Crónicas Psicotrópicas: La conchita de Alonso

Eric Colón Moleiro es periodista y músico. Durante un buen tiempo estuvo al frente de UB. Se ha puesto memorioso y desvergonzado y decidió contar algunas de sus aventuras en el libro Crónicas Psicotrópicas, publicado este año en Argentina. Y como UB sigue siendo su casa reproducimos acá uno de sus textos a propósito de un tema que nuestros lectores recordarán muy bien

 

Los hechos no dejan de existir porque se les ignore.
Aldous Huxley

 

 

De las innumerables leyendas urbanas que escuché en Venezuela desde que era niño, hubo una que siempre capturó mis fantasías. Una que hablaba sobre una supuesta película pornográfica que habían protagonizado María Conchita Alonso y Orlando Urdaneta en los años setenta.

Recuerdo haberlo conversado en entretenidos recreos durante el sexto grado, mientras desayunaba un humeante “tequeñón” con limonada de vasito.
—Mi hermano la vio —aseguraba Carlos Eduardo.
—Sí. Pero parece que se ve mal, no se reconoce si es ella en verdad —cuestionaba muy seriamente Leo, mientras se arreglaba el sello de la camisa blanca en una de esas mañanas frías de Caracas que poco a poco fueron siendo cada vez más esporádicas hasta que un día, sin más, desaparecieron.

En los recreos del colegio Instituto Escuela en Prados del Este, se podían escuchar muchas historias relatadas en primera o tercera persona. En aquel entonces, la única red social que existía era el boca a boca, pura oratoria e histrionismo auténticos. Por supuesto que los mejores narradores siempre transmitían las mejores anécdotas. Y estamos hablando de casi los mismos códigos que rigen al periodismo desde que existe: veracidad, objetividad, síntesis. Porque si las historias eran inverosímiles, inmediatamente la audiencia —con la sincera severidad que caracteriza a los niños— las identificaba como falsas y el autor quedaba tachado de por vida, incluso hasta la adultez, me consta, de algo que llamamos en mi tierra “mojonero”. Ese chamo es “tremendo mojonero”, se decía.

Cualquier persona que haya crecido en Venezuela, tiene dentro de su círculo personal de amigos y conocidos un ranking de “mojoneros oficiales”, por así decirlo. Desde el mitómano patológico hasta el que es “medio mojonero”. Ese que te lanza un “mojón” de vez en cuando. Algo de poca relevancia, cada dos meses.

De ese baúl de cuentos, mitos, leyendas y hazañas también puedo rememorar algunas que marcaron mi vida y que se remontan al pasado de esa ciudad de Caracas que a veces añoro: la jevita de Santa Paula a quien los padres la descubrieron “tirando” con su perro, la aterrorizante predicción sobrenatural que vaticinaba que el cerro Ávila se abriría con rocas de magma porque en realidad no era una montaña sino un ¡volcán gigante! Y claro, por supuesto, el rumor político del momento: Carlos Andrés Pérez tiene la nariz reforzada con placas de aluminio porque se mete mucho perico.

Aquello era sencillamente asombroso, terrorífico, asqueroso, todo al mismo tiempo, y cuando lo pienso bien, hablamos de mediados de los ochenta, justo en la misma época en que se estrenó la película Terminator (1984). Futuro. Robots cocainómanos. Acción Democrática. Demencial. Así de mágicas y abrumadoras eran aquellas historias escolares.

Y no sé si fue por el furor hormonal de la pubertad o porque María Conchita realmente me hipnotizaba cuando la veía en la pantalla del televisor a colores de mi cuarto, pero aquel relato prohibido de porno venezolano hecho por esa flaquita rica dominaba mis pensamientos infantiles más pecaminosos, al igual que el rumor que corría sobre su adicción a la cocaína y que por esa razón movía la naricita como la bruja Samantha de Hechizada. La gente decía que María Conchita estaba todo el tiempo “jalada” pero nunca me lo creí. Lo que tenía era un tic nervioso.

No recuerdo cuál era la telenovela del momento o en qué programa de bailes y concursos aparecía regularmente. Fantástico. Sábado Sensacional. Lo cierto es que estaba en revistas, afiches, canciones, programas de televisión y al parecer, en películas porno también.

