Cinemanía

El terror descafeinado de "Líbralos del mal"

Después de “El Mono” y “Longlegs”, el director Osgood Perkins dejó claro que era incapaz de tomarse el terror de la manera sencilla. Algo que confirma en “Líbralos del mal” aunque sin tanta habilidad como lo había logrado en sus cintas anteriores. Retorcida, graciosa y atmosférica, sorprende pero no encanta

líbralos del mal
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En “Líbralos del mal” (2025), Osgood Perkins apuesta por el minimalismo emocional, luego de sus excesos brutales “El Mono” o la retorcida y oscurísima “Longlegs”. Y lo hace siguiendo el estilo que ya define su filmografía: una atmósfera cada vez más enrarecida, que envuelve a personajes a menudo para llevarlos a la locura. Desde el comienzo, la cinta transcurre con una serenidad casi clínica y es evidente que el director intenta plantear algo claro. Este fin de semana de los horrores que están a punto de vivir los personajes se volverá peor, pero para que la trama llegue a ese punto va a transcurrir un buen rato. 

Por lo que en «Keeper» -su título original- la cámara observa, mide, espera en una especie de reflexión sobre lo que el miedo puede ser o lo que, por otro lado, lo puede causar. El recurso es inteligente y bien construido; podría ser una forma de antesala a lo espeluznante. Pero por algún motivo, esta vez Perkins no consigue que esa previa al miedo (un bosque en sombras, un camino a oscuras) sea tan efectiva como en otras ocasiones. De hecho, se siente masticado y sobreexplicado, al dejar claro que los personajes (y el espectador con ellos) se dirigen a la casa definitiva del terror. No obstante, que lo tengamos claro no implica necesariamente que esa certeza sea efectiva en pantalla.

A pesar del fallo, la historia avanza hacia su conflicto: el miedo como experiencia inevitable. Para eso, el guion (que también escribe el director), sigue a Liz (Tatiana Maslany) una artista con ironía afilada y radar sentimental defectuoso. En medio de una situación compleja, acepta pasar unos días en una cabaña remota junto a su pareja, Malcolm (Rossif Sutherland), cuya amabilidad permanente despierta sospechas automáticas. Nadie es tan correcto sin guardar algo en el ático. Y de hecho, pronto la película deja claro que el monstruo escondido es más aterrador de lo que nadie podía suponer.

Claro está, un viaje semejante promete intimidad incómoda, conversaciones tensas y ese hormigueo previo al desastre. El director usa esa sensación de que todo puede empeorar como un prólogo detallado que muestra a sus personajes. Sin embargo, la película se extiende más de lo necesario en ese punto, hasta que el silencio pesa más que la intriga.

“Libralos del mal” tiene verdaderos problemas para encontrar su tono. ¿Nos dirigimos al horror en estado puro? ¿La pareja en cuestión es el símbolo de algo más retorcido? Sin explicaciones, gracia y tampoco una pausa, el argumento parece avanzar en desorden durante sus primeros veinte minutos.

La película comete un error imperdonable para cualquier premisa de terror: hacerse tediosa casi por accidente. Cuando por fin ambos cruzan la puerta de la casa, el relato decide activarse, pero el impulso llega con retraso. El espectador ya ha mirado el reloj mentalmente varias veces.

Perkins parece confiar en que la quietud genere ansiedad; en cambio, genera la sensación que “Líbralos del mal” tiene verdaderos problemas ser más que este anuncio perpetuo de que algo está a punto de ocurrir.

En especial, porque el argumento apuesta mucho más a la insinuación caótica que a mostrar algo que pueda ser de interés. La dinámica entre Liz y Malcolm se sostiene en miradas que sugieren más de lo que dicen, o de eso intenta convencer al espectador buena parte de una serie de escenas de relleno. Lo que se lamenta de “Líbralos del mal” es la sensación insistente de que, mientras se lanzan pistas de que esta casa en mitad del bosque alberga el mal, la cinta dedica demasiado tiempo a espesar el suspense. Un recurso común y que el director ha utilizado hasta ahora con habilidad.

líbralos del mal

No obstante, esta vez no resulta. Mucho menos, resulta claro o incluso, deja entrever a dónde nos conduce. En particular, cuando la tensión romántica (o lo que sea eso que intenta mostrar Perkins) se mezcla con un presagio sobrenatural que todavía no encuentra forma. De pronto, el giro es claro: una escapada íntima convertida en prueba psicológica. Sin embargo, la deficiente ejecución de Perkins tarda en decidir si quiere ser estudio de pareja o relato de posesión emocional. Entre ambas cosas, esta película de terror que pretende ser más ingeniosa de lo que puede, falla estrepitosamente.

Arquitectura que respira

Por supuesto, cuando la casa toma protagonismo, “Líbralos del mal” encuentra su pulso visual. El director de fotografía Jeremy Cox filma el espacio como si fuera un organismo atento, vivo y a punto de tomar el control de la narración. Algo que comienza a ocurrir en metáforas más o menos elaboradas: las ventanas observan, los pasillos parecen ajustarse al ánimo de Liz. No hay planos generales tranquilizadores; los encuadres cerrados impiden orientarse. Por lo que la cabaña deja de ser refugio y se convierte en presencia.

Pero el giro tarda tanto en llegar, que este caldo a fuego lento entre terror y thriller termina por aburrir demasiado pronto.

El hecho de que Perkins, además, se niegue a mostrar qué es exactamente lo que pasa o, en cualquier caso, dejar la explicación al aire, desconcierta por completo. En especial, porque la película parece incompleta y construida a partes de algo más elaborado que nunca llega a mostrarse por completo.

El montaje de Greg Ng y Graham Fortin introduce transiciones que rozan lo onírico. Un gesto cotidiano se funde con imágenes del bosque, como si el entorno y el cuerpo compartieran sistema nervioso. Estas decisiones formales aportan inquietud genuina. El problema surge cuando la estética sustituye al avance dramático. Las señales se repiten. Las sugerencias se acumulan. La trama avanza a pasos cortos.

Mientras eso ocurre, la película se desgasta en interminables clichés de género. Ruidos nocturnos. Pasos misteriosos. Sueños que interrumpen la vigilia. El esquema se repite con disciplina mecánica. Perkins busca transmitir encierro psicológico, aunque el efecto termina siendo circular. Al final, quiere provocar miedo solo por la posibilidad de que algo extraño pueda estar ocurriendo. Además, insistiendo en que el espectador imagine qué pasa realmente antes de ordenar las piezas en una idea real. 

Eso, a pesar de que Tatiana Maslany sostiene el centro emocional de la película con buen humor y una habilidad notable para la autoparodia. Liz transita del entusiasmo prudente a la paranoia con matices claros y con notoria rapidez. En específico, cuando Malcolm se ausenta por asuntos en la ciudad y, finalmente, el horror se despliega a cabalidad. Pero para entonces, ya transcurrió casi la mitad y un poco más de la película, por lo que todo tiene un aire apresurado, desordenado y al final, decepcionante. Como si la historia de fantasmas que imaginamos es mucho mejor que la que cuenta la película.

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