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Confesiones de un Grinch venezolano

Llegó el fin de año y con él, la Navidad. Esa época llena de risas, juegos, fraternidad y en la que todo lo malo que ha pasado en los últimos once meses se olvida para dar paso a nuevos sueños y experiencias.

Confesiones de un Grinch venezolano

No la soporto.

 

Soporto a la felicidad que viene con todo esto. Es un sentimiento muy agradable y necesario, más en estos tiempos. Hablo de cosas específicas que hacen que el monstruo verde y peludo en mi corazón salga a relucir en el último mes de cada año.

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Cuando era pequeño, eran las pasas y las aceitunas en las hallacas o el pan de jamón. “¿Quién querría torturarse con esto?” me preguntaba a mí mismo sin saber que años después, poco repararía en qué tiene o no el plato navideño antes de devorarlo. Eso sí es algo que nunca dejará de gustarme.

Cuando me preguntan si me gusta la Navidad, o qué haré en Navidad, o a dónde iré en Navidad (Navidad, Navidad, Navidad), me conformo con responder encogiéndome de hombros.

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Pero si me dan cuerda y, producto del vigor decembrino que avivó sus ganas de hacer amigos y no callarse, siguen acusándome: “¿Cómo que no sabes? Es Navidad, tienes que hacer algo”. Empiezo con la primera razón que suele venir a mi cabeza:

Sí sé qué haré: No poner arbolito.

¿Por qué? Porque da más pereza que levantarse temprano un domingo.
Tanto alboroto y adorno para tenerlo agarrando polvo un mes (o dos, si eres de los que engrapan a enero como un diciembre 2.0). Sí se ve bonito prendido y todo eso, pero me conformo con uno de estos:

Arbolito

Además, ya ni tenemos pinos de verdad, y si me dices que te emociona estar estirando cada ramita del árbol de plástico que no huele ni a ambientador de carro, te estás engañando.

La segunda razón es la maraña de cables de las luces de navidad. Vean esto:

Joyce byers

¿Entienden la frustración y odio? Me gustan los rompecabezas, pero la línea entre ellos y esta tortura es una que no cruzo.

A medida que fui creciendo y dejaron de importarme los regalos, me di cuenta de que la Navidad gira casi completamente en torno a ellos, aunque haya que parir para conseguirlos, y no alrededor del supuesto Espíritu que debería acercar a la gente.

Comprendo que dar un regalo en la situación en la que estamos es una demostración titánica de cariño y atención, pero qué aburrimiento emprender la búsqueda casi obligatoria de algo que un familiar o amigo no tenga todavía solo porque sí. También soy tacaño, pero esa es otra historia.

Nunca me han gustado las gaitas. Lo dije. Ni cuando las escuchaba de pequeño en reuniones familiares en casa de mis tíos, ni cuando mi colegio participaba en los festivales o cuando pasaba carro tras carro con Gran Coquivacoa a millón frente a mi casa.

No es que sean malas, pero la única época en la que las escucho es esta y no se convierten en un ambiente musical placentero, sino en una entidad omnipresente que te aturde con volúmenes escandalosos a donde sea que vayas.

Y, finalmente, la razón que articula a todas las demás y le da sentido a mi desdén por la época decembrina: dura más de lo que debería.

Apenas desaparecen los esqueletos, los disfraces y las calabazas, se cuelgan las guirnaldas, y se montan los árboles y los pesebres.
Los carnavales duran sus tres o cuatro días y se van, Semana Santa tiene sus fechas claras, y Halloween goza su noche del 31, pero en lo que llega el primero de noviembre, los negocios y balcones se forran de lucecitas -que de alguna forma desenredaron a tiempo-, y no se esfuman hasta finales de enero.

Y no sé si es idea mía, porque no hago compras navideñas, pero las ofertas que se hacen en diciembre son puro cuento. ¿Acaso no suben los precios (obviando el hecho de que suban cada día) justo antes de diciembre para después “rebajarlos” hasta el costo original?

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En fin, mi desprecio hacia la Navidad no es tanto hacia ella, sino a lo que en la hemos convertido: un cúmulo de parafernalia, obsequios y exhibición que gritan “¡Mírame, soy navideño y tú no!”. Algo para hacernos sentir bien y olvidar lo mierdas que hemos sido el resto del año.

Ah, y esto de usar las fiestas como excusa para cualquier cosa es algo de lo que sí me aprovecho. Unos dirán: “¿Subí 10 kg? Qué importa, es diciembre”, “¿Gasté todo los aguinaldos comprando tonterías? Qué importa, es diciembre”.

Yo también puedo: “¿No salgo de mi casa ni a patadas? No importa, es diciembre” “¿Borracho a las 10:00 a.m.? ¡Viva la Navidad!”.

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