La prensa especializada vaticinaba que la cantante —otrora llamada A’mbar— era una promesa de Hollywood, la primera venezolana que iba a llegar a la gran pantalla. Aquello había que verlo para creerlo, pero con el tiempo los pronósticos se hicieron realidad. Mientras se esfumaban las leyendas urbanas, los venezolanos la descubríamos semidesnuda en una película junto a Robin Williams llamada Moscow on the Hudson (1984) y unos años después, para mi asombro, con el mismísimo Terminator, Arnold Schwarzenegger, en ese fatídico largometraje de ciencia ficción, The Running Man (1987).

Y así continuó su carrera en los grandes estudios, mayormente en papeles secundarios pero frecuentes.

Para nadie es un secreto que hoy en día María Conchita vive en una mansión en Beverly Hills y es una personalidad reconocida dentro de la comunidad hispana de Estados Unidos. Su vida aún me sigue pareciendo interesante y hasta la fecha no le conozco ningún biógrafo a la actriz y cantante cubano-venezolana de “las noches locas”. Pero la noche gira como una loca disco ball a través del tiempo. Nunca sabes dónde va a terminar tu dedo después de darle vueltas al mundo.

Ha sido en fiestas, reuniones y eventos sociales de cualquier índole donde me han sucedido los episodios más inauditos: reencuentros con personas que daba por muertas, desdoblamientos temporales, conversaciones reveladoras, desafíos grupales, comunicaciones telepáticas y también inesperadas ofertas de trabajo.

Creo que no me equivocaría al decir que no ha sido ni en las aulas de la Escuela de Comunicación Social de la UCV, ni en la intelectualidad del ámbito familiar, ni de la mano de ningún coach, tutor ó gurú —no creo que nadie pueda dirigir tu vida mejor que tú mismo— donde he escuchado las frases de sabiduría más sublimes, sino probablemente en el baño de algún antro nocturno de Caracas, o tomando ron en un pueblo perdido de las costas venezolanas.

Si no me equivoco, creo que fue en un bar afterhours que olía a ambientador de patilla en Ipco Road en Miami, donde mantuve la plática filosófica más extendida que recuerdo hasta la fecha. Una increíble disertación sobre la parábola literaria de Kafka y su vínculo con las teorías jungnianas y la represión personal como mecanismo de defensa a través del análisis de la neurosis del sueño.

Aquel Ser iluminado era en realidad un transformista puertorriqueño llamado Jacinto, de un metro noventa de estatura, con tetas enormes y una gorra de Mountain Dew que tenía besos marcados con lápiz labial.

Carlitos es casi diez años menor que yo, siempre usa una ropa extraña marca Dos Extremos —diseñada por un DJ loco llamado Bertoche— y es fanático del LSD. También es un ilustrador excepcional. De mano alzada y trazos anarquistas como toda su filosofía de vida.

Lo conocí porque en su casa, en las afueras de Caracas, por los cerros de Gavilán, se llevaron a cabo las primeras fiestas multitudinarias clandestinas que marcaron el inicio de la era rave y la masificación de la música electrónica en Venezuela. Las legendarias rumbas conocidas como Unity, con DJs nacionales e internacionales que trajeron el techno, ocurrieron en los terrenos de esa bucólica hacienda que era en realidad la casa donde vivía con su familia.

Estaba hablando con Carlitos, dentro de una extraña tienda de campaña en donde los asistentes del rave podían hacerse tatuajes de henna, creo que compartíamos un porro cuando me hizo una revelación que me entusiasmó más que el efecto del MDMA que ya sentía recorriendo mi piel como en ráfagas eléctricas de placer inexplicable.

—Yo soy sobrino de María Conchita Alonso —me dijo entre dientes, como si aquello fuera una enorme condena.

Y no solamente era su tía, sino que su padre era el mismísimo Robert Alonso, un nombre que nunca olvidé porque lo leía en los créditos del programa Lo increíble, conducido por Eladio Lárez y que pasaban en RCTV los jueves a las ocho de la noche.

En ese programa, el cual en realidad era el enlatado de un show norteamericano, se presentaban casos insólitos, personajes extravagantes, fenómenos sobrenaturales y paranormales y otras cosas que me llamaban poderosamente la atención a esa edad: el hombre más alto del mundo, la araña sin patas, el elefante de un circo mexicano que dejaron abandonado y vive con una señora en un apartamento de Altamira…

Y también había un segmento de producción nacional que era dirigido por el enigmático Robert Alonso. En ese espacio televisivo vi las historias más asombrosas que jamás había escuchado, incluso en el recreo del colegio. Por ejemplo, “El Gran Faquir porteño”, un pobre hombre que vivía en un barrio de Puerto Cabello y que guindaban de un helicóptero con una cuerda con unos ganchos clavados en la espalda.

