Claudia La Gatta ... una linda gatita

De dos cosas no puede escapar: de su condición de modelo incluso en su carrera como actriz y de que la gente siempre le encuentre un sinuoso lado gatuno que va más allá de su apellido. Aquí la tienes, con orejitas y todo, en este entrevista hecha en nuestra redacción hace casi 4 años a Claudia La Gatta. Lo bueno siempre se repite

Hay nombres que parecen definir a la gente. En su caso, aunque fuese una Hernández o una Pérez de las que tanto abundan, igual le dirían como le dicen: “la gata”.

Claudia –sus ojos, su rostro, su alargado torso- tiene esa curiosa condición felina más allá de la obvia referencia de su apellido La Gatta: un asunto de elegancia, de movimientos seguros con cierto aire de displicencia, un toque parecido al misterio, la discreta coquetería, la actitud de quien anda en su mundo, como pisando levemente el suelo que comparte con los demás.

Así va por este centro comercial: en ropa de entrenar, es decir, un mono tipo pescador de color azul y una camiseta marrón a la que cuesta encontrarle denominación porque es como un sujetador, como la parte de arriba de un traje de baño o algo así. En fin, una prenda que deja a la vista algunas curvas de su trabajada figura: “Trato de ir todos los días al gimnasio. Si no voy en dos días siento que el culo me llega a los tobillos”.

Así que vamos a la sala de máquinas y resultó que hoy es día de ejercitar piernas y glúteos… y entre serie y serie chatea por el Blackberry.

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Claudia La Gatta, hija de padre italiano y madre canaria, es la menor de tres hermanos. Caraqueña, nacida en octubre de 1979, comenzó en el modelaje casi sin querer: un día, al salir del colegio, la vieron en una panadería y allí mismo le propusieron improvisar un casting para la agencia de Luigi Ratino. Y otro día: “mi mamá, que es una farandulera, me inscribió en un concurso en el Club Italo”. El evento lo organizaba Ratino y ahí flechó a su booker Daniel Zapata: “Ella es extraña, pero tiene algo”.

Tiene algo: él lo vio primero. Y temprano: tenía 16 años.

Meses después, y con unos kilos menos, fue a dar a la Quinta Miss Venezuela, pero entre cientos de mujeres el ojo del zar no la enfocó: “Me piqué, claro”. Hasta que Osmel Souza la vio en el público en un desfile de Scutaro y dio la orden: “Giselle, persíguela a ella”. Y terminó con la banda de Miss Barinas 1997: “Llegué detrás de la ambulancia”.

“Lo que quería del Miss Venezuela era que me operaran los senos y eso lo conseguí”, dice burlona: “Es que yo era así”, añade y golpea la mesa con la mano abierta: “Como una tabla”.

Reconoce, con todo, que la experiencia fue positiva más allá de los discretos implantes: “La pasé bien. Y además, siempre te ayuda en la carrera”.

De ahí en adelante se fue quitando el caminar de las misses y despegó una fructífera carrera en pasarela –“ese siempre fue mi fuerte”- durante los buenos años en que Venezuela tenía desfiles de moda más o menos importantes. También posó en montones de editoriales y participó en comerciales de Stayfree, Mi Vaca, Movilnet, Bassinger, Sedal y fue, además, imagen de las tiendas Gina durante cinco años.

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Ese tiempo agitado –en el que también trabajó en Austria y en México- pasó y aunque extraña la pasarela y la publicidad asume su posición así: “Hacer castings ya me da ladilla, si alguien me quiere como imagen de alguna campaña, bien, pero ya dejé de ir a castings. Estoy más metida en la actuación”.

La faceta de actriz no tuvo que ver con su relación con el actor Luis Gerónimo Abreu, con quien se casó en abril de este año. Arrancó más bien a partir de otro empeño de Daniel Zapata: “Yo siempre le huía a las cámaras, pero Daniel empezó con el fastidio…”.

Así que hizo un pequeño curso y se presentó en Venevisión a una prueba con Arquímedes Rivero en la que tuvo que improvisar una pelea siendo una tal Fiorella con un enamorado medio enloquecido y todo en la oficina de Rivero, mientras éste hacía mil cosas: “Teníamos que seguir, si te detenías perdías”.

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Y como no perdió, obtuvo un pequeño papel en Sabor a ti (2004) como lo que era: modelo de una agencia. Luego estudió el asunto más en serio con Héctor Manrique y pudo desarrollar un personaje de niña-boba-del-campo en El amor las vuelve locas –“me ponían unos vestidos feísimos”- y después se “emparejó” con Amílcar Rivero –“con mi gordo”- en Los querendones. De ahí saltó a RCTV para hacer de novia de Gustavo Rodríguez en Mi prima Ciela y entrarle al teatro en piezas dirigidas por Manrique.

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Hoy tiene un papel destacado en La mujer perfecta y su personaje es una modelo del tipo “bichita, pero romántica”. Esa es una curiosidad de su historia como actriz: si hay un personaje modelo, parece que siempre piensan en ella. Incluso en su, hasta ahora, única participación en el cine: la película mexicana Travesía del desierto, dirigida por Mauricio Wallerstein, próxima a estrenarse. Pero ahí las cosas son un tanto diferentes: protagoniza junto a Humberto Zurita y ahora sí hace de chica mala.

“Es un personaje complejo, una ex top model metida en el narcotráfico y que además consume piedra. La tipa es una zingona… hay escenas muy, muy fuertes… pero me gustó. Espero que cuando vean la película entiendan que uno puede hacer de todo, que para eso soy actriz”.