entre los sofás de La Esmeralda después de la medianoche. Fiesta navideña que sigue a la cena casera de Noche Buena, con sus abuelos y sus gaitas.

Aquí resuena el estruendo del reguetón y la electrónica, sacudiendo los cuerpos de una juventud afluente que se reencuentra –¡llegaron los de Madrid! ¡los de Miami! ¡los de Boston!– comiendo tequeños y tomando Santa Teresa con Coca-Cola.

Esta noche –bajo los rayos de luz móviles de un aparataje lumínico que cuelga del techo y el resplandor de grandísimas pantallas– la sifrinidad caraqueña se puede dar el gusto de ignorar los maremotos rosados de una tusidad creciente y viral que busca desmenuzarla y morderla.

La gente parece feliz y despreocupada en Caracas, como si atrás hubiesen quedado los días negros –literalmente negros– del apagón de marzo o el agrio sabor del Guaidó affaire. Nada se gana con negar los cambios de ánimo.

Siguen las ruinas huecas de los hospitales, el crujir de los estómagos vacíos, el paludismo, las puertas abiertas de los cuarteles, el desangramiento terrenal del Arco Minero y las “perreras” en reemplazo a los autobuses destartalados. Pero en Bodegónzuela los cafés están llenos, el tráfico vuelve a hacer de las autopistas unos vastos garajes y las ventas se disparan en bodegones y bazares por igual.

La efervescencia política en las poblaciones tiende a debilitarse con el pasar del tiempo en las dictaduras prolongadas, dice Ana Teresa Torres, llevando a una búsqueda por normalizarse y encontrar una suerte de estabilidad –o propósito– en medio del cansancio.

Suena “Tusa” y el frenesí relampagueante de la rumba continúa. Me encuentro con la gente de siempre, las caras del colegio, de los cursos de verano en Estados Unidos, de los matrimonios, del club; los habitantes privilegiados de ese mundo de cielos de piscina y ángeles color de tenis que alguna vez pensaron que la revolución roja tomaría sus campos de golf y sus casas para desearles un triste destierro a Miami.

Pero el marxismo se deshizo en bodegones y dólares: Bodegónzuela.

Refugio en Cumbres

Las alcantarillas de las calles sinuosas de Colinas de Bello Monte –con sus villas mid-century enclaustradas en árboles de mango, ese castillo de piedra que es el Monumento a la Paz y su ruinosa morgue– están destapadas. Los huecos resultantes han sido rellenados, como un racimo grotesco, con palos y basura para evitar que los carros caigan en ella.

Más arriba, el quiosco Génesis Nitopi –alguna vez conocido por sus muchas revistas importadas– está cerrado. Ahora es una cáscara verde y destartalada recubierta de graffitis.

Cumbres de Curumo –con nuevos postes de luz led, que hacen blanca la noche, y calles de islas paisajísticas– cuenta otra historia.

La valla de Maduro en su entrada junto a unas grandes letras blancas hollywoodenses con el nombre de la urbanización iluminado, muestran lo que el periodismo ya ha dicho: la llegada masiva de sátrapas y jerarcas revolucionarios que, con la intención de hacer un santuario apparátchik en los márgenes del Fuerte Tiuna, se mudan a las grandes quintas espaciosas que alguna vez poblaron doñas radicalmente opositoras.

Epidemia rosa

Es noche de jueves. Los comensales de aquel icónico restaurante italiano de La Castellana cortan los filets y prueban los risottos bajo la luz tenue que ilumina los pisos geométricos, la mueblería fina, la escalera serpenteante y las amplias ventanas que muestran palmeritas.

La multitud, quizás por una obra milagrosa del santo patrón de Chacao o por encuentro privado de sociedad secreta sifrina, se compone de las caras conocidas de siempre: las voces roncas, las blusas holgadas con encaje blanco, las joyas con ojos turcos, las mangas arremangadas de la camisa blanca en los hombres, las carteritas de noche y los manierismos sifrinos.

Aun así, las conversaciones hablan de la epidemia rosa: chismes de matrimonios devastados por insta-escorts, peleas de gatas tusis en comentarios de Instagram y cuentos inmorales en Tulum. No creo que haya sido mero azar el brote de cuentas de parodia contra las muñecas rosadas que han surgido en las redes en los últimos meses.

En esta Caracas, bajo la mesa, también hay rabia.

Caracas con hambre

Maduro sonríe, con audífonos y micrófono, desde la amplia valla utópica del edificio de Conatel en Las Mercedes. A escasos metros, a medida que el Hotel Tamanaco se asoma entre el cielo de tarde y el elevado de la autopista, dos hombres escarban en las bolsas de basura arrinconadas en la acera. Las revisan a profundidad, recogiendo restos de comida que consiguen entre el plástico y la podredumbre.

Caracas tiene dólares y Caracas tiene hambre.

Unos días después, sentadas en sillas frente a la Plaza Alfredo Sadel y con toda su parafernalia, dos mujeres ancianas en vestidos florales piden limosna. Parecen desvanecerse, erosionadas por la larga vejez y la larga tristeza, junto a las almas decoloradas que entran y salen del Tolón y junto al polvo terracota que brota de la torre nueva alzándose frente a ellas.

El país de la felicidad

Duele dejar a Venezuela: han hecho efecto las mordidas de las libélulas iridiscentes del oasis, de esa isla verde de placeres y risas entre las ruinas huecas.

Hago check-in en el tanque de ansiedad que es el aeropuerto en Maiquetía. Una de las empleadas que trabaja en el counter de Copa le dice a un pasajero que “¡Ya no quieren a este!”, mientras toma su pasaporte venezolano. El señor le responde que “¡Eso era antes!” y ambos ríen.

Maiquetía ha cambiado. Ahora hay aire acondicionado, máquinas nuevas en seguridad y hasta una pecera de multicolores peces de agua salada justo después de pasar los puestos de emigración. Las caras llenas de lágrimas que despiden familiares migrantes siguen.

En seguridad, mientras mis cosas pasan por los rayos X, veo que un pasajero pelea con los guardias nacionales sentados –tediosos– junto a los sensores. “En un país normal el sueldo mínimo debería alcanzarles, ¿no?” les dice alterado. Uno de los guardias, sin inmutarse desde su banco, le responde en un tono sardónico: “Pero esto no es un país normal, esto es Venezuela: el país de la felicidad”.

Pienso, entonces, que el hombre fue matraqueado. Pero se retira, los guardias se miran silenciosamente entre ellos y una guardia mujer dice: “Se arrechó solo, porque nadie le dijo nada”.

En remate

En mi maleta llevo varios libros de artistas venezolanos de Armitano Editores. La editorial desapareció con esas bellezas impresas de páginas lustrosas, fuentes gruesas y galerías de fotos. Los compré en una librería repleta de libros viejos y únicos en Paseo Las Mercedes.

Entre las pilas de libros, el dueño –un argentino o uruguayo, no lo sé, con una franela de una banda de rock– me ofrecía, emocionado ante mis múltiples compras, varios de los libros vintage, particulares e interesantes sobre el país y su cultura. “¡Ya no saldrá más nunca!”, me decía de cada libro con tono apocalíptico, como si el país hubiese terminado y se estuviesen rematando sus archivos, su cultura; su ser.

Yo preferí disentir.