Semanas después de ese encuentro con Carlitos, su papá, a quien bauticé como el “Ed Wood venezolano”, me comunicó esas historias de su propia boca para una entrevista que salió publicada en la revista Todo en Domingo del diario El Nacional: “El hombre increíble”.

Alonso me detalló lo que había ocurrido con el Gran Faquir, quien había muerto trágicamente de hipotermia cuando lo llevaron colgado del helicóptero del Canal 2 desde Maracay hasta Caracas en una transmisión totalmente en vivo y sin cortes comerciales.

Fue también en uno de los segmentos de Lo increíble que vi la paralizante historia de “La novia fantasma”, la cual me cambió para siempre. Tanto así, que décadas después hasta compuse una canción inspirada en ese capítulo del programa, que narraba la leyenda de una mujer con vestido de novia que pedía cola en la carretera vieja Caracas-La Guaira: Fantasma.

Recuerdo particularmente las escenas finales de ese episodio, en donde una música incidental espeluznante de dramática orquestación de cuerdas daba la entrada para la toma final donde se veía a la horrorosa novia fantasma, de rostro verde y labios ensangrentados, rodeada por un círculo de fuego, repitiendo con el sutil reverb de su voz: “veennn a míííí… veeennn a míííííí”.

Es probable que esa secuencia de TV me haya afectado tanto porque cuando la vi estaba solo en la casa con Carmen, la “señora de servicio”, e inesperadamente pasaron el capítulo mientras estaba frente al aparato de TV comiéndome una empanada frita con queso. No había horario supervisado en 1983.

Atónito, mirando la secuencia final de créditos, quedó grabada en mi memoria ese nombre que hasta llegue a pensar podía ser falso, un fulano, un alias: Robert Alonso.

Años después, he conversado sobre el tema con otras personas de mi generación que quedaron igual de traumatizadas y también fue, por supuesto, de las primeras impresiones que compartí aquella noche con Carlitos, en el tarantín de tatuajes de henna, mientras sonaba algún rápido hard trance.

No sospechaba yo cuando fantaseaba en mis masturbaciones preadolescentes con la película porno de Orlando y María Conchita, que alguna vez llegaría a conocer a algún miembro de esa familia tan emblemática de la cultura pop criolla. Y vaya que aquel encuentro marcaría la diferencia en los años que siguieron.

Fanático de las historias estrambóticas sobre el esplendor de la industria del entretenimiento en Venezuela, siempre busqué hacer públicos esos capítulos de fama y decepción, de ascenso y ruina o de presuntas estrellas que más nunca brillaron y quedaron perdidas en la helada oscuridad del universo del olvido.

El que conoce algo de mi trabajo periodístico en medios venezolanos sabe muy bien a que me refiero.

 

Una mañana de mayo de 2015 me llamó David Páez, un amigo y colaborador de la revista UB, la cual yo dirigía en ese entonces, para darme una noticia que estuve esperando por treinta años:
—Eric, conseguí la película porno de María Conchita y Orlando filmada en los años setenta…

Pensé que me estaba jugando una broma. Iba a empezar a contarle mi periplo de vida, que se remontaba a los años de mi educación primara, cuando me pasó el link por un mensaje de wassup.

¡Clim!, sonó la campanita del móvil, y aunque en ese momento estaba en el baby shower de una amiga de mi esposa, no pude resistir la tentación de abrir el asombroso archivo de mp4 con el volumen muy bajo.

¡Era verdad! ¡No era un mito de mi infancia!

Ahí estaba una ruinosa secuencia de video en bajo formato en donde se iban mostrando los créditos en unas letras rojas con fondo negro: en los primeros segundos figuraban los nombres de los reconocidos actores del jet set venezolano post Viernes Negro.

La música incidental con reminiscencias de soul me confirmaba que se trataba de la época y de pronto, luego de unos planos generales de unas playas caribeñas se podía leer: Savana – Sesso e diamanti. Una producción italiana rodada en República Dominicana en 1978.

¿Pero de dónde sacó David Páez la película que llevaba décadas buscando? Al parecer, estaba subida, escondida, anónima, en algún site porno. Xvideos. PornHub.

Era un hecho. No aguanté la tentación y publiqué un artículo en el site donde escribía en ese entonces. Una nota que redacté en no menos de cuatro minutos sobre el arquelógico hallazgo triple X on-line.

