Ser gay es cool

A propósito del Día del Orgullo Gay -hoy 28 de junio- les dejamos este editorial

Ser gay es cool

Hace algunos años en un festival de la industria de le televisión en Nueva York, el controversial cineasta John Waters – Pink Flamingos, Hairspray, Polyester, Desperate Living– afirmaba con cierta ligereza, en medio de una intervención, que la homosexualidad había perdido su encanto.

En aquel momento, poder entender lo que trataba de explicar semejante genio me resultaba bastante complicado no solo por el desconocimiento de la causa en cuestión – soy straight– sino por, precisamente, el destape efervescente del movimiento gay que ya emancipaba su conquista definitiva a mediados de la década de los 90. En ese preciso momento histórico que precedió la consolidación con estatutos de legalidad jurídica.

El tema surge a propósito de la reciente elección de los diputados opositores Tamara Adrián y Rosmit Mantilla, de la declaración por parte de la Asamblea Nacional del 17 de mayo como Día contra la Homofobia y la reciente decisión del TSJ que podría abrir paso a las uniones civiles del mismo sexo. En Venezuela.

Al igual que la gran mayoría del país, comparto el júbilo que esto representa no solo para la comunidad LGBTI sino para la sociedad venezolana en general. Abriéndonos por fin el camino al siglo XXI y reflejando sin duda, el devenir inexorable del progresismo de las libertades individuales tan necesarias en nuestros tiempos.

No obstante, en contracorriente y sin – ciertamente- tener vela en ese “entierro”, pienso en la importancia histórica del homosexualismo para la civilización y el esplendor humanista como un fenómeno inseparable de su visión auténtica originaria.

A puertas cerradas con mis pensamientos, hoy se me vuelve más sencillo comprender lo que decía nuestro amigo Waters hace 20 años.

La homosexualidad perdió su encanto germinal al haberse despojado de lo prohibido, dicen algunos.

Pienso que es precisamente la complicidad secreta, las miradas que se encuentran en silencio y el deseo contenido lo que produce una configuración única de las emociones para los individuos que gustan de su mismo sexo. Y es precisamente la dimensión filosófica de esa sensibilidad dinámica la que hizo posible la existencia de un Marcel Proust, de un Boticelli, de un Leonardo Da Vinci, de un William Burroughs o de un, claro está, John Waters.

Hoy por hoy, todos parecen llevar un cartel en la mano que dice “soy marica”. Restándole encanto oculto a la connotación y “mac-donalizando” una orientación a la que Aristóteles y Platón consideraban era la sublimación máxima del espíritu interior del hombre. Y algo, por supuesto, tan normal como el aire que respiramos.

En estos tiempos ocurre exactamente lo contrario. La frivolización atroz de la sociedad de consumo induce a declararse homosexual incluso como un simple atavío snob de la personalidad.

La industria cultural lo promueve escandalosamente simplemente por conveniencia comercial de la mano de los grandes consorcios de la belleza y el cuidado personal. Desodorante gay, champú gay, cremas gay, ropa gay, autos gay, cine gay y hasta comida gay.

La luna tiene dos caras.

La gesta luchadora de la comunidad LGBTI ha conquistado finalmente la victoria luego de siglos de persecución injusta y absurdas condenas morales pero algo se perdió en el camino. Y no fue la cosecha.

Después de la mera provocación llegamos a la homogenización total del establishment en donde, sin nada nuevo que aportar, los homosexuales se casan, tienen hijos y viven en casas ideales de césped verde avocados a ser buenos vecinos. Qué bobería.

Yo por mi parte, prefiero seguir viendo a “Divine” comiendo un trozo de excremento humano en una casa rodante de 1976.

Así sea en las películas.