Por supuesto, las redes sociales estallaron y el escándalo encendió como pólvora la opinión pública.

Otros sites de noticias similares la replicaron, pero en cuestión de días el URL de la película porno en cuestión fue eliminado súbitamente del laberinto de megabytes de la red.

Un buen amigo periodista me confesó que el propio Orlando Urdaneta había llamado a un reconocido editor de un medio digital venezolano para que buscaran la manera de eliminar el video. Ni el propio Orlando sabía que su secreto estaba en internet hasta que publiqué la nota en ElEstimulo.com.

Y no sé si es porque el actor venezolano de la película Macho y hembra (1984) vive desde hace muchos años en Estados Unidos, al igual que María Conchita, pero lo cierto es que el video ya no está en la web, aunque como siempre pasa, reaparecerá en cualquier momento.

Pero vayamos al film en cuestión.

En una de las primeras escenas se revela un primer plano cerrado del rostro, aún lampiño, de Orlando Urdaneta. Se ve más joven que nunca y tiene una expresión inocultable de temor. Suda copiosamente. Se encuentra en una especie de habitación de hotel de playa, acostado boca arriba, desnudo. Cama y sillas de mimbre, ventilador en el techo, cuadros con palmeras.

De repente aparece María Conchita y por fin logro verle la “conchita”. Ella es particularmente hermosa y estilizada, con el rostro angelical y figura delgada pero muy bien proporcionada, tetas pequeñas y vello púbico negrísimo y al natural, según los cánones de moda de la época.

Se acuesta sobre un Orlando muy pálido y empiezan a tirar “amorosamente”. No hay primeros planos, ni chorros de semen con saliva, ni nada que se le parezca al porno on-line de hoy en día.

Hasta ese momento, creía que solo se trataba de esa escena entre María Conchita y Orlando, pero no. En una siguiente secuencia, la actriz es abordada por cinco negros con unas extrañas máscaras aborígenes, follan entre todos y luego caminan por las instalaciones de la fuente de soda de un club con mesitas y toldos forjados en hierro que a veces se parece a Macuto, Higuerote o Chuspa. Es más que obvio que se trata del Caribe.

La película transcurre con otras escenas de sexo de María Conchita y nuevos participantes, todos muy velludos y con bigote “obligatorio”. Creo que si no tenías bigote en ese tiempo no podías ser actor porno. Destacan también las guayas de oro y los trajes de baño masculinos con estampados cubistas. Saltan a la vista todos los clichés del soft porn, antes de que la industria pasara finalmente de las cintas en 35 mm a las producciones en video de bajo presupuesto.

María Conchita casi siempre está desnuda y su belleza es un delirio visual. Fruta tropical jugosa. Una guayaba, salve morena, una guayaba que está bien buena.

Con menos de veinte años, es una verdadera deidad de una época perdida que no se repetirá. De otro siglo. De otra vida.

Hoy en día María Conchita Alonso tiene casi setenta años y ya no está buena.

Desde hace rato no la vemos en una película y más bien se ha dado a conocer por cierto activismo político que incluso la llevó a apoyar, en el año 2014, la candidatura de Tim Donnelly, un republicano de Texas que aspiraba a ser gobernador y que estaba en contra de la migración de latinos a Estados Unidos. Sí, aunque usted no lo crea.

¿Pero qué llevó a la dulce “A’mbar” a hacer una película porno con Orlando Urdaneta cuando todavía no era famosa?

En realidad, no lo sé a ciencia cierta y la única respuesta que conseguí después de varias horas de investigación fue la que me dio su sobrino Carlitos Alonso, quien, por cierto, se quitó el apellido porque reniega ferozmente de su propia familia. Para no decir que la odia a muerte.

Según relata, la película fue rodada en Santo Domingo, luego de que la actriz fuera arrestada con unos pocos kilos de cocaína saliendo del aeropuerto de esa ciudad.

Al parecer, el film fue la “forma de pago” para poder librarse de una condena a la cárcel, así como para saldar las deudas con cierto grupo de narcos de poca monta que le facilitaron la droga, quienes además, vaya usted a saber, tenían vocación de cineastas.

Pero siendo críticos, en el aspecto formal la película no es tan mala.

Nunca he podido probar esta teoría narco y he pensado que quizás sea otro de los discursos antifamiliares de mi —hasta el momento— querido amigo Carlos. En verdad que no lo sé.

Lo cierto es que la porno existe. Yo la vi…

 

Y lo que también es muy cierto es algo que voy a confesar en los siguientes párrafos y que nunca antes lo he contado. A nadie.

Corría el año 2007. Esta vez me encontraba trabajando como músico: era guitarrista en la banda de hip-hop del rapero venezolano DJ Trece (Carlos Julio Molina).

Fue alguna noche cuando estábamos en los camerinos de un concierto que se celebró a las afueras del teatro Teresa Carreño. Algo de la Fundación Fucking Bandas. El artista que tocaba después de nosotros era el colombiano Juanes, semanas antes de convertirse en una súper estrella internacional.

El ambiente adentro de esos camerinos portátiles hechos de lona me recordaba, de alguna forma, a los tarantines de tatuajes de henna en donde había ocurrido mi primer contacto con Carlitos, el sobrino de la estrella del cine venezolano. Olían igual, no sé.

El giro inesperado de este relato —tan personal— es que la mismísima María Conchita Alonso había sido invitada a cantar un tema junto a DJ Trece —Acaríciame en versión rap—, y, ciertamente, me tocó intercambiar algunas pocas palabras con la aclamada artista. Protagonista de mis poluciones nocturnas adolescentes.

Sin advertirlo, en medio de la fiesta del backstage, alguien se me acercó. Un técnico de monitores:
—Mi pana, ¿tú podrás conseguirle unos pases a María Conchita?

En primera instancia quedé sorprendido de que esa señora, que se veía casi como mi mamá, consumiera cocaína… todavía. Pero después supuse que resultaba algo de lo más normal en la dinámica de las estrellas de Hollywood.

Y bueno, sí. Debo confesarlo. Efectivamente. Como casi siempre por esas noches de principios de milenio, yo disponía de una dosis personal de coca.

Tres gramos de un producto de alta pureza envuelto en un diminuto trozo de bolsa plástica negra, asegurada por un delgado hilo fucsia. Sin pensarlo, le pasé discretamente la bolsita a este extraño, quien inmediatamente se la dio a María Conchita en un torpe movimiento de manos.

La señora —no estamos hablando de la María Conchita de los remotos años setenta— se fue hasta el baño portátil de plástico verde junto con un tipo moreno de chaqueta de cuero que hasta ese momento pensé era su guardaespaldas.

Se encerraron en el bañito y pasaron unos minutos hasta que por fin la vi salir y pude pillar a la “doña” dar una glamurosa vuelta que me hizo recordar su desfile en el Miss Venezuela 1975…

Se limpió la nariz y repitió varias veces su tic nervioso de Hechizada. Su marca personal.

Luego se acomodó la cartera en el hombro y se marchó decidida hacia la salida de los camerinos.
Quedé sin palabras y me empecé a incomodar como síntoma inequívoco del adicto que tiene que empolvorarse la nariz cada diez minutos.

Traté de explicar la situación al enigmático desconocido técnico de sonido, pedí auxilio entre algunos miembros del público, le reclamé a DJ Trece y en algún momento, ya después de sucumbir ante una verdadera borrachera sin retorno, le dije algo entre dientes al propio Juanes —si alguien podía entenderme era el colombiano— sobre el desdichado capítulo que me había ocurrido. Aquello rozaba las fronteras de la ciencia ficción, casos inexplicables, golpes de suerte, giros del destino. Noche de copas. Noche loca.

¿Dónde se metió?
El fin de la revelación final.

Había enterrado para siempre el mito de la famosa leyenda urbana que ahora se transformaba en una indiscutible realidad: María Conchita Alonso sí hizo una película porno con Orlando Urdaneta.

María Conchita Alonso sí es cocainómana.

María Conchita Alonso se llevó mi bolsa.

 

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El libro Crónicas Psicotrópicas, publicado en Buenos Aires por Asuntos Editoriales, también está disponible en formato digital aquí en Amazon.

Las opiniones, afirmaciones o señalamientos contenidos en esta crónica son responsabilidad única e intransferible del autor de la obra literaria que aquí se cita.

Pero… Añadimos a continuación un video de 2015 donde la actriz y cantante se refiere a la película que, de acuerdo a la ficha de IMDb fue dirigida por el italiano Guido Leoni en 1978 y tiene una duración de 1 hora y 31 minutos:
 

 

Y para los más curiosos, algunos extractos del filme están nuevamente en línea en este enlace el cual, advertimos, dirige a un sitio de contenido pornográfico.